En torno a la necesidad y la miseria siempre puede haber un negocio. Se sabe, por ejemplo, que en el norte de África hay personas que reciclan una y otra vez las pateras utilizadas cuando las recuperan a bajo precio tras la requisa de la Guardia Civil. El último caso de picaresca conocido se registra también en Andalucía a cuenta de la necesidad de emigrar de tantos jóvenes menores que se lanzan a cruzar el Estrecho en busca de una vida mejor.
Algunas familias marroquíes, conocedoras de los parabienes de los servicios sociales españoles, creen haber encontrado un método bien barato de enviar a sus hijos a estudiar "al extranjero". Viajan en avión o en coche de vacaciones a España y,
a la vuelta, se olvidan en tierra a los chavales, que luego son recogidos por los servicios sociales andaluces y reciben, por tanto, todo lo que necesitan: del calzado a la manutención y la educación.
Se trata de un método de escasos riesgos e ingenioso en el que, eso sí, hay que tener el estómago suficiente como para abandonar a los hijos a su suerte, por mucho que después les llamen por teléfono de vez en cuando para interesarse por su vida. Puede que alguno de los progenitores, entre los que hay abogados y empresarios, no dispongan de los medios suficientes
para dar a sus hijos la educación que desean, pero de seguro saben que el sistema está ideado para niños con problemas mucho más acuciantes que los suyos. En concreto, solo en Andalucía viven de acogida en este momento 911 menores inmigrantes en situación de desamparo. De ellos, solo una media docena son parte de este nuevo timo, pero el aumento de chavales no acompañados que están llegando a España alarma a la Junta, decidida ahora a poner coto al engaño.
Dado que cuenta con el apoyo del Defensor del Pueblo andaluz, la Junta ha denunciado a siete familias por abandono y exige el reembolso de lo invertido en sus retoños: 2.500 euros mensuales. Así que, de lograrlo, el engaño les puede resultar más caro de lo imaginado y quizá algunos tendrán que dejar de venir a España de vacaciones a ver, como hacían tranquilamente,
a sus hijos estudiantes.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de octubre de 2011