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Crónica:FÚTBOL | La jornada de Liga

El Atlético disfruta con un Barça ruinoso

Una genialidad de El Niño desata una cómoda goleada y sumerge un poco más a los azulgrana en su crisis

Estaba El Niño que no la veía, de horror. Y además, todo el rato en el suelo. Incapaz de realizar un control digno, de irse de nadie, de superar a una defensa que desde el primer minuto se anunció de mantequilla. Estaba mal Fernando Torres, fuera de sintonía con sus compañeros, sometido por el rival y ninguneado por el árbitro, que ya le podían dar un codazo en la cara que decía sigan, sigan. Estaba así el nueve del Atlético, completando su caída de las últimas jornadas. Pero el caso es que estaba. Y si el Niño está, en cualquier momento te la hace. Agarra el balón, sortea lo que tiene por delante directo a la portería, ajusta el tiro al rincón que no se espera el portero, acomoda el marcador del lado del Atlético y pone a hervir las gradas.

ATLÉTICO 3 - BARCELONA 0

Atlético de Madrid: Burgos; Contra (Aguilera, m. 90), Coloccini, Hibic, Sergi; Albertini (Movilla, m. 76), Emerson; José Mari, Correa (Dani, m. 58), García; y Torres. Barcelona: Bonano; Puyol, Christanval (Oleguer, m. 21), De Boer, Reiziger; Xavi, Rochemback; Mendieta, Riquelme, Overmars; y Dani (Motta, m. 46). Goles: 1-0. M. 39. Torres desborda a De Boer y golpea con el exterior al primer palo. 2-0. M. 69. Emerson, de cabeza, a la salida de un córner. 3-0.M.87. Luis García remata a la escuadra. Árbitro: Losantos Omar. Amonestó a De Boer, Torres y Contra. Expulsó por roja directa a José Mari y Rochemback. Unos 50.000 espectadores en el estadio Vicente Calderón.

Eso hizo ayer el chico, irrumpiendo a lo grande en el partido cuando más incierto estaba, abierto de pura mediocridad, viajando de una portería a la otra más por la debilidad defensiva de cada cual que por sus méritos atacantes. Y al filo del descanso, con los entrenadores dándole a la cabeza para cómo corregir el panorama a la que el árbitro soplara, Hibic cruzó un balón profundo al costado derecho, José Mari ganó por velocidad la pelota, la bajó al suelo como pudo y se la retrasó al Niño a la voz de haz lo que quieras. Y Torres, así que os reíais de mí, se giró, le buscó la cintura de madera a De Boer, aguantó la carrera dentro del área encorsetado entre dos y recurrió a la puntera para batir a Bonano. No, Luis, no. A Torres no se le debe sacar nunca del campo. Por si acaso.

Hasta entonces, el nuevo Barça, encorsetado bajo el traje de un 4-2-3-1 y muy disminuido por las bajas, había levantado la voz poco, únicamente cuando Xavi conectaba con la velocidad de Overmars. Riquelme ponía presencia, pisaba y pisaba la pelota y se descolgaba por los sitios desiertos en las contras, pero a la hora de la verdad no sabía qué hacer, como si no tuviera la mínima sospecha de hacia dónde se iban a desmarcar sus compañeros. Y Dani, incansable, no paraba de pelear. El Barça ponía voluntad, pero defendía muy mal. Si presionaba, que no, lo hacía tarde, y le concedía a los rojiblancos llegadas más o menos sencillas.Daba toda la imagen de un equipo vulgar, una caricatura de lo que un día fue.

El Barça no era mucho, pero el Atlético tampoco demasiado. Acostumbrado a que los rivales le corten el oxígeno y las ideas, se sentía cómodo ante la vigilancia a distancia del Barça, su juego al paso y con muchos espacios a la vista. Tocaba con soltura, encontraba con criterio las bandas, dominaba con insólita suficiencia el centro del campo y, salvo cuando Xavi le cazaba la carrera a Overmars, apenas sufría en defensa. Pero se deshacía en el área enemiga, por donde Correa le buscaba salidas extrañísimas a las jugadas (cuestión que le costó un zarandeo de aúpa del entrenador) y Fernando Torres, lo dicho, no daba una.

El partido, aunque de olor a rojiblanco, se intuía abierto. Pero Torres decidió mandarlo resuelto al descanso. No había hecho nada antes y tampoco demasiado después. Bueno, sí, fallar goles de los que no se pueden fallar: un regalo que le hizo Sergi tras un vigorosa carrera en un contraataque letal y una ocasión de fabricación propia, tras robar la pelota por insistencia. En ambos casos, anduvo torpe ante Bonano. Pero asomó su clase una vez y le fue suficiente para arreglar las cosas.

Tras el descanso, y con el marcador en contra, el Barça fue mucho menos. Obligado por las circunstancias e invitado por el Atlético, que quería tirar sorpresas a la contra, tuvo más la pelota. Pero la condujo sin fe y al ralentí, sin ideas, como asumiendo la que se le caía de nuevo encima. Riquelme se amagaba y se amagaba a sí mismo sin ningún beneficio y claudicaba ante Emerson, al que Luis encomendó la custodia del argentino, antes de Albertini, mediada la primera mitad. El brasileño, que le ha cogido el aire al puesto, que empieza a jugar con jerarquía, tuvo otra actuación mayúscula.

Y lo que no era Riquelme en el Barça tampoco sumaba. Lo intentó De la Cruz centrando a Mendieta y escorando a Rochemback hasta su expulsión en la banda, pero ni por ésas. Los azulgrana se iban metiendo poco a poco y de manera inocente en el terreno que quería el Atlético, que le decía ven, ven, y luego le daba. Con el paso de los minutos y, claro, de los goles, el Barça se fue desangrando, sumergiéndose unos metros más en su profunda crisis de identidad y distanciándose más y más de su vieja imagen. Y no era porque no lo intentara, sino porque ni podía ni sabía. El Barça se siente un equipo pequeño.

Hubo un momento de refriega, que concluyó con la expulsión de José Mari y de Rochemback, que aparentemente convenía menos al Atlético, tan dueño de la situación por la vía normal. Pero lejos de perjudicarle, las tarjetas rojas le entregaron el duelo para siempre. Con un jugador menos por barba, los espacios, ya de por sí grandes, se multiplicaron, y el Atlético los aprovechó con saña. Del Barça, entregado, ya no hubo más noticias que un tiro al larguero de Motta. Lo demás, fue aguantar estoicamente a que el rival le cosiera a contragolpes y a goles.

Y al fin no fue un Atlético-Barça de los de toda la vida. Sólo tuvo sabor de clásico en la ligereza de los planteamientos, en los metros que tanto uno como otro equipo concedieron. Y en los goles, pero éstos sólo fueron de un lado. Los Atlético-Barça solían ser grandes estuvieran como estuvieran sus contendientes, que pasaban por encima de sus problemas del momento y se dedicaban al fútbol del bueno cuando el calendario les cruzaba. Pero ayer eso no fue posible. El Barça no puede dejar al lado su crisis ni en citas así. Está muerto. Antic tiene trabajo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003