UNA EXTRAÑA SUCESIÓN DE FENÓMENOS inexplicables sacude la apacible existencia de una pequeña y desconocida población del oeste americano. Fuentes de rayos X a nivel del suelo, auroras sin aparente actividad solar, intensas lluvias de rayos gamma y una legión de monumentales arañas, de una decena de metros de tamaño, salidas de la nada...
El doctor J. R. Vance y la doctora Jenny Langer, del observatorio Monclaire, han sido encargados de esclarecer el origen de este misterio (no sin ciertas dosis de imaginación, como se verá en la transcripción de la conversación que ambos mantienen):
'Una condensación espacial', sostiene la doctora, junto a una imagen de la región emisora. 'Ésta debe de ser la única fotografía de energía de este tipo'.
'¿Qué es una condensación espacial?', pregunta, cargado de razón, un joven ayudante.
El tono del doctor Vance se endurece: 'Dave, una condensación espacial es una atracción gravitacional tan intensa que crea un agujero negro en el espacio. Tan sólo hay una cosa que pueda causar una imagen como ésta. Un agujero negro en miniatura', afirma, sin amago de duda.
'¿Podría ocurrir?'.
La doctora Langer reflexiona unos instantes antes de responder: 'Pues... Con los constantes cambios de nuestra galaxia, es extraño que no haya ocurrido antes'.
'Bueno... Todo coincide... La teoría de la relatividad general de Einstein...'.
'Si una estrella muerta colapsara toda su masa', apunta la doctora Vance, obstinada en profundas elucubraciones, 'el astro se empequeñecería hasta convertirse en un punto...'.
'... Y penetraría en otro universo'.
'Exacto. Un universo paralelo con acceso de ida y vuelta...'.
'... Que lo absorbe todo...'.
'... Y lo expulsa todo...'.
¿Anuncio de pañales? ¿Teleserie americana? Nada de eso: se trata de un espeluznante filme norteamericano de serie B titulado The giant spider invasion (1975), nacido a la sombra de esa miríada de exitosas monster movies que vieron la luz en la década de los cincuenta. Ni más ni menos que el paso accidental de un microagujero negro abre una puerta de acceso a 'otro universo (sic)' poblado por gigantescas arañas. Unos efectos especiales de risa (se utilizó la carcasa de un viejo Volkswagen para dar forma al cuerpo de la araña gigante) y unos diálogos en los que la física chirría componen un cuadro apto únicamente para entusiastas del género sin excesivas pretensiones.
Sin embargo, dejando a un lado el desafortunado guión (y a las arañas gigantes, cuyas frágiles y delgadas extremidades no resistirían largo tiempo una gravedad como la terrestre), el posible impacto de un microagujero negro con la Tierra supone algo más que ficción. Se cree que en las épocas posteriores al nacimiento del cosmos se dieron las condiciones necesarias para la formación de objetos de naturaleza exótica, como agujeros negros de poco tamaño y masa (microagujeros negros) o los llamados 'strange quark nuggets' o SQN (literalmente, pepitas de quarks extraños), pequeños corpúsculos de extraordinaria densidad (un SQN de una tonelada tendría unas dimensiones de sólo 20 micras) compuestos por un tipo específico de
quarks (baste decir que los protones y neutrones que constituyen los átomos están rellenos de quarks).
En un artículo reciente, David P. Anderson y otros colaboradores suyos del Departamento de Ciencias Geológicas de la Southern Methodist University, que tiene su sede en Dallas (EE UU), tras analizar más de un millón de fenómenos sísmicos que tuvieron lugar entre 1990 y 1993, han anunciado la posible detección de dos extraños eventos cuyas propiedades apuntan hacia el impacto de sendos SQN con la Tierra (uno cerca de Elsworth Land, en la Antártida, y el segundo en pleno océano Pacífico). Pese a que otros estudios deberán corroborar la vericidad de esta hipótesis, y sin ánimo de incurrir en ninguna clase de tópicos, parece claro que 'la realidad supera a la ficción'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002