Soy sordo y muy aficionado al cine. He oído ya muchas veces que tengo una suerte relativa, porque cada vez hay más películas subtituladas y más programas asequibles a los sordos mediante el teletexto.
Déjenme decir, al menos una vez, que lo primero no es verdad; al revés, cada vez hay menos a costa de lo segundo. Y el teletexto es una auténtica tomadura de pelo. Lloro de rabia y frustración cuando veo parrafadas enteras de los actores no reproducidas, cuando veo que los subtítulos del diálogo siguen como si tal cosa, cuando hay interrupción publicitaria y no reaparecen puntualmente al acabar ésta y he llegado a contemplar, totalmente alucinado, cómo en una película de una cadena oficial se sobremontaban subtítulos de otra que no tenía nada que ver con la que estábamos viendo.
Eso cuando no estás viendo un programa y aparece el letrero de 'Próximo apartado no subtitulado', una y otra vez y caiga quien caiga, para frustración del telespectador sordo. Créanme. Yo lo que veo es falta de profesionalidad, de cuidado o de delicadeza. Supongo que cumplen con los cánones y se las pueden dar de medios de comunicación preocupados por los minusválidos. Que se sientan todo lo orgullosos que quieran o sepan, pero mientras no hagan un poco mejor las cosas, con nuestro aprecio que no cuenten. No nos conformamos con cualquier cosa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002