El monasterio de Sant Miquel dels Reis, en Valencia, parecía ayer fundado a propósito por la reina Germana de Foix y el duque de Calabria para que ese Trastámara con bronceado de yate que es Eduardo Zaplana lo pisara con zapatos de cascabillos. Quizá por esta razón cubrieron el impluvio del claustro con una suerte de parqué flotante forrado con una moqueta escarlata que tenía su contrapunto gótico en el pelo color caoba del empresario José Lladró, que fue de los primeros en hacerse ver. Y notar.A partir de las dos de la tarde, en este templo concebido como un panteón egregio para manadatarios, que fue prisión y trastero municipal, una selecta nómina de ciudadanos encontraba muchas posibilidades para consagrar su particular acción de gracias o, peor aún, trataba de averiguar qué había de lo suyo. Era la primera vez que se veía a muchos empresarios en una biblioteca, y sin embargo la mayoría de los asistentes parecía sorprenderse más por el despliegue de bandejas de canapés, montaditos y pataquetas que se abrían paso entre los invitados.
Pese a tratarse de un escenario distinto al habitual jardín portátil de la plaza de Manises, los jefazos de cada asunto se rezagaban nada más cruzar la puerta de acceso al claustro, siguiendo la coreografía tradicional, no se sabe si por besar enseguida el santo o salir pitando en caso de incendio. La gente guapa, en cambio, estaba más pendiente de proteger sus modelazos de un sol que aplastaba, así como de las manchas de albóndiga o zumo de tomate y de las quemadas de cigarrillo, aunque quien no tiene un terno echado a perder en uno de estos besamanos no es nadie. Y esta contradicción la nutre.
El ex secretario general de CC OO, Antonio Gutiérrez, llegó con cara de estar apunto de tomarse un Álmax, acompañado de Joan Sifre, mientras algunas monjas con sandalias y dedos como percebes buscaban vestigios de jerónimo o pinchos de tortilla para aplacar su curiosidad. En ese momento, a falta de vendimia, las moscas estaban rabiosas por chupar este mosto social, y aunque preferían alguna caspa rociada con Chanel, no despreciaban la cortina rubia de Pedro Cortés y los cardados de Rosita Amores y Queta Claver, o lo que quedaba de ellas a fecha de ayer.
El PSPV, tras la cohesión alcanzada en el congreso de septiembre, acudió fragmentado para dar una imagen inequívoca de pluralidad. Por una parte, Joan Ignasi Pla, investido de centralidad, con Juan Pascual Azorín y otros caballos, torres y alfiles de la ejecutiva no menos desorientados. Por la otra, Joan Lerma y Antonio García Miralles, apuntalados por alguno de sus leales alguaciles. Y más allá, Ciprià Ciscar con sus baltasares, almenares y paniaguas. Incluso había otros lotes más diminutos y no menos cargados de contenido diferencial. Sólo la diputada Carmen Alborch, con sus gafas de sol por diadema, parecía crear algún vínculo entre estos frentes con sus constantes revoloteos de uno a otro corro.
En la otra punta, el consejero Rafael Blasco, departía con la actriz griega Irene Papas, se supone que sobre tragedias no menos griegas que las de su ex partido. No lejos de allí, el consejero de la Unesco, José Vidal Beneyto, que había sido galardonado con la Distinción de la Generalitat al Mérito Cultural unas horas antes, tomaba un aperitivo y hablaba de una de sus máximas preocupaciones, que no es otra que qué diablos es lo que quiere ser la izquierda en este tiempo. "La izquierda no quiere sacar agua de ese pozo", se dolía ante el fuego cruzado de croquetas.
Cuando hizo aparición el presidente de la Diputación de Alicante, Julio de España, fueron varios los que constataron de forma fehaciente su enorme perímetro de líder provincial, que acaba de ser revalidado en un congreso, y que endurecía la densidad del hacinamiento producido en la puerta. Inexplicablemente, mientras algunos de los suyos le daban la espalda, Fernando Villalonga logró hacerse paso para saludar al arquitecto Enrique Roig y demostrar que seguía vivo pese a las desgracias que le reportó la caída en desgracia de su primo en Telefónica. Y mientras, por detrás pasaba el líder de Esquerra Republicana de Catalunya, Josep Lluís Carod-Rovira, y daba un toque de superación al conflicto lingüístico y de normalidad interautonómica. O de exotismo, según se mire.
Señales inobjetables, todas, de que era ya tiempo de que se manifestara Eduardo Zaplana ante la congregación. Entonces la sobreacumulación de teléfonos móviles de su séquito creó un campo magnético con suficiente aparato eléctrico para que surgiera el presidente de la Generalitat, más liberal que nunca, y fuera agasajado como si hubiese obtenido un oscar a la mejor interpretación. Nadie hubiera dicho, viendo los abrazos de la cantante moderna Salomé y del pionero de la telebasura en Canal 9, Joan Monleón, que las fluctuaciones del precio del petróleo habían ensombrecido su protagonismo en la financiación autonómica. Y ahí estaba la profusión de bocadillos para demostrarlo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000