Al llegar un Madrid-Barça o viceversa, la gente de mi agencia literaria y la editora de Reino de Redonda, que viven todos en Barcelona y son culés irredentos, me mandan una porra para que participe. Por lo general soy el único que da vencedor al Real Madrid, y por eso ando muy escamado en esta ocasión, en que Toni vaticina 3-1, Marta 2-0 y Alberto 5-0 (lo matarán); María Rosa, 2-2, y Roger, 1-1, se atreven con el empate; y sólo Sandra, con 0-1; Laura, con 1-2, y la editora Carme (que aspira a la presidencia de su club), con 2-3, creen en la victoria, pero lejos de los habituales 0-3 o 1-5 de recientes temporadas. Luego leo, aquí mismo, a un Montalbán cansino, escéptico, desentendido. Todo esto me da muy mala espina, porque parece significar que el Barça vuelve a su esencia, la de equipo desconfiado de sus fuerzas, victimista, meditativo, hamletiano. Y aunque durante su interregno triunfalista nos haya ganado unas Ligas, un verdadero madridista sabe que ese equipo es más temible cuando no se espera de él una presumible victoria, sino una heroicidad contra pronóstico: ganar en Chamartín al vigente Campeón de Europa, y a Figo, y a Valdano y Butragueño, y a Raúl y Roberto Carlos, con cien mil espectadores clamando venganza por lo ocurrido en la primera vuelta. Qué más quieren, lo tienen todo a favor para buscar la proeza.
Por eso, lo peor que podría hacer la hinchada merengue es ensañarse con el Barça. Lo mejor para nuestros colores sería seguir la astuta consigna que, con escasa esperanza, alguien ha propuesto: recibir a los azulgrana en silencio, sin insultos ni malas palabras, hasta con cortesía. Ah, cundiría tal desconcierto entre los gladiadores rivales que casi ni se acercarían a Casillas. Los escritores lo sabemos bien: nada desarma tanto a quienes nos pinchan que encontrar, en vez de la polémica ansiada, la callada por respuesta. El Barça sólo es feliz si se siente odiado en Chamartín. Y al pobre Gaspart le han prohibido suscitar el odio.
Se piensa que este partido es para los madridistas mencionados, sobre todo para Figo. Yo lo temo hoy un poco: va a estar dolido. Para quienes yo veo este partido -y perdóneseme la extravagancia- es para McManaman y para Solari. Porque este último, pese a su breve paso por el Atlético, es, con Guti, uno de los futbolistas con más aroma madridista, en juego y en espíritu, desde hace lustros. Me llamó la atención, cuando aún era rojiblanco, que se asombrara de que hoy hubiera en España muchos jugadores que no se divertían con su profesión y que además desconocían a sus predecesores, carentes de sentido histórico y de ídolos. En el Madrid ha figurado poco, pero en Roma le he visto marcar un gran gol y hacer la jugada más audaz e imaginativa de la temporada. Espero que no lo traspasen: en otros equipos sería bueno, en el Madrid podría llegar a genial. Y, si mal no recuerdo, procedía del River Plate, que es el Madrid de Buenos Aires y donde se forjó Di Stéfano. Saquen a Solari; denle caviar y matasuegras blaugranas a Gaspart en el palco; reciban al Barça mudos; respeten a Luis Enrique. Es posible que así yo gane la porra, con mi 3-2 vaticinado.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001