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Tribuna:LA POLÍTICA DE LOS NACIONALISTAS

Batasunización

Cree el autor que el proyecto nacionalista despierta serias dudas sobre su posibilidad de mantener un marco de convivencia plural.

Malos tiempos corren para los nacionalistas. Durante mucho tiempo han estado dando el pego, pareciendo civilizados mientras chantajeaban al Estado para que no estorbara demasiado en sus ansias hegemonistas y concediera patente de corso en sus afanes por el control político, social y económico de la sociedad vasca. Años y años han transcurrido en los que había un reparto de poder tácito, no escrito, pero admitido en la práctica, por el que 'desde Madrid' se permitía hacer y deshacer a los nacionalistas a cambio de que no incordiaran en exceso y nos dejaran al conjunto de los españoles en paz. Ellos han sido como un mal vecino, parasitando a su comunidad, y a la hora de la verdad no contribuyendo a la convivencia común, mientras que se les daba, ingenuamente, un voto incondicionado de confianza. El problema vino cuando, sin que nadie contara con aquel fenómeno, ese 'pueblo' tan socorrido en el argot nacionalista se echó a las calles para sublevarse contra ETA. Ese antes y después del mes de julio del 98 quedó claramente delimitado tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, y fijó un cambio de rumbo y estrategia en el nacionalismo. Ese nacionalismo de Arzalluz que era capaz de formular mensajes duales y de moverse con total soltura en la ambigüedad flotando como un corcho en aguas turbulentas, mientras otros se hundían, empezó a temer por su futuro al ver a las gentes en la calle, y vio la necesidad de echar un capote a ETA para que su derrumbe no fuera estrepitoso.

El caciquismo de la época de Cánovas puede ser perfectamente análogo al caso.

Iniciada esa deriva sin rumbo, los nacionalistas han ido superándose en esa escalada de tensión hasta límites que hasta hace muy poco eran insospechados, quizás porque ven venir el final de su tránsito y que el tiempo se les acaba. Están acelerando de forma compulsiva para que su proyecto secesionista pueda cumplirse. O ahora o nunca. El tiempo va en su contra.

Lo peor de todo, o lo mejor, según se vea esta película propia de un guión de Berlanga, es que los pasos al vacío que están dando ya no tienen fácil retorno. Lo peor porque nos pueden arrastrar a la sociedad en su conjunto, incluso a los ciudadanos que no tenemos implicaciones ni interés en su locura secesionista. Lo mejor, porque por fin aquellos que les atribuían un mero testimonialismo cultural y un moderantismo, al estilo del nacionalismo catalán, se han bajado del burro y han podido comprobar lo que algunos hace mucho tiempo decíamos: no hay nacionalismo democrático, todos cojean del mismo pie, no admiten posibilidad alternativa a la suya, en el fondo sólo aceptan la democracia cuando ellos ganan. El caciquismo de la época de Cánovas puede ser perfectamente análogo al caso. Es como si retrocediéramos más de cien años, pero ahora sustituyendo las asonadas por las pistolas de ETA.

Siguen hablándonos de autodeterminación del 'pueblo vasco', a sabiendas de que una verdad a medias reiterada se convierte en verdad absoluta en lugar de en mentira, o lo que es lo mismo: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad inconsciente para las mentes poco críticas y con menos herramientas de análisis. Nos ocultan la realidad del concepto autodeterminista a la luz del Derecho Internacional, que es que la ONU aprobó por resolución 1.514 de diciembre del año 1960 el derecho de los pueblos colonizados a decidir su futuro en un contexto de descolonización en el Tercer Mundo. Es decir, aplican sin ningún rubor ni rigor una figura concebida para pueblos del Tercer Mundo invadidos, expoliados y colonizados. Ya sabemos que los batasunos siguen con el estribillo ése de la ocupación de los territorios vascos por las fuerzas españolas, aunque eso choque de bruces con un análisis mínimamente soportado en el rigor histórico, sociológico o cultural, que es el de que desde la unificación de los reinos peninsulares se restituyó la Hispania existente desde tiempos de los romanos, y que los vascos somos españoles, desde cualquier punto de vista epistemológico que se analice.

De todas formas, el hecho de ser de aquí o de allá no merece la menor pérdida de tiempo en la preocupación de los ciudadanos. El problema es otro: cómo garantizar mejor los derechos humanos que son siempre individuales y cómo asegurar un marco de derechos y libertades. La verdad es que el proyecto nacionalista produce más que serias dudas respecto a la posibilidad de mantener un marco democrático y de convivencia plural, a la luz de los hechos que son tozudos y contundentes. Ése es el verdadero problema y preocupación para las mentes librepensadoras que persigan la verdad desde un plano positivista y no mitológico.

Michael Burleigh, autor del interesantísimo libro El III Reich, analizando la sociedad alemana en los preámbulos del advenimiento del Hitler al poder y los fenómenos sociales durante el nazismo dice que su libro 'trata del colapso moral progresivo, y casi total, de una sociedad industrial avanzada en el corazón de Europa, donde muchos de sus ciudadanos abandonaron el peso de tener que pensar por sí mismos' (El Mundo, 28-07-2002). Esta observación viene muy a cuento de lo que ocurre en el País Vasco donde abundantes personas ven como algo normal el que muchos de sus conciudadanos tengan que llevar escolta por el sólo hecho de pensar de una determinada manera o ser fieles a una Constitución a la que la mayoría de los vascos que votaron dieron su apoyo en 1978.

O ven normal, con una frialdad escalofriante, que se pueda utilizar la violencia para la praxis política, entre otras constataciones dignas de estudio en tesis doctorales sobre comportamientos sociales. Ahí está el quid del meollo. Puede ser que haya quien no esté satisfecho con el modo de funcionar de nuestra democracia. Ya sabemos que la democracia en los países occidentales es imperfecta, aunque mucho mejor que en los orientales en términos comparativos. Yo mismo afirmo que se debiera producir una regeneración del sistema democrático que introdujera reformas como las listas abiertas electorales, las consultas populares sobre cuestiones de amplia repercusión pública, la rendición de cuentas de los representantes de la soberanía popular ante su circunscripción, el estatuto del parlamentario más allá del sometimiento a sus grupos políticos, etcétera. Pero de ahí a reventar el sistema político democrático como pretenden muchos nacionalistas mediante la institucionalización de ciertos inventos -ya ensayados en otros momentos de la historia- como Udalbiltza, etcétera hay una gran distancia.

Ése es el meollo de la cuestión: la restitución de los principios, valores y formación en el rigor historiográfico y filosófico de partida que permita una nueva Ilustracción en el cuerpo social, y el relegamiento de los conceptos de pueblo y nación al de ciudadanía, recuperando el legado de la Revolución Francesa desde la que el ciudadano es uno, indivisible e irreemplazable por encima del principio de nacionalidad.

Ése es el asunto del que deberíamos hablar en profundidad para no estar rizando el rizo sin solución de continuidad. De ello depende, a mi modo de ver, que superemos la desafección de los jóvenes respecto a la política que es algo que debiera obsesionarnos, pues de ello depende que podamos ver la luz algún día. Y ése es el objeto de discusión real y no el falso debate al que nos llevan los nacionalistas.

Ernesto Ladrón de Guevara es portavoz de Unidad Alavesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002