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COLUMNA

Paradojas

No hay duda de que en época de crisis, las paradojas se ponen de moda. Cuanto más atiendes a la conducta y afirmaciones de políticos y analistas, lo único que consigues es ver y escuchar una cosa y la contraria para el mismo problema. Así no hay quien se aclare, naturalmente, y la situación de crisis se convierte en permanente. Los ejemplos son tan abundantes que resulta difícil elegir alguno.

Los populares hacen un congreso para calentar la campaña, pero más que un congreso parece un acto de toma de posesión, y eso no tiene sentido. Rajoy predica la concordia y los seguidores gritan ¡a por ellos!, mientras que Rubalcaba propone menos diputados y senadores, seguramente para que haya menos a por los que ir. Rajoy afirma que gobernará para todos, una de esas frases vacías que se utiliza siempre en el discurso de investidura, pero que él proclama antes de ganar el puesto. Los analistas aseguran que no hizo una sola propuesta, mientras que los militantes declaran haber oído propuestas, algo así como escuchar voces en un ambiente de alucinación colectiva, una patología muy frecuente en estos tiempos.

Otra serie de paradojas se manifiestan en la política valenciana. Después de varios años de sobresaltos continuos y conflictos diarios alrededor de la figura del presidente, aquel heredero tan deseado para sustituir a Zaplana, tenemos ahora cierto ambiente de moderación y prudencia en los gestos que se agradece mucho. Pero a cambio el pensamiento político es inexistente o, al menos, no se manifiesta ni haciendo conjuros. Sencillamente está plano. Una situación que debería impulsar a los socialistas, pero la intención de voto de los ciudadanos revela que lo poco que tienen les será quitado. Otra paradoja imposible de resolver en estas tierras.

Pero la auténtica paradoja es la ya clásica del votante. El voto beneficia a la comunidad, sin duda, a los grupos y a los colectivos, pero muy raramente al individuo que casi nunca obtiene un beneficio claro. Sin embargo, los que votan son los individuos y en una proporción considerable. La fórmula clásica dice que la probabilidad de votar depende de la motivación que se tenga, la mayor o menor capacidad para hacerlo, menos las dificultades y esfuerzos que hay que hacer para votar. La probabilidad resultante casi siempre es muy baja, pero aún así votamos y en cantidad suficiente. Claro que, en esta ocasión, la motivación estará por los suelos porque todo el mundo, con razón o sin ella, está seguro del resultado.

Todavía más paradójico resulta que la campaña que nos espera esté construida sobre el miedo, según dicen los expertos. Bastante asustados estamos ya como para que encima nos paralice el pánico o huyamos en estampida, las únicas opciones que nos quedan si nos amenazan un poco más. Necesitamos más sensatez y menos incongruencias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2011