Fue un concierto largo, intenso, de ésos que acaban con las piernas y las caderas del personal agotadas de tanto bailoteo. La culpa fue del flamenco de siempre, sabiamente combinado y adobado con salsa, blues, funk o rock duro. Y la simpatía y el buen rollo marcaron la primera de las tres noches de celebración del 25º aniversario de EL PAÍS.
Acabó Ketama incitando a venirse pa Madrid. El fin de fiesta que tanto les gusta a los Carmona. Su actuación ante los 8.000 espectadores entregados estuvo bien trabada y llena de jugo rítmico. Es el grupo al que más le van los conciertos multitudinarios, porque tanto mogollón, tanta grada y tanta palma en alto resultaron casi una molestia a la larga para José Mercé, que había salido al ruedo del Palacio de Deportes antes que los Ketama y después de Raimundo Amador, y acabó cantando a pelo y sin micrófono.
MÁS INFORMACIÓN
El cantaor de Jerez, que es la figura del flamenco que tiene más cara de vikingo (no en vano es madridista a muerte), con su melena castaña, su altura de pívot de baloncesto y sus ojos azules, empezó su actuación con uno de los temas que le están haciendo rico, Aire.
La canción se ha convertido en un alboroto. Es un verdadero éxito popular. Todo el mundo tararea el pegadizo estribillo, y al cantaor le emociona pensar que su hijo Curro está dirigiendo desde el cielo toda esta corriente de afecto general.
Luego, Mercé quiso darle más emoción a la fiesta con varios detalles que conquistaron al público. Hubo tiempo para ese himno de la transición compuesto por Luis Eduardo Aute y que se llama Al alba. Mercé convierte la canción en un grito jondo que obliga a recordar. Tanto que el cantaor ha dicho alguna vez que desde que él la interpreta, Aute ya no quiere cantarla.
Mercé salió acompañado de un nutrido grupo de músicos, con percusión, teclados, contrabajo y coros que arropaban a las esenciales guitarras de Diego el del Morao y su padre, Moraíto Chico. Pero hubo un momento en que todo dejó de sonar y Mercé quiso acercarse más a sus fans sin tecnología de por medio. En un momento dado mandó el micrófono a tomar viento. Fue uno de los puntos álgidos de la noche. De pie, enseñando el medio pecho, el cantaor regaló su garganta al público que le escuchaba mudo y asombrado. Mercé se desgañitaba para hacerse oír hasta en el gallinero, donde su voz llegaba malamente, y la gente le contemplaba con admiración.
Pero Mercé no se quedó contento con la hazaña, en la que casi se deja la garganta. Tras el esfuerzo quiso marcarse un baile guasón y darle la alternativa en el movimiento de cadera a su compadre, Moraíto Chico. Ambos se echaron una patadita que engatusó a sus fieles, y el cantaor rajó las cuerdas de la guitarra de su fiel Sancho, aunque, bien es cierto, con menos arte que éste.
No fue el único número fuera de programa de las estrellas. Raimundo Amador hizo un homenaje a Deep Purple con una versión pasada por el remango del flamenco del clásico de la banda Smoke on the water. Se veía que Raimundo estaba feliz de volver al palacio donde ha tocado con su tronco B. B. King, y con su carisma de siempre rompió el fuego bluesero con Qué maravilla. Empezaron los botes y las palmas de un público en su mayoría joven, aunque custodiado por algunos cuarentones limpitos y con corbata, varias abuelas con bocadillo de tortilla y algún japonés con ansias de ahondar en la cosa étnica.
Por naturales
Luego, Raimundo, para que no se olviden las ramas de las raíces, dejó un recuerdo para Camarón, lo ligó por naturales largos con el gran éxito de su último disco, Un okupa en tu corazón, y atacó con sencillez y sin autobombo el debido autohomenaje al Raimundo de hace 25 años, cuando su grupo Pata Negra dejó para la historia de la evolución flamenca El blues de la frontera. El bis llegó con el Bolleré y su pequeña hija María de las Cintas en el escenario. Fue el pelotazo final de su actuación.
Cerraron la noche los Ketama, por supuesto también con familia. Antes de salir, Josemi Carmona enseñaba los nervios: 'Hace un año que no tocamos. Igual se nos han olvidado los temas'. Hubiera dado igual. El público cantó las canciones enteras.
El generoso despliegue del grupo, su inteligencia en saber lo que el público quiere, su pegada comercial, su banda de una docena de músicos y su experiencia de 20 años y 13 discos no suelen fallar. No estamos lokos, Tan agustito, Que vengo de borrachera, algunas cosas del último disco, Toma Ketama, y el cierre con el pegadizo Vente pa Madrid desataron el delirio.
Los Ketama, que llegaron a juntar a 20 músicos en el escenario para que aquello sonara a celebración por todo lo alto, también se saltaron el protocolo. Lo hicieron sacando al escenario a cinco de los churumbeles de su prole para bailar, dar palmas y cantar el himno que cerró el concierto.
El arte de los niños dándole al cajón no tenía nada que envidiar a los toques de los miembros inmaculados, todos muy puestos de blanco, de la batucada que se sumó a la presencia de la Echegaray Street Band.
Y las bailaoras novilleras demostraron su arte remangándose las faldas y los pantalones con el genio que les han dado sus genes.
La anécdota no desentonó nada en un concierto cuyos beneficios han ido a parar a la organización de ayuda a la infancia y la juventud Save the Children, que, según dijo Gomaespuma en la presentación, significa 'afeitad a los niños'.
Todos los artistas presentes agradecieron al público que colaborara para tan noble causa. 'Esto es una cosa muy linda', fue la frase de Mercé.
La intervención del cantaor jerezano convenció del todo a Imanol Arias y a su mujer, Pastora Vega, presentes en las gradas y declarados fans del maestro del barrio de Santiago. 'Ante él nos quitamos el sombrero', dijo Arias, que animó a su esposa para que declarara algo sobre el cantaor. 'Anda, di algo de tu primo', le requirió. 'Es cierto, tenemos debilidad por él', respondió la actriz.
Y la gente subía calle de Goya arriba dando pataditas por bulerías.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001