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OPINIÓN

Las drogas: un problema que permance

El alcoholismo juvenil no es algo nuevo; viene padeciéndose desde los años 70 y, lamentablemente, a lo largo de estos años no se ha logrado que remita el problema.

El fenómeno del botellón tampoco es nuevo. Lo que ocurre es que ahora, ante las distintas quejas vecinales, salta la alarma y se coloca en el disparadero de la opinión pública.

Este fenómeno no es muy distinto al que se daba en los años 60 y 70. Antes los jóvenes ser reunían en las casas, y ahora en la vía pública. Como es lógico, ello tiene mayores efectos externos en la actualidad, lo que ha provocado las críticas de las asociaciones vecinales. Sin embargo, estos comportamientos responden a la misma necesidad: la de satisfacer una demanda de espacios públicos para el ocio. Unos espacios que permitan solventar las necesidades comunicativas, en muchos casos deficitarias, de jóvenes con edades comprendidas entre los 14 y los 17 años.

Antes de que se universalizara de forma masiva el botellón, a falta de otras alternativas, fueron las discotecas las que sirvieron como espacios de tales necesidades comunicativas. Pero, ¿por qué se produce el desplazamiento desde estos locales a las plazas de las ciudades españolas? Principalmente por dos motivos:

1- Las reducidas posibilidades económicas de los jóvenes para costearse la entrada y la permanencia en las mismas.

2- Y la más aducida por los jóvenes: las discotecas son lugares con acústicas que parecen estar concebidas para abortar la comunicación.

Por tanto, y en cualquier caso, hasta aquí, la conclusión es que el consumo de alcohol por los jóvenes no es distinto a los de épocas anteriores, ni la juventud distinta de la de entonces, aunque las manifestaciones del ocio juvenil sean distintas. De esta manera, la sociedad no puede achacar a la generación actual un hecho que se viene repitiendo en los últimos 30 años.

Evidentemente, que no sea distinto no quiere decir que no sea preocupante. La preocupación está más que justificada, ya que 7 de cada 10 jóvenes beben habitualmente y la edad de iniciación se sitúe en torno a los 14 años.

Ahora bien, sí hay un hecho relativamente reciente que aumenta tal preocupación, y es la aparición de las drogas de diseño, con altas tasas de penetración y aceptación entre la juventud, que tiende no a sustituir, sino a complementar el consumo de alcohol, ocupando el espacio que éste tenía en exclusividad.

Lo grave de este tipo de drogas es que están fácilmente disponibles en aquellos lugares donde se reúnen los jóvenes. Tal penetración ha sido posible gracias a una "política de mercado" que ha adecuado el precio del producto, al bolsillo de los potenciales consumidores. También se han manipulado las motivaciones de compra y la imagen del producto, vinculando el consumo a la justificación más importante para los jóvenes: las relaciones con sus amistades. Así, estas drogas se han hecho un lugar en el conjunto del colectivo juvenil cuando sólo tenían sitio en colectivos con dificultades de integración.

Ante esta situación, la respuesta de la política de drogas debe abordarse de forma global y dentro de una amplia política social, intentando alcanzar el mayor consenso político y social posible. Por ello, es necesario hacer lo que se está haciendo actualmente: prevenir, reinsertar y controlar la oferta.

Es completamente necesario continuar profundizando en políticas de prevención, la estrategia más eficaz frente a las drogas. La familia, la escuela, los medios de comunicación y el mundo laboral son elementos claves en esta lucha. Asimismo, hay que potenciar las acciones dirigidas a la asistencia y la reinserción laboral y social de los drogodependientes.

Todo ello, se ha de completar con medidas encaminadas a controlar la oferta de drogas, impulsando las medidas necesarias para limitar la disponibilidad, así como la accesibilidad a las distintas sustancias, no sólo en relación con el tráfico ilícito de drogas a gran escala, sino también con aquellas tendentes a reducir la venta menor.

Sólo con el compromiso de todas las Administraciones y de los sectores implicados será posible avanzar en la lucha contra el alcoholismo juvenil y el consumo de drogas. Lo que no puede tener lugar es achacar toda la responsabilidad a los jóvenes, recurrir a la frase fácil de "¡cómo es la juventud de hoy en día!" y que sólo sobre sus hombros descanse la responsabilidad de decir "no" a estos comportamientos. Si así lo hacemos, nos estaremos resignando y haciendo natural un problema que requiere una respuesta global.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de abril de 2002