Yugoslavia ganó ayer frente a la admirable Argentina algo más que el Mundial de baloncesto. En Indiana, el febril estado donde se vive el juego como en ninguna otra parte de EE UU, se ha producido un hecho impensable hasta hace poco: un equipo de excelentes jugadores de la NBA ha sido derrotado una, dos, tres veces, la última ante España, que alcanzó la quinta plaza en un torneo que ha confirmado el carácter global del baloncesto. Este juego tiene su cima en la NBA, pero ya no es un territorio privado de los norteamericanos. Parece un acto de justicia con la gran tradición balcánica que sea Yugoslavia el equipo encargado de acabar con un tabú del baloncesto: la invulnerable condición de las estrellas de la NBA. No estaban los mejores, pero los que jugaron eran suficientemente conocidos como para pensar en un fiasco. Si los notables de la NBA han sido superados por selecciones como Yugoslavia, Argentina y España es que el margen se estrecha, espectacular noticia para el baloncesto en todo el mundo y preocupante realidad para EE UU.
Hace diez años, los americanos armaron el célebre Dream Team para establecer la frontera entre ellos y los demás. Fue el mensaje disuasorio que se envió tras la derrota de la selección universitaria en los Juegos de Seúl. Se dijo que una cosa eran los inexpertos chicos y otra, la aristocracia profesional de la NBA. No hay duda de la superioridad del baloncesto americano, y es difícil pensar en un desastre de un equipo integrado por gente como Shaquille O'Neal, Tim Duncan, Kevin Garnett, Kobe Bryant y Tracy McGrady. Pero el debate está en otra parte. En Indianápolis se ha producido un vuelco radical: la frontera del baloncesto ya no está marcada por la NBA, sino por sus principales estrellas, algunas de las cuales son europeas. En buena parte los problemas de los estadounidenses obedecen a su dejación de las cuestiones básicas. Los jóvenes se quedan en la espuma de los mates mientras se desatienden los mecanismos fundamentales del pase, del tiro y de la orientación colectiva del juego. Frente a ellos, los jugadores europeos y suramericanos aprenden conceptos que se han revelado decisivos en el Mundial. Al juego hay que respetarlo, conocerlo, interpretarlo. Los norteamericanos han olvidado estos principios y ahora piden socorro a Shaquille, Kobe y compañía, la escasa gente que representa la última frontera que separa a Estados Unidos de los demás.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002