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Tribuna:

Muñecas rusas

En una canción de relleno que acompañaba a su célebre Le Métèque, Georges Moustaki expresó la consustancialidad que lo unía a su amada mediante esta bellísima imagen: Je ne sais pas où tu commences, tu ne sais pas où je finis (yo no sé dónde empiezas, tú no sabes dónde acabo). Escuchándola durante aquellos años en que todo parecía posible, mi generación comprendía sin esfuerzo la vitalidad del amor. Pero hoy, más realistas y menos ingenuos, miramos hacia atrás con la sonrisa en los labios, pues la vida nos ha enseñado que lo consustancial, eso que comparte sustancia, naturaleza y esencia con otro, suele pertenecer en la práctica a intercambios más terrenales.La semana pasada supimos que Rita Barberá, al rehabilitar en el barrio de Arniches los antiguos depósitos de agua de la llamada sala hipóstila, decidió convertir la superficie en una plaza ajardinada. Si consideramos que, exceptuando el muy circunscrito antiguo cauce del Turia, Valencia y la periferia carecen de una verdadera red de zonas verdes, el gesto de la alcaldesa tiene la apariencia de un golpe maestro de buena gestión y así fue aireado por su servicio de propaganda. Sin embargo, el artificio se derrumba al añadir que el Ayuntamiento completó los jardines comprando una parcela anexa de mil metros cuadrados, por la que pagó la suma de sesenta y cinco millones de pesetas, un precio equivalente al del suelo edificable más caro de la provincia, y eso a pesar de que tal parcela estaba calificada en el plan general de ordenación urbana como servicio público de carácter local.

Al contribuyente de a pie, con problemas para llegar a fin de mes, el futuro perfume de las futuras rosas de ese jardín le ha costado un ojo de la cara, en una operación municipal que, hablando en plata, equivale a que a uno le guinden la cartera mientras pasea distraído por el Mercado Central. Porque, ¡agárrate, lector!, resulta que el antiguo propietario del solar y hoy feliz poseedor de tus millones, es nada menos que José Antonio Perelló Morales, ex presidente a dedo de la Diputación Provincial de Valencia en la noche franquista.

Lo cual me devuelve a la letra de la canción con que empecé la columna, aunque modificada para la circunstancia: "Yo no sé dónde empiezas, Rita, tú no sabes dónde acabo, José Antonio". He aquí la verdadera, la eterna consustancialidad del poder, ya que a pesar de la fachada democrática, en la práctica el país sigue mangoneado por las camarillas de siempre. Primero se sublevaron contra la República, luego disfrutaron de la dictadura y hoy siguen haciendo negocios desde la plataforma del centro reformista.

Un detalle les sirve de correa de transmisión generacional: la certeza de que lo importante no es el amor, como creía el pobre Moustaki (y otros muchos con él), sino la billetera bien repleta. Son como las muñecas rusas que, al abrirlas, se van miniaturizando una tras otra sin dejar de asemejarse. En el interior de todo mandamás (demócrata) del Partido Popular hay un banquero, que a su vez oculta a un patrón profesional y éste a un arzobispo, en cuya panza conspira un general; de sus entrañas -ya bastante lejano y pequeñito, pero consustancial-, surge un pistolero falangista, y así sucesivamente hasta los Reyes Católicos... por lo menos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000