Quizás porque algún día lo padeció en carne propia, en sus no muy lejanos tiempos de hincha, Fernando Torres quiso castigar ayer al aficionado tostón, a ese tipo que se fuga al bar en el descanso y no regresa hasta entrada la segunda parte, a ese plasta que en el camino de vuelta a su butaca pone patas arriba la tribuna y pasa por delante de sus vecinos con total parsimonia e impunidad. A ese seguidor inevitable, tan común en las gradas españolas, Fernando Torres le birló ayer la oportunidad de ver la gran obra del partido: recibió el Niño un centro profundo de Contra, corrió junto a la pelota, fingió un tiro al borde del área, pero lo que le tiró a Sanz para quitárselo de encima fue un recorte y, a la salida del quiebro, ya con Contreras delante, colocó con suavidad el balón en una escuadra. Gol grande, golazo, cuando no hacía ni un minuto que el segundo tiempo se había puesto a andar. Alarmados por el estruendo general, los aficionados incordios del Calderón retornaron a toda velocidad a su localidad. Pero tarde. Ya había actuado el Niño, que es lo que tiene: aparece a menudo, pero sin avisar. Por eso conviene que esté siempre.
ATLÉTICO 2 - MÁLAGA 1
Atlético: Esteban; Contra, Coloccini, Hibic, Carreras (Aguilera, m. 73); Albertini, Emerson (Movilla, m. 52); José Mari, Jorge, Luis García; y Torres.
Málaga: Contreras; Josemi, Fernando Sanz, Bravo (Leko, m. 67), Valcarce; Manu, Gerardo (Miguel Ángel, m. 23), Romero, Mussampa; Sandro (Dely Valdés, m. 50); y Darío Silva.
Goles: 1-0. M. 13. La defensa del Málaga escupe fuera del área un córner sacado por Albertini desde la derecha y Luis García, con la derecha, remata de volea el rechace.
2-0. M. 46. Fernando Torres recibe un pase profundo de Contra, recorta a Fernando Sanz y remata suavemente a la escuadra con la izquierda.
2-1. M. 60. Manu se interna por la banda derecha, sienta a Movilla con un recorte, centra templado y Darío Silva cabecea a la red.
Árbitro: Moreno. Expulsó a Luis García (m. 63) y Darío Silva (m. 65), por doble amonestación. Amarilla a Manu, Carreras, Sanz, Movilla, Jorge, Josemi y Juan Carlos Añón, segundo técnico del Málaga.
50.000 espectadores en el Calderón. Los jugadores del Atlético salieron al campo con un camiseta que rezaba Ánimo, Germán, dedicada a Burgos.
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El gol de Torres llegó con toda la pinta de cerrar para siempre el partido. Suponía el 2-0 para el Atlético, que, a excepción de un par de sustos iniciales provocados por la inteligente movilidad de Darío Silva, gobernaba convincentemente el partido. Otra vez una segunda jugada, el rechace de una acción a balón parado, le había abierto las puertas de la victoria. Tras la volea goleadora y tranquilizadora de Luis García, con la pierna mala para agrandar el mérito, el conjunto local se dejó llevar sabiamente por el oficio de Albertini, extraordinario ayer.
El Atlético llevó el duelo cómodamente atado, ganándole la partida al Málaga sin excesos pero con un juego bastante ortodoxo. Y llegó el gol de Torres para cerrarlo todo, pero precisamente entonces el Málaga, pese a su evidente cansancio, se vino arriba. Creció hacia a la remontada por su banda derecha, la de Manu, el héroe de Atenas, un extremo fabuloso; o sea, por la izquierda del Atlético, la que defendía, mal, Carreras, un profesional ejemplar, pero un lateral mediocre. El Málaga convirtió el callejón de Manu en una autopista y pronto (m. 60) encontró el gol que daba incertidumbre a la tarde.
El partido, que se había movido por rutas lógicas, saltó por los aires por decisión del colegiado, que mandó primero a la ducha a Luis García por una tontería, golpear a la pelota cuando el árbitro ya había parado la jugada; y dos minutos después, por la ley de la compensación, hizo lo mismo con Darío Silva por otra estupidez, rematar a puerta cuando ya se había pitado fuera de juego.
Tras las expulsiones, el encuentro se volvió decididamente loco. Los dos equipos se partieron por la mitad, con un puñado de jugadores, los defensas de un equipo y los atacantes del otro, jugando en un campo, y viceversa. En medio del caos, el gol rondó con insistencia ambas porterías y el juego, aunque alborotado, estuvo cargado de emoción. Coloccini aguantó heroicamente las acometidas del Málaga, que nacían casi siempre por la derecha, por la zona de Manu [Luis Aragonés trató de apagarlas, con éxito, cambiando a Aguilera por Carreras], con centros sobre el área que buscaban la poderosa cabeza del panameño Dely Valdés.
Pero el Málaga había perdido a su mejor jugador, Darío Silva, y, además, daba cada vez más sensación de agotamiento. Y el Atlético, que enseñó muchas dudas, que no supo si jugar a conservar la pelota o a rematar el resultado, que acabó actuando bajo un híbrido extraño que puso un nudo en la garganta de su gente, se llevó los puntos. Y se los dedicó al Mono Burgos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003