Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

La implosión de la política

En un artículo publicado en Le Monde hace un año, Peter Sloterdijk se interrogaba sobre la implosión del espacio político a partir de mediados de los ochenta. Para caracterizar este periodo, hablar del síndrome de lo políticamente correcto, o del declive de la izquierda clásica, o del impacto de la cultura de entretenimiento de las televisiones privadas, o de la extinción de la dimensión utópica en los movimientos sociales, o de la esclerosis de las universidades, o de la deserción de los individuos más dotados hacia la empresa privada, forma parte ya de los lugares comunes. Y los tópicos, por repetición, ocultan la realidad más de lo que la esclarecen. Pero Sloterdijk atribuía al genio político de Köhl haber hecho de esta implosión un riesgo soportable para los ciudadanos construyendo una verdadera belle époque del centrismo. Si una de las características del éxito del centrismo es que evita a los ciudadanos el riesgo de pensar, Köhl aplicó plenamente esta filosofía al proceso de unidad alemana: se subió al tren cuando todavía estaba cayendo el muro y consiguió la unificación a toda velocidad, sin dar tiempo a pensar, porque pensar podía significar poner en cuestión, si no el fin, por lo menos los modos y los procedimientos. Con todas las proporciones guardadas, algo parecido podríamos decir de la era de Pujol en Cataluña (y de una parte de la era de González, entre 1984 y 1994, aproximadamente, en España).Efectivamente, Pujol, con el retablo de la construcción nacional como bandera de trasfondo, ha desarrollado una forma idiosincrática de centrismo muy adecuada para que Cataluña entrara en una fase creciente de indiferencia. Una característica de estos años en los que Europa descubrió el bálsamo del centrismo es la liquidación del principio de oposición: tanto en el campo parlamentario como en el social, la oposición ha dejado de tener el papel estructural que le adjudicaban las sociedades modernas. El mito es la eficiencia -que convierte al parlamentarismo en un estorbo-, y el dios menor que atrae a todas las fuerzas políticas es "un centro imaginario que se ha convertido a todos los niveles en la nueva forma de actuar" (Sloterdijk).

MÁS INFORMACIÓN

El problema de estos periodos de renuncia colectiva es que cuando se acaban se va descubriendo que los grandes problemas permanecen intocados y que lo único que se ha hecho es añadir un problema nuevo: el distanciamiento del ciudadano respecto a la política. Y, en consecuencia, la dificultad para entablar de nuevo un verdadero diálogo con la ciudadanía.

De algún modo, esta sensación es la que producía el debate de política general en el Parlament de Catalunya. A pesar del motivo que había convocado a los parlamentarios, el debate político brilló por su ausencia. Y si en algún momento pudo aparecer fue a partir del triángulo Euskadi-Cataluña-España. Pero es un tema que hoy parece condenado al espacio de las irreductibles posiciones de principio o de los silencios de los que prefieren no decir lo que piensan o prefieren no tener que reconocer que piensan algo distinto de lo que dicen.

Maragall tuvo el acierto de poner la cuestión vasca sobre la mesa. Tuvo poco eco, a pesar de la indiscutible -y abrumadora- centralidad que la cuestión tiene en la política española. Sin embargo, me atrevo a interpretar como un efecto de este debate frustrado el pacto de Maragall con Esquerra y con Iniciativa que contenía una vaga propuesta de reforma de la Constitución y del Estatuto. Probablemente, Maragall pensaba demostrar con ello que cuando no hay violencia ni chantaje es perfectamente posible -y deseable, porque las sociedades cambian y las instituciones tienen que adaptarse- plantear la reforma y adecuación de las reglas del juego. Si Cataluña diera este paso, estaría dando una pista al País Vasco para el día después de la violencia. Muy propio de la vocación profética de Maragall. De otro modo no se entendería que Maragall pactara con un partido que horas antes se había ofrecido a Pujol para formar mayoría y que no tenía otro interés en el pacto que el despecho. Visualizar algo tan evidente como que Pujol está cogido de pies y manos por el PP -es patético el relato de los dirigentes de Convergència i Unió llamando por teléfono a Madrid para pedir permiso para votar alguna enmienda de la oposición- no hubiera merecido un ejercicio de tan poca autoestima por parte de los socialistas.

La implosión del espacio político la paga siempre antes que nadie la libertad. Europa, en general, y no sólo Cataluña, vive como si la libertad -la de verdad, no la económica- ya estuviese adquirida, ya no fuera motivo de preocupación. Y así se van introduciendo recortes día a día (y en este sentido la sociedad red ofrece infinitas posibilidades) sin que apenas nadie proteste, asumiéndolos casi como un destino, sin conciencia alguna de lo que se pierde. Habrá que insistir en que es totalitaria aquella sociedad en la que el espacio de lo íntimo se hace público.

Sin moverme de la actualidad, me encuentro con un ejemplo evidente de la dejadez con la que es tratada la libertad. Un ejemplo que viene de Londres. El inefable Blair acaba de aceptar que las empresas puedan controlar los e-mail, las llamadas telefónicas y el correo de los trabajadores, y no parece que vaya a provocar escándalo alguno. Entre otras cosas, porque probablemente sólo se legaliza algo que ya se hace en todas partes (también en Cataluña). Un ejemplo, como otros tantos que podríamos poner.

Los políticos que viven con las encuestas de opinión en la mesita de noche leen que la principal preocupación de los ciudadanos es la seguridad. Sorprende que lo descubran tan tarde; hace siglos que Hobbes explicó que ésta es la principal razón por la que los hombres aceptaron el Estado. La implosión del espacio político hace imposible el diálogo con los ciudadanos, que debería permitir relacionar las exigencias de seguridad con el objetivo -a mi entender supremo- de la mayor libertad posible. Para ello el político debe mejorar la opinión que tiene de sí mismo. Debe convencerse de que de él se espera algo más que el simple papel de ejecutivo que gestione más o menos resignadamente unas políticas económicas diseñadas a miles de kilómetros de distancia. A veces parece que la única diferencia entre derechas e izquierdas es el grado de resignación con la que asumen la tarea cuando gobiernan. A unos y otros quizá les ayude a despertar del sueño centrista que los propios diseñadores de las políticas que ellos ejecutan empiezan a estar asustados sobre sus consecuencias, como demuestra el ridículo que hicieron saliendo de Praga antes de tiempo y a toda prisa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000