La presidenta de la Cruz Roja de Nicaragua, Esperanza de Morales, apuesta de nuevo por la generosa solidaridad española demostrada en 1998 para ayudar a los damnificados del Mitch. 'España se ha portado siempre de una forma extraordinaria, siempre ha sido la primera, nunca nos ha fallado y nunca nos va a fallar'. Los maratones contra el huracán la emocionaron. 'Juan Manuel Suárez del Toro, presidente de la Cruz Roja de España, me decía por teléfono: 'Yo no sabía que toda España quisiera tanto a Nicaragua'.
Los cooperantes y voluntarios volcados en la asistencia directa también quieren a Centroamérica aún más porque les duele la sangría causada en sus sociedades por sucesión de desgracias. '¿Estoy en Somalia, Etiopía o Angola?', se preguntaba ayer Manuel Aumente, responsable en Nicaragua y Guatemala de Acción contra el Hambre, ONG especializada en nutrición, salud, suministro de agua y seguridad alimentaria. El cooperante español acababa de llegar de Jocotán, en Guatemala, donde la hambruna no es africana pero presenta sus síntomas. 'Vi que siete niños habían muerto por desnutrición'.
Entre los 70 observados, Aumente certificó el marasmo de sus cuerpos, las pieles pegadas a los huesos de los agonizantes, los edemas generalizados, la pigmentación blanca causada por la carencia de vitamina C. También, la mezquina politiquería oficial para conseguir las ayudas internacionales o acallar las críticas. 'No nos dejaban hacer un censo de verdad. Dijeron que ya lo tenían pero no es cierto'. La proximidad de las elecciones presidenciales en Nicaragua, el próximo 4 de noviembre, acentuó el fenómeno.
Los Gobiernos de América Central argumentan que hacen lo que pueden con los escasos recursos disponibles, pero que los imponderables son muchos. Tampoco pueden con todo ni las ONG internacionales, ni el Programa Mundial de Alimentos (PAM). 'La situación es bien crítica', reconoce Olga Moragas, su portavoz. 'Hemos pedido 16.000 toneladas métricas de comida y sólo Estados Unidos ha respondido comprometiendo 4.000'. 'Los damnificados no caen como moscas, pero se debilitan poco a poco, y son muy vulnerables a las enfermedades infecciosas y respiratorias'.
Buena parte de la nueva generación centroamericana crece mutilada física, intelectual y emocionalmente; habita en países donde el 43% de sus moradores son menores de 15 años y donde muchos de los niños acostados estos días en los colchones de los hospitales lloran y los rechazan porque están acostumbrados a dormir sobre esteras en el suelo duro. 'Si un escolar tiene hambre, ¿cómo es posible que retenga las enseñanzas? ¿Cómo puede concentrarse?', subraya Moragas, cuya organización distribuye 125.000 desayunos diarios a otros tantos niños, inevitablemente más atraídos por la leche y las galletas que por los libros. Sólo en El Salvador, 6.000 pequeños mueren anualmente por dolencias curables, según expertos de la ONU.
'Año tras año', agrega la presidenta de Cruz Roja, 'luchamos con la sequía, con el Niño, con la Niña, con los desbordamientos, con los terremotos, con la falta de agua y, sobre todas las cosas, con la falta de comida, porque en una tierra seca y sin agua nada se puede hacer'. Esperanza de Morales, y los titulares de Honduras, Guatemala y El Salvador, efectuarán, muy pronto, un llamamiento conjunto de ayuda a través de la Federación Internacional de Sociedades de Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
El paro es el problema número uno. 'Las gentes que trabajaban en las fincas de café, maíz o frijol y que son despedidos de las cooperativas, ¿qué hace esta gente?'. De momento, extienden de nuevo la mano. 'Yo espero que pronto puedan sembrar, que comiencen sembrando legumbres, pepinos, lo que sea, algo para comer'.
América Central emula el mito de Sísifo y sale de una crisis para entrar en otra. Socorro Mendoza vive la última desde su despacho de la alcaldía de La Dalia. El último parte es premonitorio. 'Ahora mismo se acaba de ir una madre con un niño moribundo'. Regresa con otros 199 al municipio de Las Perlitas, en las montañas, después de dos meses de penurias a la intemperie en las cunetas y ninguna solución. 'Me dijeron que se iban a morir a sus casas. ¿Qué más les queda?'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001