Al alicantino Rafael Roselló, desde niño, siempre le atrajo 'lo que hay detrás de las montañas', lo que se ha traducido en una vida aventurera por varios continentes. Maestro de los contrastes de luz, con sus cámaras de fotos y de filmación al hombro se ha ganado la vida desde que, adolescente, salió de Alicante. 'Siempre me ha gustado fotografiar cosas únicas, ver cómo se construyen cosas extraordinarias, tomar imágenes que los fotógrafos sedentarios no pueden plasmar'. A los 69 años, Roselló ha regresado a su tierra, donde alterna temporadas con su segunda patria, Quebec, en Canadá. En su bagaje hay millones de negativos, muchas películas y 31 manuscritos en los que ha recogido sus vivencias y que proyecta publicar. Roselló, pegado siempre a sus máquinas, ha trabajado de peón de ferrocarril en el frío glacial, ha sido submarinista para la construcción de puentes, pintor de transatlánticos, actor y cámara de cine, entre otras ocupaciones fantásticas.
Pregunta. Un periplo como el suyo no es tomado como objetivo de vida por los jóvenes de hoy.
Respuesta. Mi vida ha sido la de una locura muy agradable. Yo me fui de España, entre otras cosas, para ver cómo se vivía en democracia en otros países, pero acabé ganando dinero. Si hay algo que falta a los jóvenes de hoy es carácter aventurero y espíritu romántico. La televisión contribuye a ello, no ha cumplido su papel educativo y, en cambio, se ha convertido en una degeneración, en un lavado de cerebro desde el punto de vista comercial.
P. ¿Qué recomendaría a quien esté dudando entre convertirse en fotógrafo o dedicarse a otra ocupación?
R. La ventaja del fotógrafo es que tiene mucha libertad de movimiento, puede hacer su carrera en una ciudad o abarcar todo el planeta, depende de su espíritu aventurero y de sus capacidades. Si vas a otro país a trabajar, van a preferir primero a un nacional, por lo que hay que ser superior para hacerse valer. Pero hay que mentalizarse de que por cada mil fotógrafos que aparecen, sólo uno llegará a ser reconocido.
P. ¿Qué ha ganado usted con la fotografía?
R. Pues, entre otras cosas, unos 1.700 premios en un espacio de tiempo relativamente corto. Ya dejé el concursar porque no me gusta la competición. Recibes muchas críticas y en muchos concursos se premia no las mejores imágenes sino lo políticamente correcto, con lo que se ensalza a verdaderos asnos. En uno de mis proyectos también gané dólares para comprar varios apartamentos. Fue en Quebec. Hice una exposición de fotos en unos grandes almacenes con la idea de tener las instantáneas colgadas unas semanas y se alargó durante tres años. Vendería cerca de 10.000 ampliaciones.
P. ¿Qué cualidades subrayaría en un buen fotógrafo?
R. Para ser buen fotógrafo y aventurero se precisan capacidad técnica, artística, ser imaginativo, muy deductivo y cortés. Para un fotógrafo de platós de cine o de temas políticos, lo mejor es hacerse invisible, ir vestido de forma elegante. Con vaqueros y la camisa desabotonada no se va a muchos sitios. Y, sobre todo, no meter el flas en las narices del que pasa delante. Si se puede trabajar sin flas, mucho mejor. La cara ajena es el ganapán, la mina del fotógrafo. No hay que tirarse delante del coche de los protagonistas. Esa es una manera de hacerse detestar. Si eres cortés, recibes invitaciones y las situaciones para trabajar bien te llegarán solas. Si visitas un mundo de gente elegante, debes comportarte como ellos. Confucio dijo que cuando vayas al país de los tuertos, no olvides cerrar un ojo. Esa es la cortesía suprema.
P. Cuente cómo ha conseguido algunas de sus instantáneas más sobresalientes.
R. Desde Canadá embarqué una vez en un portaaviones de Estados Unidos, el Intrépido. Después de navegar varios días, en alta mar me trasladaron a un submarino nuclear. Y 15 días después, en medio de un estruendo como de miles de cristales rotos, emergimos rompiendo la capa de hielo del Polo Norte. Allí estaba el submarino. Hice las fotos de la torreta sobresaliendo de una llanura blanca inmensa. Algunos creyeron después que era un montaje en un lago helado. En cambio, en otra ocasión, me enrolé de peón para trabajar a pico y pala en la construcción de un ferrocarril y fotografiar paisajes del norte de Canadá apenas pisados por el hombre blanco. Era la región de los indios cree. Soportamos temperaturas de hasta 57 grados bajo cero, los bigotes se convertían en un trozo de hielo al congelarse el aliento. Y la primera vez que desenfundé la máquina me sorprendió un capataz armado con un pistolón y me la requisó. No pude tomar ni una sola imagen.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002