El martes 3 de octubre acompañé al eminente poeta árabe Samih al-Qásim, palestino de pasaporte israelí, al aeropuerto de Barajas. Él regresaba a Israel tras cuatro días en España. Al llegar a la zona de la compañía aérea israelí El Al, nos encontramos con el despliegue de costumbre: mostradores de facturación acordonados y seis o siete atriles sobre los que los viajeros han de depositar sus papeles y ante los que han de prestarse a un interrogatorio al que ninguna otra compañía aérea del mundo somete a pasajero alguno.Hasta ahí, normal, si uno quiere (o debe, porque no hay más remedio) volar con El Al y volver a Israel, en este caso la casa de Samih al-Qásim. Pero lo increíble es que el personal de tierra de El Al se cree con derecho a interrogar a los acompañantes del viajero, que no rebasan el cordón de El Al, sino que esperan del otro lado (dos veces, además, por medio de dos interrogadores distintos, que luego hacen corrillo con el interrogador que se ha ocupado del viajero y contrastan las respuestas); así, le preguntan al acompañante sobre las actividades del viajero en España, sobre su relación con el viajero, sobre dónde se ha alojado el viajero, sobre el tiempo que ha pasado con el viajero, sobre la profesión del viajero, sobre la frecuencia con que el acompañante trata al viajero... Cualquier interrogatorio intimida, máxime si no es usual y la circunstancia es cotidiana: despedir a una persona que vuelve a su país.
Quien conoce El Al sabe que si el acompañante se negara a responder a esas preguntas, podría complicar hasta lo indecible los trámites de embarque del pasajero, que en este caso, además de persona de cierta edad, es toda una leyenda para el pueblo palestino, no merecedora (como tampoco lo es ningún ciudadano de bien) de tales molestias.
Por eso, el acompañante, que no tiene nada que esconder (como el viajero), claudica y responde, y acepta una vejación moral por parte del personal de tierra de El Al en España, que logra con su táctica intimidatoria unas respuestas que de lo normal yo no daría a nadie en un Estado de derecho. ¿Por qué se le permite a Israel, y en este caso a una de sus empresas, lo que no se le permite a nadie? No sé si ha quedado claro: yo estaba del otro lado del cordón cuasipolicial, en Barajas, en suelo español.- . Profesora de Literatura Árabe en la Universidad de Alicante.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000