Esto es el Tour. Así de sencillo. Todo lo que se diga sobra, no hay palabras. Si lo que se siente como telespectador en los últimos diez kilómetros es algo insufrible, no digo nada si estás allí en medio, metido en el ajo. Ahora bien, yo prefiero aquello, que esto no es vida, que voy reventar de los nervios por esa tensa espera hasta que el primer corredor en caer toca el suelo y ya puedes exclamar sin miedo a equivocarte: ¡ya está, si es que van como locos, si esto se veía venir!
Así que no voy a hablar de los nervios de la primera semana, de la tensión, de los frenazos, codazos y golpes varios o de las caídas, que de eso bastante oportunidad tendremos esta semana; voy a centrar mi atención en un detalle que me tiene intrigado y que, por mucho que interrogo a mis compañeros no alcanzo a entender, pues ni siquiera ellos son conscientes.
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¿Alguien se ha fijado en el rostro sereno y relajado que tenía el ganador apenas dos metros después de la línea de meta? Pues yo sí. Y, como esto se va a repetir estos días, les aconsejo que no pierdan la ocasión de observarlo y, a ser posible, en la repetición a cámara lenta del sprint que nos ofrecen a diestro y siniestro para que no perdamos detalle.
No puedo entender cómo inmediatamente después un esfuerzo máximo, en el que los músculos utilizan toda su capacidad anaeróbica, esto es, sin oxígeno y con el corazón latiendo a cerca de 200 pulsaciones, se puede reflejar esa serenidad en el rostro con tanta facilidad cuando apenas un segundo antes los dientes se apretaban unos contra otros y no había un solo músculo sin tensión en todo el cuerpo.
¿No dicen que la cara es el espejo del alma? Pues se sentirá el alma en ese momento en plena paz consigo mismo, que, si no, yo no lo entiendo. O será quizá la historia de siempre: que para ser sprinter hay que estar hecho de una pasta especial, una pasta especialmente... modelable. Ya me entienden.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003