Pasa el Barcelona por un mal momento, uno de los peores de su historia al decir de muchos. Perdido en la tabla, el equipo no dice ni mu de tieso como se ha quedado, inflado de jugadores repetidos, falto de jerarquía, tan contrario a las leyes del juego como agradecido con el mercadeo que ha permitido la sentencia Bosman. Tal es la confusión, que hoy no se distingue entre extracomunitarios y nacionales, ni los fichajes se diferencian de los canteranos, por no decir que no hay manera de separar los buenos de los malos de tan prescindibles como parecen todos en manos de un entrenador al que la crítica tiene por desfasado.
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A más fichajes, más suplentes. De los 16 futbolistas incorporados con Gaspart, ni el más caro (Overmars) es titular, y al parecer la cesión del jugador franquicia (Mendieta) costará lo mismo que la ficha de Rivaldo si es devuelto al Lazio. Tres entrenadores no han dado con el sustituto de Figo, la prensa no ha encontrado en Riquelme y Saviola mayor consuelo que el pataleo, y el aficionado ya no se reconoce en un equipo que muda la piel cada jornada. Despersonalizado y endeudado, el Barça se ha metido en un aprieto muy serio, tanto que aparece como un club irreconocible, motivo de chanza incluso para la competencia.
Puede que para la junta azulgrana el paisaje remita al fin y al cabo a tiempos pasados, cuando el equipo rebajaba sus objetivos a cada partido, el club no tenía ningún peso en los órganos de gestión, la directiva despilfarraba igualmente el dinero y el Madrid era inalcanzable. Por entonces, sin embargo, la entidad no tenía problema en rearmarse cada temporada. Una Copa bastaba para fomentar la movilización social y las cuotas alcanzaban para traerse al mejor futbolista. No había rival que compitiera en número de socios ni mucho menos con la leyenda de ser más que un club que entre otras cosas significaba anteponer el civismo, la deportividad y la catalanidad al resultadismo.
A finales de los ochenta pasó un mal rato, puede que incluso parecido al de ahora, aunque entonces quienes pidieron la dimisión del presidente fueron los jugadores y no los aficionados. Para suerte de la entidad, Cruyff llegó a tiempo y, con el dream team, constató que, a diferencia del Madrid, la grandeza del Barcelona está relacionada más con los jugadores y los entrenadores que con los presidentes. Despedido Cruyff, el Barça aguantó un tiempo con Van Gaal hasta que fue devorado por sus propias contradicciones y el nuevo marco futbolístico. A día de hoy, sin embargo, es tan difícil encontrar un técnico o un jugador capaz de revertir la situación como disponer del dinero para comprarlo. Para capitalizarse ya no basta con el carnet de los abonados; a la hora de competir, la Recopa ya ni existe para desdicha del Barça triomfant y la regeneración cada vez es más costosa ante la desnaturalización de la entidad. El Barça ha dejado de interesar como club y como equipo porque no ofrece ni complicidad ni compromiso, sino que despierta indiferencia.
El asunto es consecuentemente mucho más serio como para pensar que Gaspart es capaz de arreglarlo con un golpe de fortuna después de corregirse y enmendarse poniendo a Van Gaal frente a Rexach, Iniesta ante Riquelme o Pérez Farguell contra Parera. Hasta el momento, la junta no ha hecho más que llevar al Barça a ser un club pasado de moda.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de enero de 2003