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Por fin un signo de normalidad

Quinta entrega del diario de la enviada especial de EL PAÍS a Bagdad

Tal vez sea el nuevo colchón que Hamudi, el limpiador, ha colocado en mi cama, o simplemente el cansancio de dos días durmiendo acunada por el canto de los generadores. El caso es que hoy por fin me he levantado descansada. Hace un espléndido sol de invierno y si siguiera mis impulsos, ahora mismo me iría a dar un paseo por Abu Nawas.

La famosa calle que bordea el Tigris en el centro de Bagdad ha sido reabierta al tráfico y ayer, cuando regresaba de una entrevista al otro lado del río, pude comprobar que las autoridades han arreglado el tramo que va entre el puente de la República y el del Sáder (antes Catorce de Julio). Ha reabierto el Musif, donde en tiempos acudíamos a comer masguf, la perca que los iraquíes asan sobre ascuas para que suelte la grasa, y algún otro de los quioscos que sirven café turco, té y pipas de agua, aunque no se veían muchos parroquianos.

Incluso hay una nueva estatua del gran poeta iraquí que da nombre a la calle, escuchando a la Sherezade de Las mil y una noches. Pero lo que más me llamó la atención fue el nuevo parque infantil donde un puñado de chiquillos disfrutaba de la tarde bajo la atenta mirada de sus padres. Por fin un signo de normalidad en esta ciudad en la que los sobresaltos habían llegado a convertirse en una forma de vida. Mirando hacia el río, daban ganas de bajarse y sentarse allí a ver la puesta de sol. Abbas, el conductor, me lo quitó de la cabeza.

Sólo con girar la vista, los muros de hormigón que protegen y aíslan al hotel Palestina, al Ishtar y al Baghdad recuerdan la otra parte de la historia. Que la seguridad aún es frágil. Que aún se producen asesinatos 'discretos' en medio de la ciudad usando pistolas con silenciador. Y como me ha señalado esta mañana durante el desayuno Inga, una colega alemana, "hay una alerta de riesgo de secuestro para los periodistas". "Si no se ha producido ninguno es porque evitamos pasearnos por ahí como si no pasara nada", me advertía. Confío en que las historias de Sherezade mantengan interesado a Abu Nawas hasta que yo pueda volver a pasear junto a su monumento