El cafetalero nicaragüense Juan Mendoza despidió a 40 de los 50 empleados, y solamente emplea a 10 para atender el cultivo de granos básicos y tubérculos de subsistencia. 'Todo comenzó cuando los precios se vinieron abajo. Ése fue el inicio del drama que se vive', explica en un porche de su casa solariega. Al Gobierno del conservador Arnoldo Alemán, agrega, 'le importa un pito un sector que da vida a toda la nación'.
La superproducción de Vietnam, Angola y Brasil, el mayor productor de América Latina, desencadenó una crisis que no ha sabido atajarse. Las 30.400 fincas de café existentes en Nicaragua emplean a 175.000 jornaleros permanentes, y a otros 300.000 eventuales, y lideraron el sector en Centroamérica, desbancada por Vietnam como segundo productor mundial. Pequeños agricultores sin acceso al crédito abandonaron la producción, dejando sin trabajo y a una mano de obra campesina que depende de los ingresos de los tres meses de cosecha para tirar todo el año.
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'Los precios, que habían llegado hasta los 150 dólares en los años ochenta, cayeron hasta los 50 dólares el quintal [46 kilos] de café oro [preparado para la exportación]. Y los costes de producción alcanzan los 80 dólares', informa Mendoza. 'Mi caso es el de todos: precios bajos y falta de financiamientos oficial para cuidar del café, que es como un niño: necesita limpieza, sombra y fertilizantes'. Los empresarios aceptarían créditos en torno al 12% de interés, pero no pueden sufragar los ofrecidos al 40%.
Si América Central fabricara microchips aguantaría mejor la caída de las exportaciones de sus materias primas, pero no es el caso, y su economía descansa sobre la venta de productos no elaborados. Todo el eje del Golfo de Fonseca, hasta el norte de Nicaragua, paga las consecuencias y permanece en cuidados intensivos. Sólo en 8 de las 18 provincias de Honduras se perdieron 32.000 hectáreas de siembra, y dos millones de quintales de grano.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001