De Siracusa a Olimpia
Vasos de oro con cenizas
El escritor y periodista Manuel Vicent inicia en este primer capítulo un viaje desde la ciudad siciliana de Siracusa hacia la Grecia en la que comienzan esta semana los Juegos Olímpicos. El camino hacia Olimpia recorre la huella de los mitos, de la leyenda y de los personajes de la antigüedad, todavía presentes en el mundo de hoy, hasta llegar al escenario de la competición.
La isla de Calipso
Desde Siracusa, el viaje prosigue hacia Taormina, por la costa oriental de Sicilia, después de pasar por la ladera sur del Etna, volcán que siempre fue motivo de excitación para griegos y romanos antiguos. De ahí al estrecho de Mesina y al archipiélago de las Eolias, en el mar Tirreno, que tiene el infierno en sus entrañas. Finalmente, el retorno a Siracusa a través de la caótica Catania.
La Filosofía al poder
Arístocles de Atenas, conocido como Platón, viajó tres veces de Grecia a Siracusa con el propósito de convertir la filosofía idealista en una fuente de poder. Llegó a esa ciudad, en la que reinaba el tirano Dionisio I el Viejo, sin lanzas ni corazas, sólo con rollos de papiros bajo el brazo. La filosofía al poder, hubiera escrito Platón en las paredes del teatro Odeón de París, en mayo del 68. Lo dijo a su manera: "... No acabarán los males para el hombre hasta que llegue al gobierno la raza de los puros y auténticos filósofos...".
Los animales atletas
En los Juegos Olímpicos los animales harían hoy el mismo papel que en el inicio desempeñaron los dioses, que fueron los primeros campeones. A Cronos, dios del Tiempo, le dedicaron el primer templo en Olimpia unos seres de raza dorada. Zeus disputó su poder a Cronos y, después de vencerlo, organizó los juegos. Cuando los dioses se aburrieron de competir entre sí se apoltronaron en la cima del monte -como los directivos de un equipo se repantigan en el palco de honor-, dejando los juegos en manos de los héroes, que ya tenían pasiones humanas.
Tres medallas de oro y una corona
En la plaza del Duomo de Siracusa se ganaron tres medallas de oro, que siempre contarán en el palmarés de la historia: Arquímedes corriendo desnudo detrás de la física y la geometría, la bella Lucía resistiendo el peso de todos los vicios hasta convertir su carne mortal en mármol rosa y el atleta Asierques aceptando la muerte como un destino unido a la amistad.
El sexo roto de los dioses
En Siracusa recordé a aquella pareja que abandonó el hotel al día siguiente de mi llegada. Pensé que eran los personajes de El inmoralista, de Gide, pero no se dirigían a Túnez, sino a Grecia. Estos seres maravillosos habían seguido otra aventura, aunque ambos padecían males sagrados: ella también estaba tuberculosa y él buscaba recuperar la juventud en los mármores de los dioses.