Frente a la estomagante retórica verbal que los actos asesinos desatan en unos y otros, les diré que yo encuentro la paz intelectual necesaria cuando concentro mi pensamiento en Punto de Lectura, que es como suelo llamar a ese enclave de la isla de Menorca donde leen tanto el presidente Aznar como su hija, la futura señora de Agag. Vi que, en efecto y en una barca, Ana Aznar Botella leía, y que lo hacía además con sencillez, y sin dar la impresión, como le pasa a su padre, de que además de devorar las obras completas de Nicanor Parra piensa mandarle a la Legión y a un capellán castrense. No, Anita lee callada, aprovechadamente, lo cual me lleva a preguntarme si no será, su forma de leer, más debida a la influencia sosegadamente seventies de su futuro marido (con ese aquel que tiene, entre Manuel Alejandro y Alfonso Santiesteban), que a la intrusión genética, plena de furia ninties, destilada en sus venas por vía paterna.
De cómo la literatura entra en las máquinas tragaperras en sentido unidireccional, dejando a la mitad de los usuarios del metro sin suministros, mientras Ana Aznar devora libros a barlovento y sotavento, a proa y popa.
En todo caso, Ana la joven lee. Congratulémonos. Y felicitémonos, sobre todo, porque se ha ido de vacaciones con la lectura puesta, y no se ha hecho con ella en las dispensadoras automáticas de libros que precisamente el sello Punto de Lectura ha instalado en varios andenes de unas cuantas estaciones del metro barcelonés. Dejen que les cuente lo que me sucedió cuando corrí a cerciorarme de que los tales artilugios culturales existían.
Empezaré diciendo que, de madrugada, cual es mi costumbre en agosto, me desveló el informativo de la SER. 'Máquinas expenden libros en las estaciones del metro', recitaba una voz localizable entre Blade Runner e Inteligencia Artificial. Me incorporé y eché un vistazo a los libros con los que últimamente duermo (Nápoles 1944, de Norman Lewis; Cordero negro, halcón gris, de Rebecca West, y Cartas contra la guerra, de Tiziano Terzani). '¿Habéis oído lo mismo que yo? ¡Libros en el metro, como coca-colas!'. Mis volúmenes (evítese el lector establecer paralelismos físicos) no respondieron. Se limitaron a ronronear y frotarse contra mi cuerpo (ahora sí: mis volúmenes), que tampoco respondió, dándose codazos para ser el próximo elegido (es lo bueno de leer varios libros a la vez: se te disputan). Pero yo, al menos momentáneamente, había perdido todo interés en ellos. Tenía que saber.
¿Se trataba de una noticia de verdad o era sólo una noticia de verano? ¿O una leyenda urbana, como la del Yeti? Qué historia la del criptozoólogo que, buscando al Abominable Hombre de las Nieves, encontró la muerte por degüello. El detalle de la sirvienta de doce años que pereció junto a él tiene ese punto Lawrence de Arabia que todos amamos cultivar en agosto y agencia de viajes mediante. Sin embargo, ¿era necesario tanto esfuerzo? Los palestinos, sin moverse del campo de concentración, se encuentran todos los días con Ariel Sharon, que pisa también como un energúmeno y se alimenta con resoluciones de la ONU incumplidas.
Lo mejor del Yeti es que no hace daño a nadie. No merece, por tanto, que nadie intente arrebatarlo de su refugio. Otra cosa sería tratar de sacarle a Raphael el Míster Hyde que dice llevar dentro (lo trae en septiembre a Barcelona, en su espectáculo, aprovechando que en Madrid el gremio de Depiladores por Rayo Láser le ha declarado el boicot), o incluso el propio Raphael que lleva fuera.
Pero lo de la venta de libros mediante máquina tragaperras no es una leyenda urbana, ni siquiera una amenaza fantasma. Es una realidad espeluznante. Resulta que hay máquinas y también hay libros, y que resulta de lo más excitante meter tus euros y escuchar cómo cae El Peso de la Literatura en el dispensador; introducir la mano y palpar en las tinieblas, para dar con el ejemplar que has elegido, puede otorgar un morbo añadido al hecho de leer. Pero, ay de ti. Como no vayas en dirección Horta o Lesseps, la has jodido. Porque sólo hay dispensadores de libros en un andén; no en el de enfrente.
La suerte que tiene Ana Aznar, que en su barquita puede leer a babor y estribor, a sotavento y barlovento, a viento y marea, a espero y deseo, como su propio padre.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002