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Tribuna:

Romances en pliegos de cordel

MANUEL ALVARLos pliegos de cordel son posteriores a 1781. El teatro en Málaga había sido prohibido en 1745 y no se restituyó hasta 1768. Nuestra colección es el testimonio, tácito pero elocuente, de una necesidad social. Si he podido mostrar cómo la Iglesia intentó orientar un teatro contra el que había combatido, estos impresores de literatura popular continuaron manteniendo el gusto por unas creaciones que el neoclasicismo no podía sustituir por otras. Y la gran creación barroca siguió viviendo -sin enemigo posible, por cuanto no había teatro- en estos pliegos de finales del siglo XVIII.

A vueltas de truculencias, de realismo inmediato y de relatos noticieros, el teatro de la Edad de Oro volvía a las plazas para ser una llamada heroica, novelesca, exótica o de cualquier otro talante, según fueran los abalorios escogidos. Seguía vivo, transformado ahora, pero calentando aquellos oídos que escuchaban atónitos el relato de mil clases de aventuras.

Tendremos motivos para señalar la frecuencia de hepta y pentasílabos en combinaciones romancescas; ahora vamos a considerarlos en la combinación de un verso heptasílabo -el primero- y pentasílabos los otros tres de cada cuarteta: "Por las calles y plazas / buscando voy / quien de mi Amado / me dé razón". El romance heptasílabo fue muy cultivado por la poesía neoclásica y en nuestras letras malagueñas lo hallamos con abrumadora frecuencia: se encuentra en la morfología de los villancicos, ya formando parte de las entradas, de estribillos de muy diversa extensión y de coplas con estribillo.

Otras veces se incrustan tarabillas onomatopéyicas como el tum, tum, tum que imita el estruendo celeste, el dindin, dondon, dandin de los tamboriles, el tutututu de un alegre sonsonete, el achichá, achichá, achichá de las sonajas, el tun, tuntuntun de la gaita gallega, el lara, larán, lara de los remos, el turu, turu, turu o el je, jé de la alegría, y el ba, ba de los mudos.

En algún caso, los efectos onomatopéyicos se consiguen mediante formulitas que desarrollan otras existentes en la lengua o repitiendo una palabra truncada, que, expresivamente, se asocia a lo que se quiere decir. En el primer caso se encuentra: "Al Niño dije / de pe a pa, de bo a bo, / de be a be". Romancerillo hexasílabo que aparece mil veces repetido en nuestros textos: en estribillos largos o cortos, en introducciones, en arias, en fugas, en pastorelas, en tonadas, en coplas, en finales. Completa esta visión el romance de versos pentasilábicos, al que llamaban tirana en el siglo XVIII, y que se recoge en fugas, estribillos, entradas, tonadillas y finales.

No es extraño empezar con ¡ay!, que se puede repetir: "Ay, qué donosa inventiva. / Ay, qué gracioso ademán. / Ay, ay, ay, ay, ay, ay". Recurso que se enlaza con el ¡ya! de las jarchas y, a través de la Edad Media, llega a los poetas de hoy (Lorca, Alberti) y a las mil formas de los cantos regionales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000