Los ciclistas ya no son mineros y el Réveil Matin (Despertador) ya no es una posada-café-restaurante de carretera, sino un tex-mex, tacos, fajitas y guacamole, manteles de papel blanco y botellas de plástico con agua en las mesas, pero el Tour es el Tour.
La intersección de la carretera de Corbeil con la de Melun, nada más salir de Villeneuve-Saint Georges, entrando en Montgeron, 18 kilómetros al sur de París, sigue estando allí, sólo que ahora es una rotonda bajo un paso elevado de autopista rodeada de un hipermercado, un Buffalo Grill -carne a la plancha a todas las horas del día y parte de la noche-, y la carretera de acceso al polígono industrial, bautizado muy apropiadamente con el nombre de Maurice Garin.
"Los ciclistas de antes eran mineros, campesinos o metalúrgicos y pasaban hambre hambre"
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Maurice Garin, un deshollinador nacido en Francia e hijo de emigrantes del valle de Aosta, salió del Réveil Matin junto a 59 pioneros más en bicicleta a las 15.16 horas -George Abran, con un largo guardapolvo blanco, dio el banderazo de salida- camino de Lyón, 467 kilómetros, más de 17 horas por una polvorienta carretera, el 1 de julio de 1903.
Era la primera etapa del primer Tour. El Tour partió de allí, y no de París, de las oficinas del diario L'Auto, el organizador, porque el prefecto del Sena había prohibido la práctica del deporte ciclista en la capital.
Garin -fino bigote, guías bien enrolladas, un cigarrillo fino, bien liado, jugueteando en sus labios de vez en cuando- ganó esa etapa y dos más y ganó el Tour, el primer Tour.
El 90º Tour, el Tour del Centenario -durante 11 años, los años de las grandes guerras, no se disputó la carrera- paró ayer media hora en el Réveil Matin, que ya no es un edificio gris y beis austero del que emanaban aromas de coco -agua de regaliz, el refresco de la época-, sino que ha sido coloreado de mostaza y añil. Tiene un anuncio luminoso y ha perdido el gallo cantándole al alba que lo identificaba y le daba nombre.
"Ha estado cerrado año y medio y ahora, hace poco, lo han abierto unos propietarios nuevos", dice, detrás de la barra, tirando dos démis a présion -dos cañas, a 2,50 euros cada una-, la madura camarera que intenta que no le desborde la expectación ni el personal que se agolpa a su alrededor.
Es el día de los anciennes, de los veteranos sin pelo y ojos húmedos y brillantes, y arrugas, que repiten una y otra vez sus hazañas a la puerta.
¡Qué tiempos aquéllos! Por allí está Jean Stablinski, bajito y peleón, que fue campeón del mundo en Salò (Italia) en 1962, y algunos colegas más cuyo nombre ya nadie recuerda. No está Raphaël Geminiani, el vocinglero y dicharachero Gran Fusil -por su larga nariz-, el gran superviviente de una época de la que ya se han ido Fausto Coppi y Gino Bartali, Jacques Anquetil y Louison Bobet, y Hugo Koblet y muchos más. Geminiani tiene 78 años de edad y está enfermo. No se mueve de su casa de Clermont Ferrand, al pie del Puy de Dôme.
Al viejo café también acudieron ayer viejos más jóvenes, como Laurent Fignon, que ganó dos Tours en los años ochenta y perdió otro por apenas ocho segundos, y que apenas ha engordado, o como Bernard Hinault, que ganó cinco Tours y ahora es relaciones públicas de la carrera.
Laurent Jalabert nunca ganó el Tour, pero en sus últimos años, cuando fue dos veces Rey de la Montaña, se convirtió en el favorito de la afición francesa. Jaja, como le llaman afectuosamente, llegó al Réveil Matin sobre dos ruedas, pero no en bicicleta, sino en moto: comenta la etapa en movimiento para la televisión francesa.
A 200 metros de allí, en el aparcamiento de un almacén de construcción, los 198 corredores del Tour de 2003 esperan, cansados y aburridos, a que terminen los festejos y comience de una vez la etapa. Se han tirado casi una hora recorriendo en marcha neutralizada 28 kilómetros desde Saint Denis. Han recorrido París otra vez. Y son casi las dos de la tarde y aún no pueden acelerar.
Mientras los directores, solícitos, reparten un miniavituallamiento, unas barritas energéticas, algunos corredores hacen corro y reflexionan sobre su oficio, sobre la historia.
"Los ciclistas de antes eran mineros, campesinos o metalúrgicos y pasaban hambre hambre", cuenta Chechu Rubiera, el asturiano que trabaja para Lance Armstrong en el equipo US Postal; "así que la bicicleta sería para ellos una liberación. Porque yo he bajado a la mina, he visto lo que es y eso sí que es duro de verdad". Le escuchan otros dos españoles emigrantes, Ángel Casero, que trabajará para Jan Ullrich en el Bianchi y Carlos Sastre, del CSC de Hamilton. "Gracias a ellos, a sus penalidades, nuestro oficio se ha elevado. Tenemos detrás un pasado de héroes y leyendas", concluye.
El peso de la historia puede, sin embargo, ser algo mucho más ligero y llevadero que lo evocado por Rubiera. Puede ser un maillot rosa como el que luce el ONCE-Eroski en este Tour: en el figuran, grabados en letra minúscula, en tinta blanca, los nombres de los técnicos, el personal y los ciclistas que han corrido el Tour con el equipo de Manolo Saiz desde 1990, el año en que empezó a participar en la grande boucle, y con éxito, con triunfos de etapa para Marino Lejarreta y Eduardo Chozas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003