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Reportaje:

Niños seducidos por la violencia La infancia y la adolescencia son las etapas de la vida más receptivas a los mensajes agresivos

¿Por qué unos niños son respetuosos, no se meten en peleas y son incapaces de maltratar a los animales? ¿Y por qué otros causan disturbios, cometen pequeños robos, destruyen propiedades ajenas y son además indolentes, peleones, desafiantes, crueles y agresivos? La respuesta es compleja y multidisciplinar: factores genéticos, psicológicos, familiares, educacionales y ambientales se entremezclan en un entramado dispar. Según predominen unos u otros, unos niños se dejarán seducir por la violencia y otros se protegerán contra ella. Diferentes estudios constatan que los actos violentos son mucho más frecuentes en el sexo masculino y en el medio urbano. La fascinación que la agresividad ejerce desde la infancia es un instinto, pero también un aprendizaje.

Figura paterna

La psiquiatría define varias formas patológicas de violencia infanto-juvenil, englobadas desde los años ochenta en los llamados trastornos de la conducta. Este trastorno, que para algunos autores aparece en personalidades psicopáticas y es la expresión de una forma frustrada de psicosis, se caracteriza por una persistente transgresión de las normas sociales y violación de los derechos de los demás. Incluye un amplio grupo de comportamientos, con marcado carácter agresivo y antisocial, que van desde mentiras, pequeños robos, desobediencias, fugas del hogar, novillos en el colegio, crueldad con los animales y consumo de drogas, hasta agresiones físicas de diversa importancia, actos de vandalismo, atentados contra la propiedad, violaciones sexuales y homicidios."Vivimos en una sociedad violenta que engendra violencia. La infancia, la adolescencia y la primera juventud son las etapas más receptivas y vulnerables a los mensajes violentos, por tratarse de un periodo de desarrollo y formación de la persona", asegura Josep Tomàs Vilaltella, profesor de Psiquiatría Infantil de la Universidad de Barcelona y jefe del servicio de esta especialidad en el hospital Vall d'Hebrón.

Predisposición genética

El núcleo familiar acusa esta situación de muy diferentes maneras y es en el propio hogar donde muchas veces se generan las grandes hostilidades. Un estudio reciente del equipo de Tomàs Vilaltella pone de manifiesto que del 35% al 40% de los niños y adolescentes delincuentes proceden de familias desestructuradas y han sufrido malos tratos físicos en el hogar.

"Los chicos", dice, "reciben constantemente contenidos violentos a través de la televisión, el cine, los cómics y los juegos de ordenador. Pero, para que salga trigo tiene que haber tierra abonada. Si el núcleo familiar es estable y equilibrado, el niño sabrá interiorizar y canalizar los contenidos agresivos". Uno de los factores que inciden es la introspección que el muchacho hace de la imagen del padre: "Muchos niños conflictivos tienen un padre autoritario, despótico, tiránico, alcohólico o drogadicto. Aunque la figura de la madre es capital en la educación de los hijos, no debe infravalorarse la del padre, puesto que está demostrado que tiene un gran papel, desestabilizador o equilibrador", concluye Tomàs.Los actos violentos aislados no son suficientes para el diagnóstico de trastorno de conducta, advierte el catedrático de Psiquiatría Infantil de la Universidad de Sevilla Jaime Rodríguez-Sacristán. Él ha constatado epidemiológicamente que cuando abundan las series y películas infantiles de televisión con contenidos violentos se incrementan las conductas agresivas en los pequeños. Un estudio español de 1999 del Defensor del Menor, publicado en Siglo XXI, sobre el impacto de la programación televisiva en los niños y adolescentes refrenda esa observación.

Las conductas aisladas de violencia no suponen un trastorno de conducta. Un adolescente puede llegar a cometer un homicidio bajo los efectos del alcohol o pelearse brutalmente en un momento de pérdida de control, sin que presente ninguna psicopatía. En cambio, lo que sí está claro, según Rodríguez Sacristán, es que cuanta más intolerancia a la frustración, más riesgo de ser violento. Es la llamada ley de Dollard, que toma el nombre de un psiquiatra norteamericano ya fallecido: a toda frustración sigue una conducta agresiva. Cuanto más inmadura sea la personalidad, mayor es su intolerancia al fracaso y mayor riesgo tiene de comportamientos agresivos. No obstante, también hay alteraciones cromosómicas, lesiones cerebrales en el lóbulo temporal del hemisferio izquierdo (adquiridas generalmente en el parto) o brotes de esquizofrenia, que se expresan con comportamientos violentos.

Los estudios de prevalencia del trastorno de conducta arrojan resultados que oscilan entre un 4% en el medio rural y un 8% en el urbano. Las tasas de prevalencia son inversamente proporcionales al nivel socioeconómico y aumentan con la edad. Es decir, son mucho más importantes en frecuencia e intensidad los actos violentos en las etapas de la pubertad, adolescencia y juventud que antes de los ocho años. Así lo recoge en su libro Psiquiatría del niño y del adolescente María Jesús Mardomingo Sanz, que es jefe de Psiquiatría Infantil del hospital Gregorio Marañón de Madrid.

