Si hay algo que me rompe los nervios últimamente es el rechazo global a la globalización. Me desespera porque estoy convencida de que, con ello, podemos perder una ocasión idónea para mejorar el mundo. Entiendo bien la inquietud que las nuevas tecnologías provocan; la vida ha cambiado de manera descomunal en muy pocos años, y eso siempre origina ansiedad y rechazo. También a comienzos de la industrialización aparecieron los ludditas, que asesinaban a los dueños de las fábricas textiles. Probablemente esos patronos eran unos explotadores miserables, pero hoy la revuelta luddita, que se oponía ciegamente a las máquinas, nos parece patética, inútil y retrógrada. Porque lo malo, en cualquier caso, no eran las máquinas, sino el uso que de ellas se hacía.Hoy creo advertir frente a la globalización el mismo fenómeno regresivo, el miedo ancestral e irracional ante lo nuevo. La globalización no es un programa maléfico diseñado por el capitalismo feroz para sojuzgar aún más a los pobres de la Tierra, sino una mera circunstancia histórica, un momento de la evolución de este planeta. Las nuevas tecnologías han empequeñecido prodigiosamente nuestro mundo, propiciando una realidad interdependiente en todos los aspectos. No olvidemos que la caída de Milosevic o el procesamiento de Pinochet, por ejemplo, también son producto de esa realidad global. Es un fenómeno imparable, porque la Humanidad no puede desinventar lo inventado, y oponerse frontalmente a ello es como arrojar piedras al sol.
Pero es que, además, ¿por qué oponerse? Como dice el lúcido Muhammed Yunus, el "banquero de los pobres" de Bangla Desh, la globalización ofrece una oportunidad única para mejorar las condiciones de vida del Tercer Mundo: por primera vez podemos acabar de verdad con la pobreza. Pero para ello hay que aspirar a controlar lo más posible los nuevos recursos tecnológicos y dirigirlos hacia fines sociales y democráticos. Si nos oponemos a la ola en vez de cabalgarla, estaremos desaprovechando un momento crucial y facilitando que las grandes multinacionales asuman el control del nuevo mundo. No hay que rechazar la globalización sino tomarla, como antes se aspiraba a tomar el Palacio de Invierno.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000