Un pasillo largo y estrecho, húmedo y sombrío. Bares minúsculos y tenebrosos. Bares en los que, sentadas entre una pianola vetusta y un torero purpurina, mujeres esparrancadas evocaban con nostalgia una juventud remota'. Este párrafo de Sebastià Gasch, publicado en la revista Destino en 1963, evoca lo que fue la calle de las Tàpies en una época que nos parece ya muy lejana, pero que persiste en el recuerdo de mucha gente que la vivió. 'Paredes agrietadas, puertas oscuras, rejas hechas pedazos. Y en las aceras, unas mujeres horribles, gordas y desgraciadas, ofrecían a los escasos transeúntes diez minutos de placer sin alegría'.
Ahora, buena parte de esa calle es un jardín, el resto una residencia de estudiantes controlada por cámaras de vídeo. Enfrente, un guardia jurado controla la entrada del Consejo Comarcal del Barcelonès. A su lado, una antigua fábrica de telas se ha convertido en Can Xatarra, un centro de formación y reciclaje. Sólo las últimas casas que desembocan en el Paral.lel conservan algo de aquella destartalada calle de las Tàpies, pero alguna de esas casas también ha pasado por el programa de limpieza de fachadas que el Ayuntamiento promociona con ahínco. Nada que ver, pues, con el olor a crimen y a noche sangrienta que describe Gasch.
En el Raval ha habido casi de todo: huertos, conventos, clubes...
Veo una carnicería 'halal' y más abajo la peluquería Naser
En esta calle abrió en 1936 uno de los más renombrados cabarets: el Barcelona de Noche. Paco Villar, en su libro Historia y leyenda del Barrio Chino (Edicions La Campana, 1996), describe la trasnochada escenografía compuesta por papagayos y mujeres desnudas que se columpiaban en una hamaca sobre un fondo anaranjado. De eso, y de la gloriosa época de cabarets del Raval, ya no queda nada: el paso de los años y, como remate, los Juegos Olímpicos, barrieron buena parte de la historia de este barrio.
En el Raval ha habido casi de todo: empezó siendo un conjunto de huertos, en el siglo XIX se llenó de conventos, más tarde llegaron las fábricas y tuvo su esplendor como uno de los centros de diversión más conocidos del mundo. En estos últimos años las excavadoras se han tragado infinidad de establecimientos, de rincones, de casas, de vida de barrio... Queda ahora una Rambla -aparentemente- inmaculada, fachadas restauradas, edificios que han suplantado casas ruinosas... Al Raval le han limpiado la cara y hay opiniones para todos los gustos. En la nueva Rambla es inevitable sentir nostalgia por aquel otro Raval, hecho de pastís y canciones de Edith Piaf, de bailaoras y travestidos, de putas sin edad que te echaban una buenaventura surrealista... Sorbos de cazalla con una aceituna para rematar la resaca incipiente de los primeros rayos de sol. Calles oscuras, decorados de zarzuela, tugurios con olor a moho... Ahora todo es más aséptico, más luminoso, como si fuera un barrio para pasear sólo de día. Así lo he hecho hoy, y mientras recorría las calles ahora invisibles que pertenecen a la nueva Rambla, me venían a la mente los viejos comercios que se esfumaron: lavanderías, cesterías, tiendas de legumbres a granel, tiendas con bacalaos colgando, con sacos de arroz y fideos.
Todo es luz en la Rambla del Raval -algo que no habían disfrutado nunca sus antiguos inquilinos. Si uno mira al cielo se encuentra con este sol cegador y las hojas de las palmeras; no muy lejos se oye una música rai. Volviendo la cabeza veo un grupo de hombres magrebíes de brazos cruzados contemplando, de pie, el trabajo de una hormigonera. Paso por delante de un hombre indio vestido con túnica blanca: está sentado en el parterre de las palmeras, va descalzo, tiene las piernas cruzadas y los ojos perdidos. Cerca hay una carnicería halal y un puesto de shawarma y falafel, un poco más abajo la peluquería Naser. Podríamos estar en cualquier ciudad magrebí, pero lo desmiente el cartel de L'hora de Déu, un centro de acogida que sirve comida a indigentes, y la pareja que, tranquilamente, está liando un porro sentada en un banco. Aún se puede ver la lavandería tapiada, el estanco y la Bodega de la Cosecha que se salvaron de la masacre. Y aún se conserva en pie un edificio aislado que parece a punto de desplomarse, aunque sus balcones están llenos de ropa tendida y antenas parabólicas que demuestran que allí dentro aún hay vida. Pero parece que la gente se resiste a montar negocios que no sean puestos de shawarma o locutorios. Entretanto, las excavadoras siguen su curso implacable.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002