No sé si se debe llamar a esta guerra en la que estamos y que declaró Bush al día siguiente del destrozo del centro de Nueva York II Guerra Fría. No es tan fría, y en el más visible de los frentes, el de Palestina, estamos asistiendo a la destrucción de un país que nunca existió, porque no está reconocido sino como 'Autoridad Nacional'. Sigo aplicándome al aprendizaje del lenguaje encubridor y justificador. Puede que la democracia no sea más que un lenguaje, y su propio nombre, una de sus palabras más curiosas. Claro que existió Palestina: ahora no existe, pero está claro que existen los palestinos, aunque me da la sensación de que por poco tiempo. Afganistán existía, dividido en etnias, señores de la guerra, fanáticos religiosos, peligrosísimos seres sobre todo para ellos mismos y para sus dulces compañeras, condenadas a ser prisiones en sí mismas: pero ya ha sido destrozado y es posible que desaparezca repartido entre vecinos, o matándose entre sí.
Si yo fuera historiador desde el futuro, escribiría que desde la prehistoria el mundo se fue dividiendo en sectores cada vez más grandes -familias, nómadas, tribus, hordas, naciones, imperios-; en estas formas se fue concentrando la riqueza -comida, palacios, armas- hasta llegar a tres grandes bloques: uno que representaba a los pobres, otro que representaba a los ricos: una manera de hablar, porque en el mundo de los ricos hubo pobres tremendos, horribles, linchados, arrojados a los perros; y en el de los pobres aparecieron los ricos con otros nombres y amasaron fortuna y poder. Cuando parecía lógico que esos dos poderes similares, pero con nomenclaturas diferentes, se unieran para destrozar a los que no estuvieran en sus contextos, ganó el de los ricos por antonomasia y se dedicó a destrozar a los que aún confiaban en una solución para ellos. No la hay: y sus hambres, su desesperación, están siendo exterminados por lo que llamamos II Guerra Fría, una vez extinguida la de los dos imperios.
En ella estamos. En eso que alguien contará en el futuro, si le dejan. Hemos conseguido una guerra en la que no morimos, pero matamos: los clásicos militares decían que la historia de la guerra es la del cañón y la coraza, y la coraza ha perdido definitivamente. ¿Quién nos va a privar de una guerra en la que mataremos y no nos matarán? Salvo a algún pacifista aislado, claro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002