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TRIBUNA

Periodistas, verdugos y víctimas en Kosovo

La acumulación de guerras causa efectos demoledores, incluso entre los periodistas más sagaces, como Robert Fisk. El que fuera mejor cronista europeo de la guerra del Golfo ha contemplado cosas (La discutible labor de los periodistas en Kosovo, EL PAÍS, 30 de junio) que ningún mortal constató en la Pristina en trance de liberación. Creyó ver a colegas llegar al siniestro Gran Hotel de la capital kosovar "vestidos de militares", cuando allí los únicos uniformados eran todavía los desafiantes soldados serbios. Y los paramilitares cercanos al propietario, Arkan, que apalizaron a más de un enviado especial y aterrorizaron a los primeros periodistas albanokosovares llegados del exilio. Episodio este último que obvia. ¿O no se enteró? Lo único que parece interesarle son los mordaces dimes y diretes de algunos compañeros de espolones acerados, a partir de los que lanza una fantasiosa teoría sobre la guerra y la información de la guerra, fabricada a partes iguales con un ataque indiscriminado a la labor profesional de los periodistas de Bruselas, el escepticismo sobre todo lo que hayan realizado los gobiernos democráticos, un falso neutralismo objetivamente decantado en favor de la dictadura de Belgrado y un pálpito antiintervencionista que más se alinea con el funesto Neville Chamberlain que con el coraje antifascista de Winston Churchill.

Los "periodistas de la OTAN", que les llama, no pusieron "en tela de juicio las increíbles afirmaciones sobre los éxitos militares" aliados contra las fuerzas de Milosevic, se han mostrado "pasivos", "borregos" y "entregados a los generales" de la Alianza, escribe. Pero ¿qué siesta dormía Fisk a las quince horas de todos los días durante tres meses? Porque los principales motivos de rifirrafe cotidiano en la conferencia de prensa televisada desde Bruselas, y no sólo en ella, fueron justamente el nivel de eficacia de los bombardeos de la OTAN (de "bombardeos" se les calificaba, aunque quizá en su diario les denominasen "campañas aéreas", como dice que dijeron los demás), los errores que produjeron víctimas civiles y el nivel de adecuación de la operación a los objetivos perseguidos.

"Si me equivoco, yo modifico mi posición, ¿y usted?", solía decir lord Keynes, pero a algunos periodistas les incomoda que la realidad estropee sus historietas. El antiguo gran cronista de Oriente Medio, que tanto se entretuvo en recoger esquirlas de bombas aliadas en un viaje organizado por el Gobierno de Slobodan Milosevic al sur de Djakovica, no nos explica que los llamados "daños colaterales" de la OTAN fueron insignificantes en comparación con la persecución de la dictadura serbia a los albanokosovares, su saqueo sistemático, el incendio de sus viviendas, su exclusión de la vida pública, su deportación masiva y su asesinato en gran y aún indeterminado número.

Basta tener ojos, emplearlos, intentar ser honesto y relatar lo que se ve. Y en Kosovo no se ven los enormes "daños" aliados a las infraestructuras que tanto molestan al articulista: sólo se aprecian en edificios oficiales, cuarteles y nudos de comunicación. De 27.410 bombas arrojadas, una docena (el 0,04%) desviaron su rumbo. Algo lamentable -y criticado también por los periodistas de Bruselas, que ponían contra las cuerdas, cada vez que correspondía, a quienes habían pregonado una guerra lo más limpia posible- pero, ¿significativo? Los bombardeos aliados arrasaron la ciudad de Colonia en la noche del 30 al 31 de mayo de 1942. Nadie se acuerda de aquello, la memoria colectiva sólo retiene la derrota final del nazismo. Aquí el único que ha "coventrizado" Pec, Djakovica o Kacanik... tantos pueblos, ha sido el dictador de Belgrado.

Pero lo más grave no es esto. Lo más grave es la virginal equidistancia que el articulista pretende establecer entre agresores y víctimas, entre dictaduras y democracias, también a nivel informativo. Quiere fabricarla con una falsedad y media. La mentira es que la OTAN prohibió el acceso de los periodistas a los pilotos de la base de Aviano: este mismo periódico, como otros medios, publicó un reportaje con sus respuestas. La media verdad es que "los periodistas serbios tenían miedo, o eran demasiado serviles para criticar a Milosevic". Pero ¿de qué está parloteando? ¿Por qué no denuncia simplemente el cierre de periódicos incómodos y la férrea censura establecida en Serbia, la destrucción de las rotativas de la prensa independiente kosovar y la deportación de sus redacciones?

En vez de ello, Fisk prefiere predicar que el deber de un periodista es "desafiar a la autoridad" -la democrática, por supues- to-, como si su labor se redujese a un dieciochesco lance de honor. La primera obligación de un periodista no es ir lanzando desafíos heroicos, sino relatar lo que sucede. Y en caso de tener que defender su tarea, debe distinguir entre la persecución sistemática a la libertad de expresión que practican las dictaduras y la tendencia a limitarla que se registra en las democracias. No sea que confunda perseguidor con perseguidos, verdugo con víctimas.

