Un fiestón. Así, sin más lecturas. Un fiestón sabiamente concebido, mejor vendido y eficientemente organizado para mayor disfrute de los amantes de la electrónica de consumo. El Sensation Innerspace tomó el Sant Jordi la noche del sábado, lo vistió de blanco y se despidió cuando el domingo amenazaba con amanecer. Siete horas de baile, house y dance como enseña, y un contexto con pueriles aspiraciones filosóficas en un espectáculo no especialmente imaginativo aunque resultón. Éxito total de un concepto vacuo en tiempos donde esta parece ayudar a hacer negocios.
La idea es, como muchas buenas ideas, muy sencilla: dotar de un entorno exclusivo a una sesión macro de discoteca. Para ello hacen falta disc jockeys -hubo seis sesiones-; una decoración y escenografía que obligue a usar el móvil como cámara de fotos -un escenario similar a una flor con un perímetro giratorio donde su ubicaron dos cabinas-; numeritos semicircenses -vestales que se descolgaban del techo entre confetis, humo, fuentes de agua, láser y efectos pirotécnicos-; buen sonido -los subgraves estuvieron a punto de soltar algún botón con sus vibraciones-, y lo más importante: un concepto. Hurgando en el baúl de los despojos hippies el Sensation apela a las buenas vibraciones y los mensajes positivos. Ah, y con el blanco de la pureza como señal distintiva.
El resultado es como ir a una discoteca enorme pero con todo el mundo uniformado de este color, tal como si se asistiera a la reunión de una secta religiosa. La idea, que quiere alcanzar a todo tipo de público, solventa la cohabitación ofreciendo un escalado de precios que permite implicar al maquinero de barriada -ellos, por una vez, no destacaban con su chándal blanco- y al exquisito que enfundado en camisa Armani tiene a su disposición entradas más caras que le facultan deambular por zonas exclusivas donde mostrar la belleza de su pareja.
Estas zonas, toda la banda lateral y los pasillos internos y clubes del lado del Sant Jordi que dan a la torre Calatrava estaban decoradas en impoluto blanco Copito. Así la hermandad de la fiesta junta a todos sin mezclarlos.
Y ya lo tenemos. Siete horas en las que artísticamente no ocurrió nada reseñable y que tuvo como aspecto destacable que pese a lo puntilloso de la producción el inicio del set del iraní Sharam se vio abortado por un problema técnico. La sesión siguió alimentada por un disc jockey en el control central y listo. El otro aspecto reseñable fue que todos los disc jockeys usaron hasta el hastío el truco más recurrente de la electrónica de baile, retener el ritmo a fin de generar ansia en el público y luego, llegada esta al límite, soltar los bajos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2011