En el mundo hay dos culturas posibles: la civilizada y la salvaje. Una es humana y la otra, animal. La segunda no tiene moral, la primera sí. A partir de ahí, arrancan todas las variables: cultura de hormiguero o de tigre solitario en los bosques siberianos. Cultura humanista y sus variables; o bárbara, siempre reductora y cainita. Etcétera. Pero, con toda su versatilidad, lo que caracteriza a la civilización (a diferencia de la vida salvaje), a la cultura humana en todas sus variantes, es que se produjo -y se produce- en ciudades. Desde siempre y hasta hoy. Desde la Torre de Babel -verdadero origen de la humanidad; no, como nos han dicho, el Paraíso- hasta hoy, todo lo que el hombre ha hecho, lo ha hecho en la ciudad. No hay cultura rural o aldeana. (A pesar del virgilianismo ingenuo de alguna mesocracia urbana; o de 'listos' como Oswald Spengler, que nunca se apartó de Berlín, que 'no recibe -decía Joseph Roth- nada de la tierra sobre la que está construida, sino que la convierte en asfalto, tejas y muros... Es la esencia de una ciudad'). La llamada cultura rural no es sino epigonía, alteridad de la cultura urbana. Quien diga lo contrario, falta a la verdad.
Y, antes que las ciudades, fueron la hordas. Algo de esto tiene cualquier fiesta (apelación al origen). Especialmente, las fiestas libertarias. Pero La Blanca -libertaria entre las libertarias gracias a la inmensidad de la Bajada-, es también fiesta comunitaria y es fiesta de orden: 'Panem et circenses'. Y es ya fiesta urbana. De modo que cuadra bien lo de horda por multitudinaria, masiva y un punto salvaje (animal). Pero no en los demás sentidos.
Las hordas eran clánicas, familiares. Y las aldeas y ciudades de provincia de nuestro siglo XX (grandes aldeas) se vieron a sí mismas como tal. La propia Vitoria (virgiliana), sin ir más lejos, adoptó el uniforme aldeano para la fiesta. Hoy, esa visión chirría. 'El verdadero patrimonio de Vitoria-Gasteiz es su gente', dice el alcalde, 'esa gran familia que se une para avanzar'. Y no es por señalar: podría haberlo dicho Lazcoz o Dos Caras. Hasta Celedón (activo en los sanfermines) se atrevió a desterrar la política 'a otros días a lo largo del año'. Eso no es civilización, no es la ciudad, no es real. (La realidad no es unitaria).
No hace tanto me decía Horacio Capel, padre de la geografía urbana española, que una urbe es ciudad cuando su parte norte no sabe lo que ocurre en el sur, un barrio o un grupo ignora lo que desconcierta a otro. Los barrios del Oeste de París compraban tranquilamente y trabajaban sin saber que en el Este salían taxis y motos y bicis para pelear en Marne (6-9 septiembre 1914) ante la ofensiva alemana.
Creo que en la Vitoria de hoy, el Sur no sabe lo que se cuece (según me cuentan) en el Norte, la basca ignora todo sobre el jazz o la música clásica programada, mientras otros van al teatro o llevan días ya en Santa Pola. Esto es ya una ciudad, dejó de ser una gran familia. Debiéramos tomar nota.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002