A chorro o en forma de hilillos, en superficie o desde el fondo del océano, el Prestige lleva un mes soltando fuel en las cercanías de la costa gallega. El mismo tiempo que lleva Aznar tratando de desviar hacia terceros (la oposición, la prensa, la meteorología) cualquier responsabilidad en el desastre. Lo ocurrido es sin duda una catástrofe, tal vez la mayor que recuerda este país; pero no es sólo, ni siquiera principalmente, una catástrofe natural. De ella deben responder en primera instancia quienes fletaron el buque, pero también los que tomaron unas decisiones que han terminado por extender la marea negra por toda la costa gallega y parte de la cantábrica.
La imagen de los pescadores sacando el fuel prácticamente con cucharillas no es un invento de la oposición: fue vista por millones de telespectadores, en España y en muchos otros países. El desconcierto de los primeros momentos tras el accidente, cuando no se sabía quién estaba al mando (si alguien lo estaba), tampoco es una invención demagógica. Frente a estas imágenes que desautorizan al Gobierno, éste ha optado por levantar la voz para acusar de deslealtad a la oposición.
Es cierto que la oposición tiende, en todos los países, a exagerar los errores de los gobernantes y a culparles de cuanto ocurre, incluidas las adversidades climatológicas. Lo ha hecho el PSOE a veces contra Aznar y lo hizo con suma aplicación Aznar cuando gobernaban los socialistas. Pero no es esto lo que más ha destacado en la crisis del Prestige. Zapatero ha estado incluso demasiado comedido en algunos momentos. Por supuesto que es fácil criticar decisiones a posteriori, y oportunista hacerlo sin haber dicho nada cuando había que tomarlas. Pero al Gobierno no se le ha reprochado principalmente el haber tomado decisiones erróneas, sino haber sido incapaz de explicar quién, cuándo y por qué las tomó, y de la falta de medios y de coordinación en la respuesta, seguramente por imprevisión culpable. También, la persistente ocultación de la realidad, por ignorancia no disculpable o por su obsesión por minimizar la magnitud de la catástrofe.
Una magnitud de desastre bíblico frente a la que se reaccionó tarde y de manera incompetente. Y en la que hubo negligencia -fue el término empleado ayer por el socialista Jáuregui en la sesión de control al Ejecutivo- por parte de quienes desertaron en plena crisis para irse de caza o de paseo. Señalarlo no es deslealtad, sino una obligación de la oposición, reforzada por el desmentido falaz de Fraga -"patrañas"- y la falta de reacción de Aznar frente a la evidencia. El presidente habla de demagogia de los demás, pero él se permite decir que la oposición ha cogido "la pala no para trabajar, sino para agredir y recoger votos", y también que Zapatero llevará "para toda la vida" una mancha "peor que la del fuel: la de la insolidaridad, la demagogia y el oportunismo".
Es incongruente acusar a alguien de falta de cooperación y despachar las reiteradas ofertas de colaboración con comentarios despectivos o, peor, acusaciones de hipocresía y cinismo como las deslizadas ayer por Arenas. La oferta de una reunión de todos los partidos para analizar medidas a tomar y "compartir ideas" podría estar fuera de lugar si la crisis se hubiera llevado desde el primer momento al Parlamento. Pero un mes después de que empezara a manar fuel del Prestige, todavía no ha habido un pleno sobre la catástrofe, y Aznar sigue sin asumir ninguna responsabilidad por su contribución al "mayor desastre ecológico de nuestra historia", como acertadamente lo califica.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 2002