De pronto, los cuatro policías con chalecos antibalas presentes en la sala se pusieron rígidos, entraron un inspector y el superintendente. La puerta de servicio se abrió y las cincuenta personas, 38 periodistas, desvió los ojos hacia ella. Falsa alarma: eran dos abogados chilenos. Fue entonces cuando un grupo de policías se paró delante de la tercera puerta, la de los acusados. Y, entre ellos, se abrió paso una silla de ruedas, y la cabeza del general sobresalió como un periscopio, elevándose en medio del numeroso grupo de policías mientras su hijo le empujaba hacia adelante hasta ocupar el centro en la parte trasera de la sala.Un largo laberinto, desde la entrada por el garaje hasta la primera planta del tribunal de Belmarsh, había quedado atrás. De frente, los periodistas, los abogados y en un estrado más elevado, el sillón todavía vacío del magistrado jefe. Arriba, en la primera planta, de un lado familiares de desaparecidos y del otro militantes del general. Pero éstos no podían verle porque la silla se situó abajo exactamente a la altura de la cristalera del público. El general lucía rozagante, con un cutis que desde unos pasos parecía el de un bebé, lo que a sus 83 años refleja una salud robusta. Vestía un traje color habano de lana, una camisa color patito y una corbata verde que destellaba cierto tornasol. Durante el trayecto de tres metros hasta su lugar en la sala, el general puso las dos manos juntas sobre un bastón de madera con oro encastrado en la parte semicircular superior.
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La imagen recordaba aquella foto que dio la vuelta al mundo, en la que se le veía sentado, con los brazos cruzados, la gorra sobre su regazo y sus generales detrás. Allí lucía unas gafas oscuras y su mentón atormentado por el apretón de dientes. Aquí, su mirada clara no disimulaba fastidio, su boca se cerraba con firmeza pero sin la crispación de antaño, pero su rasgo dominante trasmitía una serenidad que durante los cuarenta y cinco minutos de la audiencia iría cediendo a la inquietud. Su abogado chileno Miguel Schweitzer se puso a su lado para traducir. Dos minutos después del general, ocupó su sillón el magistrado Graham Parkinson. El bastón indicaba que el general Pinochet está en condiciones de caminar, lo que avala la decisión del hospital de darle el alta hace diez días. El abogado Clive Nicholls, precisamente, pidió al magistrado que por "razones humanitarias" permitiera al senador -siempre se le llama así ahora- no tener que comparecer de pie, como es normal, a lo que el magistrado, encantado de la vida con un caso como el que tiene entre manos, accedió.
El magistrado, a continuación, informó que había recibido la autorización del ministro Jack Straw para proceder por los delitos de tortura, conspiración para torturar, intento de asesinato y conspiración para asesinar, y desaparición de personas y conspiración para hacerlas desaparecer. El rostro de Pinochet, fijo en el magistrado, se volvió a otro de sus abogados, que le tradujo. La paz interior del general estaba algo más resquebrajada. Eso se vio pronto, cuando el magistrado, a través de la secretaria del tribunal, le pidió que se identificase con sus nombre completo. El general no se limitó a eso. "Mi nombre es Augusto Pinochet Ugarte", dijo, acentuando su cadencia chilena al decir Pinochet, para seguir: "Soy comandante en jefe del Ejército...", y vaciló, para rectificar: "Fui comandante en jefe del Ejército, presidente de la República y soy senador". Terminada la sesión, el general pareció ver llegado su momento. El abogado Nicholls pidió al magistrado autorización para que pudiera decir unas palabras. Se aceptó en el acto. Y entonces, el general miró un papelito. "Con el debido respeto", leyó, "yo no reconozco la jurisdicción de ningún otro tribunal excepto el de mi país para juzgarme por todos los embustes que han dicho los señores de España". El magistrado preguntó si eso era todo. Se le contestó que era todo. "Quisiera aclarar que el senador no ha querido decir nada irrespetuoso", matizó el abogado. "No lo he entendido así", respondió el magistrado. "El senador acepta la jurisdicción del tribunal", señaló la defensa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998