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COLUMNA

Dónde está el silencio

Qué lástima que todas las cosas de este mundo tengan una cara B; qué lástima que cada cosa ocupe el lugar de otra y cada conquista implique una renuncia, porque si no fuera por eso, no existirían ni la duda, ni la nostalgia, ni la melancolía. Veranear, por ejemplo, es cruzar la frontera que separa nuestros deseos de nosotros, una frontera llamada realidad y que está llena, a menudo, de alambradas y perros-policía; es llegar, por fin, al mar o a la montaña soñadas durante todo el año y es parar las agujas de las básculas, los relojes y los cuentakilómetros que gobiernan con precisión y sin piedad nuestros días laborables. Pero veranear es también renunciar al silencio. Algún verano que estuve en Madrid me di cuenta de que en agosto la ciudad se llena de voces y que eso es lo que la hacía tan distinta, no la ausencia de los automóviles, ni las tiendas cerradas, ni la abundancia de los aparcamientos, sino el sonido evidente de las voces. Así es agosto, entras en una cafetería o en un restaurante, por lo general medio vacíos, y lo primero que notas es eso: en lugar de los pasos neuróticos de los que llegan tarde, el silbido de las cafeteras furiosas de los que tienen que fichar y el estrépito de tenedores, cuchillos y preocupadas cucharas sobre los platos y las tazas del desayuno, lo que se oyen son las conversaciones de la mesa de al lado, se escucha una especie de oleaje hecho con palabras sueltas que salen de las mujeres y hombres de alrededor, un oleaje que dice nunca, quizá, distancia, ahora, dios, mañana, lavadora...

En agosto, Madrid no es una ciudad para los coches, los comercios y los negocios, sino una ciudad humana en la que da gusto vivir. Sin duda, ese silencio lleno de personas debería hacernos pensar a todos los que, durante el año, leemos u oímos, sin darles demasiada importancia, esas noticias que hablan de la contaminación acústica, que nos advierten de los riesgos de estar siempre, de día y de noche, sometidos a la tiranía del ruido, envueltos en la maraña de los motores, las sirenas, los timbres o los altavoces, rodeados por ese muro de sonidos desagradables que uno tiene que saltar cada vez que quiere que lo oigan, tiene que saltarlo del único modo posible, levantando la voz, sumando un poco más de ruido al ruido. El caos es la suma de todos los que sufren el caos. Es verdad que las instituciones no hacen nada para salvarnos de esa lacra que cae sobre nosotros como una plaga y devora nuestros nervios, sino todo lo contrario; más bien, esas inmobiliarias gigantes que son los ayuntamientos de nuestro país echan leña al fuego, se hacen de oro con la especulación y, en nombre del dinero y del porvenir, someten a los ciudadanos al horror de las autopistas cada vez más anchas, las obras sin fin, las excavadoras, los martillos neumáticos, los túneles. ¿A cuánta gente, por ejemplo, ha invadido el Estado para añadirle un carril a una carretera, llevando el rugido de los coches hasta las ventanas de su salón? No hay más que ver la carretera de A Coruña, ver cómo han cercado las casas que había en sus dos orillas, lugares que pasaron en unos meses de la calma al desastre, del Paraíso al Infierno. Todo eso es verdad y yo creo que, de hecho, en España aún se le tiene demasiado miedo al Estado, un miedo que le hace más fuerte, más soberbio. Sería magnífico que hubiera asociaciones de ciudadanos más organizadas y menos fatalistas, capaces de denunciar con todas las consecuencias los delitos de contaminación acústica, de llevar los abusos a los tribunales y pararle los pies a los ministerios o ayuntamientos que una y otra vez los someten sin piedad a su avalancha de cemento, a su río de asfalto, a su ruido interminable. No puede ser que al Estado le resulte tan fácil y tan barato destruir las vidas de la gente y convertir sus sueños en pesadillas.

Pero quizá la revolución, como siempre, debería empezar en uno mismo. ¿Por qué no nos fijamos en la ciudad de agosto y, al regreso, contribuimos al silencio, en lugar de contribuir al alboroto? Si cada uno dejara en paz su claxon, se prohibiera hablar a gritos y bajara el volumen de su teléfono móvil, su radio o su televisor, el ruido disminuiría. En ciudades como Copenhague, por ejemplo, la gente actúa de ese modo, cuida su silencio como si fuese de cristal. En el fondo, sólo se trata de hacer lo mismo, sólo que al revés, se trata de sumar silencios como se suman ruidos. ¿Se imaginan un Madrid igual a ese sitio en donde están ahora, en una montaña, en el corazón de un bosque o junto al mar? Qué lujo, el silencio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002