En un colegio del Bronx al que acuden mayoritariamente niños hispanos y negros, una mujer con un coraje y un optimismo comparable a cualquier cooperante que trabaje en los países del Tercer Mundo decidió enseñar a los niños a tocar el violín. Esto no es una película ni la mujer es Meryl Streep; es tan verdad como las caras de esos niños de familias humildes a los que esta mujer se empeñó en inculcar la disciplina de la música. Y digo bien, disciplina, ésa es la base de su enseñanza musical: horas de ensayo, exigir que exista entusiasmo, repetir para mejorar y luego, si las cosas se han hecho bien, actuar en público, pero no ante cualquier público, no; los niños violinistas del Bronx son llamados tanto para abrir una final de baloncesto como para tocar en el Carnegie Hall.Lo vi en un documental. El esfuerzo no era sólo de los niños; era también la voluntad de los padres, gente trabajadora, de que el futuro de sus hijos fuera más alentador que el presente del que ellos ya no podían escapar. Esta experiencia tan esperanzadora se hizo tan popular en Nueva York que un día los visitó el gran Yehudi Menuhin y tocó con ellos y les contó la diferencia que había entre tocar sin emoción y tocar entregando el espíritu a lo que haces. Los padres asistían a la clase del maestro Menuhin; para ellos también tuvo el músico algunas palabras. Lo escuchaban como si fuera la palabra de Dios, como si de seguir aquellos consejos del violinista dependiera el futuro de sus niños. Y en cierto modo era así; hay maestros que nos pueden cambiar la vida.
El documental sacaba dos momentos emocionantes: el día en que los niños tocaron un himno ante sus ídolos del baloncesto y en la cara de los pequeños músicos se veía el nerviosismo y la emoción, y el día en que llegaron a tocar en un templo de la música, el Carnegie Hall. Todos los niños fueron primorosamente vestidos por sus madres para la ocasión, con sus camisas relucientes, blancas, que les resaltaban aún más las caras morenas, los ojos tan expresivos de niños negros y latinos. El teatro estaba lleno de un público ya entregado antes de escuchar la primera nota. Es muy difícil para unos padres del Bronx llegar hasta un momento como ése, por eso es imposible describir el orgullo que en esos momentos mostraban sus rostros de obreros, de camareros, de señoras de la limpieza. Los niños no tocaron solos, tocaron acompañados por grandes violinistas, por maestros reconocidos que delicadamente les iban guiando por los caminos de una pieza de Bach.Cuando la música terminó, el teatro se puso en pie y el aplauso arreció cuando salió la maestra a saludar.
Leo en el periódico que algunos colegios de la Comunidad de Madrid, los que pertenecen a las zonas donde golpea con más fuerza el fracaso escolar y el absentismo, abrirán los sábados. Se pretende que las criaturas no anden sueltas por ahí, pero lo que no parece que se tenga muy claro es qué es lo que se debe ofrecer. En España, las actividades alternativas a la educación formal siempre se quedan en una suerte de talleres donde no se suele aprender demasiado porque no existe la exigencia o la voluntad de que esas enseñanzas alimenten de verdad el espíritu. Todo se convierte en una manera de salir del paso. Todos los padres hemos asistido a esos plúmbeos finales de curso en los que a los niños ya no se les enseña ni a estar sentados y mirar al escenario, ni a participar en un espectáculo que merezca de verdad la pena y que tenga esa solemnidad que todo acto público precisa.
Leo también que los padres se muestran felices con la iniciativa. Y eso aumenta el desconcierto. ¿Se tratará de dejar a los niños recogidos en un aula como cualquier día de la semana o eso implicará, como debería ser, una exigencia de verdad a los padres a que participen activamente para que ese fracaso escolar no cunda, para que pidan cuentas no sólo a los niños, sino también a ellos mismos? Pobres pero honrados, se decía antes: ¿no habría que pensar por qué en estos tiempos los hijos de la clase trabajadora, de esos barrios, son los más problemáticos? ¿Quién les arrebató su dignidad?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000