El articulista destila su afilada ironía contra las "expresiones de horror" del portavoz aliado, Jamie Shea, ante el descubrimiento de las fosas comunes, como prueba de la supuesta manipulación propagandística de la OTAN. Pero qué gracioso. Si no fuera macabro. ¿Es que no hay fosas comunes? ¿Es que no ha habido asesinatos en masa? ¿O es que resulta más irritante el rictus de quien los contempla que el delito de quien los comete? ¿Es que el avezado periodista no se ha acercado a ninguna fosa, no ha hablado con los supervivientes, no ha escuchado a los familiares de las víctimas allí enterradas o carbonizadas? Cuando se realiza esa ingrata labor, no quedan muchas ganas para escrutar irónicamente la faz de un portavoz. Todas las energías se concentran en averiguar lo sucedido y en controlar medianamente la indignación, sentimiento que se le aparece -¡ay, la herencia victoriana anglosajona!- como ridículo, curiosa aproximación a un oficio cuyo primer requisito estriba en que nada humano le sea ajeno.

Más ironías. Fisk hace un espléndido regalo a Milosevic al ridiculizar la justificada comparación del tirano de Belgrado con Adolfo Hitler. Será que cincuenta años de historia europea arrojan otras comparaciones -nadie habla de equivalencias exactas- posibles. Sería bueno conocerlas. ¿Qué otro personaje deportó a un millón de sus conciudadanos, les privó de derechos, escuela y empleo, les persiguió, les asesinó, les carbonizó el hogar acogiéndose al único motivo de su diferencia étnica? Dígase.

Hay quienes frente a toda evidencia persisten en el error. La intervención de la OTAN ha logrado -con todos los matices que se quiera- los cinco objetivos pretendidos, especialmente el retorno a casa de los refugiados, y además con la bendición de la ONU. Algunos se resisten a asumir esta realidad. Por eso, los defensores de la teoría del "apaciguamiento" que tantos desastres ha causado desde el conflicto de Bosnia, los sostenedores de la "no intervención" tan benéfica para los autócratas y los predicadores de un imposible neutralismo equidistante entre dos baremos inequiparables inventan ahora una nueva culpa de la Alianza. "Los bombardeos de la OTAN han aportado una especie de paz a Kosovo pero sólo después de haber dado a los serbios la oportunidad de aniquilar o despojar a la mitad de la población de etnia albanesa", escribe Fisk, confundiendo la imposibilidad de impedirla con la voluntad de propiciarla. ¿Acaso Milosevic necesitaba esa "oportunidad"? ¿Acaso no deportó, ya en verano de 1998, a 20.000 albanokosovares? Este pequeño detalle suelen olvidarlo quienes se hacen un lío entre la culpabilidad de la dictadura y las insuficiencias de la comunidad internacional.

El mal no aqueja sólo a periodistas, se desparrama entre algunos políticos. Julio Anguita, ese fiel amigo de los Ceaucescu de toda ralea, sostuvo que las democracias perseguían a Milosevic porque era "de izquierdas" y tildó a Javier Solana de "criminal de guerra". Pero el Tribunal ad hoc de La Haya no ha incriminado al secretario general de la OTAN, sino a Milosevic. Y Anguita opta por no enmendalla, será que prefiere incurrir en la apología de los torturadores.

La incoherencia alcanza también a algunos intelectuales. A quienes -con razón- justificaron la vis expansiva del Derecho Internacional y la consiguiente necesidad de llenar internacionalmente los vacíos judicial-nacionales en la persecución a los delitos pasados de Augusto Pinochet, pero se tornaron -sin razón- en soberanistas de corto alcance frente a la necesidad de atajar los delitos presentes de Milosevic. A quienes reclamaron durante meses a los gobiernos democráticos mano dura contra Belgrado y cuando éstos la aplicaron, dieron marcha atrás y les zahirieron. ¿Por qué Sarajevo movilizó multitudes y Prístina o Pec a muchos menos? ¿Será que entonces cierta intelectualidad europea podía gozosa y cómodamente regodearse en la crítica a la pasividad demostrada por sus Gobiernos durante años, y en cambio ahora ha quedado fuera de juego porque sólo han necesitado 12 meses para detener la barbarie? ¿Es posible tanta abyección moral? ¿Es ése el "desafío a la autoridad" del que barbotea Fisk? ¿Es lo mismo la autoridad cuando lleva razón que cuando ayuna de ella?

Punto final. Incluso cuando cita textos -y no sólo comentarios insignificantes de colegas insignificantes- Fisk hace trampa. Sostiene que "ningún periódico ha recogido" la "diferencia fundamental" entre el acuerdo de Rambouillet y el plasmado en la resolución 1244 de la ONU porque aquél permitía a las tropas internacionales moverse por toda Serbia e incluía "una cláusula con la posibilidad de optar por la independencia al cabo de tres años" a los kosovares. Si entonces se les hubiera ofrecido lo de ahora, "¿podríamos haber evitado la guerra?", se pregunta, ingenuo. Sencillamente, no, porque el silogismo se construye sobre premisas falsas. Tropas rusas de la Kfor han campado a sus anchas por Serbia y la cláusula de marras era muy vaga -consagraba sólo que se escuchará al pueblo kosovar- y estaba redactada en los mismos términos que la firmada por los mandos de la Kfor y el ELK. Más aún, la última oferta internacional a Belgrado endureció la de Rambouillet: impuso la retirada serbia de Kosovo en 11 días en vez de en 365. De modo que aunque nos pinten a Milosevic con tanta benevolencia tácita como el periodista británico, la guerra era inevitable. La empezó el dictador de Belgrado hace años. El único -y gravísimo- verdadero pecado de los aliados es no haber querido darse cuenta a tiempo. Cuando Bosnia. No cuando Kosovo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1999