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Tribuna:

Procesión

Ya no es lo que era. En los últimos años ha perdido morbo, y ya no despierta tampoco el interés de antaño. Se ve en la calle, en la cada vez menor afluencia de gente, quizá acentuada en esta ocasión por un prolongado fin de semana y, ayer en concreto, por un día espléndido que invitaba más a acercarse a la playa que a someterse a una sobredosis de himnos, a una aglomeración de senyeres y al desfile de bandas de música, de falleras y falleros, de fuerzas vivas, de militares y políticos, forzados en su mayor parte a asistir, cuando en su fuero interno seguro que hubieran preferido cualquier otra cosa antes que el tormento de un desfile de dos horas con tedéum incluido. Ni que decir tiene que muchos otros, que acuden para trabajar, como los policías -ayer, por cierto, más numerosos que otros años-, también hubieran preferido otras ocupaciones. Atrás han quedado, afortunadamente, los tiempos en que acudir a la que entonces era una procesión incívica que monopolizaban los blaveros, con lanzamiento de huevos incluido, constituía para muchos demócratas un acto de reivindicación, la forma de arrebatar a aquellos grupos un protagonismo que nunca tendrían que haber alcanzado. Muchos de los que ayer añoraban aquellos años en que acudir a esta cita anual constituía una especie de aventura hubieran preferido estar en otro sitio. Pero, en lo esencial, la llamada procesión cívica apenas ha cambiado con los años. Y algo habría que hacer. Porque el tradicional desfile de la ciudad de Valencia se ha convertido prácticamente en el acto central de la conmemoración del Nou d'Octubre, como si el aniversario que se celebra no afectara a todo el pueblo valenciano, como si el homenaje a Jaume I fuera patrimonio exclusivo de los habitantes de la capital de la comunidad autónoma. En Alicante y en Castellón, al igual que en otras ciudades y pueblos del País Valenciano, la conmemoración pasa sin pena ni gloria, como una fiesta más -incluso en Valencia, algunos sólo se han enterado gracias al castillo de fuegos artificiales del domingo y a la mascletà de ayer-, de manera que muchos ciudadanos ni siquiera llegan a percatarse de que, por una vez, su presidente ha hablado en valenciano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000