En esto del fútbol todo entrenador se juega el bigote. Y el de Llorenç Serra Ferrer, técnico profesional por encima de todo, corre serio peligro. El de Vicente del Bosque, madridista antes que preparador, luce por ahora como pocos. El balear se ha sentido desbordado, en parte por culpa de una institución desbocada y en parte por su desconocimiento de las entrañas de una superpotencia. Con todo, su rostro delata pánico. El salmantino, que casi está en su estreno en el banquillo, es buen conocedor de todas las aristas de la sociedad y ha resultado un efecto sedante. Ambos reflejan a la perfección el estado actual del Barcelona y del Madrid.
Los dos llegaron a la pasarela con aire de fontaneros. Del Bosque, para sofocar la fuga abierta tras el batacazo de Toshack; Serra Ferrer, para cerrar las grietas del postvangaalismo. Ambos heredaron situaciones muy complejas. En una época en la que estaban de moda los entrenadores de gestos circenses (Ranieri, Capello, Luis Fernández...), su aire bonachón parecía antediluviano.
El balear parece fagocitado por el nudo del Barça. El salmantino es un apéndice de la mesura del Madrid
¿Cómo podría Del Bosque, un paisano recatado, sensato y discreto, dirigir el tráfico en una Ciudad Deportiva con aspecto de sucursal de Ferrari? De puntillas, con el verbo sosegado y muchos más conocimientos de los que algunos barruntaban, logró apaciguar el vestuario. Sin necesidad de remangarse, de servir de corista para la prensa y de atragantarse con diatribas contra jugadores y directivos, Del Bosque -un Molowny de final de siglo- tiró de la lógica y recibió el premio de una Copa de Europa. Su labor fue extraordinariamente diligente, como revela que con él han mejorado muchos jugadores. La pasada temporada apreció que el equipo se defendía mal y, ausente Hierro por lesión, experimentó con éxito con tres centrales: hizo de Helguera el mejor libre de Europa y de Iván Campo y Karanka dos marcadores aceptables. Mareados los porteros, a los que Toshack menospreció para maquillar sus trompicones, acunó a Casillas. Y hasta templó las gaitas de Anelka.
Por éstos u otros motivos, Lorenzo Sanz anunció su renovación 24 horas antes de la final de París y, ya con la octava en las vitrinas, Del Bosque asistió a la derrota de su padrino en las urnas. Todo hacía presagiar que este hombre de corazón blanco regresaría a los fogones de la cantera. Llegó Florentino Pérez con dos diamantes en la mochila -Figo y Jorge Valdano- y dos azotes para la plantilla: el traspaso de Redondo -clave en la victoria de Old Trafford- y el cartel de transferible para McManaman -goleador en París-. Dos decisiones, sobre todo la primera, que levantaron la ira de algunos pretorianos de la plantilla, que recriminaron al técnico su presunta debilidad ante las órdenes empresariales.
Quizá porque Pérez tampoco es amigo de las estridencias, Del Bosque fue confirmado y, esta vez, tripuló la nave desde el principio de temporada con el claro objetivo de enderezar al equipo en la Liga, una competición que marca el pulso de la relación con la grada, que no siempre acepta del mejor grado posible dos Copas de Europa a cambio de meses y meses de pereza y dejadez. El salmantino no lo tuvo fácil: el hueco dejado por Redondo, la lesión de Flavio, los dolores de Morientes, la saturación inicial de Raúl, las cadenas de McManaman, las rajadas de Savio y Helguera... Del Bosque se puso el chubasquero y, con la entidad en periodo de normalización, ni siquiera se tambaleó con tres derrotas consecutivas -Mallorca, Moscú y Soria-. Aplicado en su misión, poco a poco se inventó a Guti como goleador circunstancial, rescató con éxito al inglés, consolidó a Makelele y enfiló a Helguera como un medio centro de altísimos vuelos. Ésta es la obra de Del Bosque, la obra de un madridista antes que un entrenador.
Mientras tanto, en la otra orilla, Serra Ferrer se lamentaba de la herencia recibida -como si entrenar y ser al mismo tiempo el director técnico del Barça no fuera poco botín para un profesional-, creía adivinar más de una conspiración mediática en su contra y denunciaba que desde el primer día se le habían reclamado cinco títulos. ¿Esperaba quizá que le demandaran la permanencia? Pruebas evidentes de que el técnico balear, al contrario que Del Bosque, al que supera en experiencia en los banquillos, no se ha criado en una grande. Sólo así se entiende su discurso asustadizo, su sorpresa ante lo que hace una década Johan Cruyff -que siempre ensalzó al mallorquín- bautizó a gritos como entorno. 'Es más abierto que Van Gaal y su personalidad ayudará a mejorar la imagen del equipo', sostuvo Joan Gaspart a comienzos de temporada. Seis meses después, los atributos mencionados por el presidente azulgrana sólo le han servido para evitar que se le amotine el Camp Nou, que hastiado de los desaires de Van Gaal agradece la naturalidad de Serra Ferrer, avalado por Gaspart y por su opositor, Lluís Bassat.
Desbordado por la magnitud de la aventura y muy poco amparado, Serra Ferrer, al que desde su infancia el Barça siempre le hizo cosquillas, nunca ha sido genuino, en consonancia con su brillante trayectoria en la Liga, donde sus equipos siempre iban bien abrigados. En Barcelona se sintió obligado a jugar con extremos -como exige el paladar del Camp Nou desde los tiempos del cruyffismo- cuando no los tenía: el esquinazo de Figo le dejó con la incógnita de Simão y en manos de Overmars, machacado por las lesiones. Tenía a Zenden, pero le desterró. Y tenía a Rivaldo...., pero se puso a sus pies. Para aliviar la melancolía del brasileño le alejó de la banda y experimentó con Sergi y Luis Enrique. También se topó con una crisis en la portería que se prolongó hasta que, doloridos Dutruel y Arnau, se santiguó con Reina.
Serra Ferrer había pasado cuatro años como coordinador del fútbol base, pero ni siquiera ha buceado en La Masía. La última promoción no ha salido mejor parada: Puyol fue relegado antes de lesionarse, Gabri sólo se asomó al equipo tras flirtear con el Arsenal y Xavi ha pagado más platos de los que ha roto. Fuerte con los débiles y débil con los fuertes, como se le acusa desde un sector del vestuario, el técnico ha hecho filigranas para contentar a sus vacas sagradas, como alterar el sistema sin rédito, caso de Santander. Al revés que con Del Bosque, con él nadie ha mejorado sus prestaciones. Petit, campeón mundial, ha dedicado su tiempo a aprenderse el himno del Barça, De la Peña languidece, Dani vive su peor temporada y Gerard y Alfonso se han secado.
Serra Ferrer parece fagocitado por el nudo que atraganta al Barça. Y Del Bosque es un apéndice más de los tiempos de mesura que presiden al Madrid. Hay un bigote en peligro, pero la cita de hoy aún puede salvarle.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001