Datos del FBI (Federal Bureau Intelligence) sugieren que aproximadamente el 40% de los arrestos por atentados contra la propiedad y el 20% de los arrestos por crímenes violentos se dan en menores de 18 años. En España, según datos del Ministerio de Interior, en el año 1992, por ejemplo, el 7% de los delitos contra la libertad sexual fue perpetrado por menores de 16 años.

Por sexos, entre los hombres se da una proporción de actos violentos ocho veces mayor que entre las mujeres. " Secularmente, al varón se le ha educado en los valores de agresividad, competitividad y fuerza, proclives a la conducta violenta. También existen factores genéticos y hormonales y la testosterona, principal hormona sexual masculina, parece estar relacionada con este tipo de comportamientos", argumenta Mardomingo.

Los trastornos de conducta tienen un origen polimórfico y complejo. Trabajos que han analizado la implicación genética en la aparición del comportamiento agresivo, según esta psiquiatra, demuestran que los hijos de padres violentos tienen un riesgo mayor de serlo también. "Se ha visto que esos mismos niños, adoptados y educados por padres pacíficos, desarrollan también con más frecuencia conductas agresivas"." No obstante", añade, "no parece que por sí solos los factores genéticos puedan ser responsables exclusivos del comportamiento violento. Más bien pensamos que una determinada predisposición genética, o algún tipo de vulnerabilidad heredada, requiere la concurrencia de otros factores de tipo familiar y social para traducirse en un trastorno de conducta. La violencia y los malos tratos en el hogar, junto con las dificultades para el aprendizaje escolar, pueden ser los factores más significativos", añade.

Estudios neuroanatómicos han revelado además que el hipotálamo, la amígdala y la corteza orbitaria prefrontal son tres estructuras cerebrales involucradas en las conductas agresivas. Investigaciones en modelos animales han demostrado que las lesiones del hipotálamo reducen las conductas agresivas y sexuales en las ratas macho. En los últimos años se está profundizando en el conocimiento de los mecanismos de neurotransmisión y conductas agresivas. La dopamina, la noradrenalina y la serotonina son neurotransmisores que parecen estar relacionados con los comportamientos violentos.

En palabras de Mardomingo, una característica definitoria del trastorno de conducta es la total falta de consideración y sensibilidad hacia los sentimientos de los demás. No obstante, matiza, pese a la imagen de frialdad, hostilidad y distanciamiento que suelen presentar los menores violentos, "en muchos casos se esconden síntomas de ansiedad y depresión, con baja autoestima, intolerancia a la frustración y graves carencias afectivas".

La mejor prevención: educación y cariño

"La agresividad es un instinto animal necesario para la supervivencia. Pero mientras que los animales lo emplean como mecanismo de adaptación, el hombre lo utiliza desde niño de forma gratuita, transgrediendo las normas sociales y con carácter perturbador para los demás", afirma la psiquiatra infantil María Jesús Mardomingo Sanz.

Para Mardomingo "hay una rutinización de los comportamientos violentos y una banalización de la educación, que permite el filtrado de todo tipo de mensajes violentos". Sin embargo, es la mejor arma para prevenir los comportamientos violentos, "una educación desde que el niño es bebé para la paz y no para los conflictos, basada en la tolerancia y la solidaridad, apoyada en la compasión, en el sentido de sentir con el otro".

Para Jaime Rodríguez-Sacristán, la violencia requiere un aprendizaje, unos códigos de referencia, unos modelos de conducta. Destaca dos grandes tipos de patrones educacionales contra los que hay que luchar: "El que genera unos niños con reacción infrasocializada agresiva y el que crea el delincuente socializado". En el primer caso se trata de niños que experimentan constantemente rechazo materno, no son deseados y se abusa de ellos, con lo que se convierten en pequeños insolentes, asociales y crueles. En el segundo caso también el niño experimenta abandono materno, el padre está ausente en su formación y la socialización del chaval se da sobre todo en la calle; así, el núcleo familiar se desestructura y el chico se siente bien en grupo o en bandas y participa en actos delictivos. "Es fundamental", apunta el psiquiatra Josep Tomàs Vilaltella, "que el niño se sienta querido y que los padres, los dos, se impliquen en la educación y en la formación escolar de su hijo".

La dejación afectiva de los padres es muchas veces, a juicio de Tomàs, responsable de los intentos de suicidio y del consumo de drogas. Una de las muestras de ese abandono afectivo paterno es el no implicarse en los estudios de los hijos. El fracaso escolar, para Tomàs Vilaltella, debe ser siempre una señal de alarma para padres y educadores. Puede estar encubriendo un incipiente trastorno de la conducta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000