En los últimos meses hemos visto cómo surgía de nuevo y con inusitada fuerza el debate sobre cómo los jóvenes ocupaban sus horas de ocio.
En primer lugar pudimos ver, no sin cierta sorpresa, cómo llegaba a ocupar portadas y titulares, como si se tratara de un fenómeno nuevo, el denominado botellón.
Poco tiempo después, los jóvenes hemos vuelto a ser protagonistas en los medios de comunicación a raíz de la desgraciada muerte de dos chicos malagueños que habían consumido pastillas de éxtasis. Y de repente todos, incluido el Gobierno, se han comportado como si las drogas sintéticas se hubieran inventado ayer, cuando en realidad llevan muchos años en el mercado.
A pesar de la seriedad del tema, creo que muchos no han podido reprimir cierta hilaridad cuando veían cómo se llegaban a emitir en televisión programas sobre este tipo de drogas presentándolas como "el nuevo peligro que acecha a los jóvenes que salen a divertirse", cuando llevan en el mercado más de diez años.
Sobre el tema del botellón, creo que lo primero que podemos hacer es preguntarnos por qué ha surgido este debate ahora y no hace unos cuantos años, cuando comenzó este fenómeno. Entre las muchas respuestas que se pueden dar nos encontramos con una que resulta particularmente grave: estamos asistiendo a una estrategia orquestada desde el Gobierno y dirigida a desprestigiar a los jóvenes, que de repente nos hemos convertido en una pandilla de analfabetos borrachos que se divierten como salvajes. Una imagen que no se ajusta a la realidad.
Con esta afirmación no quiero negar la evidencia, existe un problema y requiere soluciones, medidas concretas y reales que desde luego no pueden consistir en criminalizar a la población joven para justificar prohibiciones, que en muchas ocasiones llegan a ser contraproducentes.
Como joven, considero que pocos han entrado a analizar las causas del fenómeno, y muchos se han limitado a describir una situación que no puede ser tomada a la ligera. Pienso que las principales causas de este fenómeno son dos: la necesidad de abaratar el consumo de alcohol, íntimamente relacionado en nuestra cultura con la idea de la diversión (pocos, jóvenes o adultos, conciben la idea de salir de fiesta sin beber); y la falta de otro espacio propio alternativo para los jóvenes, es decir una vivienda.
También me parece preocupante que la alarma social haya surgido en realidad por las protestas vecinales causadas por la suciedad y el ruido que produce el botellón callejero, y no por el hecho de que exista una cultura que equipara el consumo de drogas y de alcohol, especialmente de este último, a la diversión, lo que deja pocas salidas a un joven al que no le guste o no le apetezca beber.
En cuanto al tema de la falta de otro espacio, está relacionado con problemas estructurales que afectan a los jóvenes; como el empleo precario, con bajos sueldos e intermitentes, y la imposibilidad de acceder a una vivienda propia. Es decir, la tardía emancipación tiene mucho que ver con el problema, ¿o acaso no es algo normal celebrar encuentros con amigos en la propia vivienda para tomar una copa y charlar tranquilamente?, reuniones que perfectamente podrían considerarse botellones, y que nadie parece mirar con malos ojos, siempre y cuando no se monte un tremendo escándalo. La mayoría de los jóvenes no tienen acceso a este otro tipo de reuniones.
Me parece que en lugar de alarmar, criminalizar o prohibir, lo que necesitamos es comenzar a construir un nuevo concepto de la diversión. Es imprescindible incidir sobre la educación y las políticas activas dirigidas a ofrecer un ocio alternativo diseñado y dirigido por jóvenes, contribuir a romper con ese mito que iguala drogas y alcohol a diversión. Y aunque seguramente no es una solución con resultados inmediatos, no cabe duda de que puede considerarse realmente definitiva, porque tiene más arraigo y permanencia en el tiempo.
Hay que educar en valores, en general, y en convivencia cívica, además de fomentar el ocio saludable, y no olvidar los problemas estructurales juveniles y su solución, poniendo en práctica políticas activas de emancipación juvenil que ofrezcan a los jóvenes la posibilidad de independizarse y de acceder a un empleo digno que les permita mirar el futuro con optimismo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de abril de 2002