Del intercambio de opiniones entre el director técnico y el entrenador azulgrana, preocupados los dos por el empequeñecimiento del equipo en Púchov, salió una alineación novedosa y hasta cierto punto extraña en el Barça, por mucho que el dibujo cambie cada dos por tres. Quería Begiristain futbolistas nuevos para recuperar estilo mientras Rijkaard apostaba por cambiar de idea y garantizarse la victoria. Entró Márquez, como demandaba el guión, tanto para justificar la política de fichajes como para defenderse con zagueros y no con centrocampistas, y se reorganizó la línea de medios al punto de que, una vez desaparecidos los extremos naturales, se prescindió del medio centro. La suplencia de Xavi supone una capitulación, momentánea o definitiva, respecto a una manera de entender el juego, referencial en tiempos de Cruyff y especialmente discutible desde la entrada-salida de Van Gaal.
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Rijkaard parece dispuesto a abordar el debate sin miramientos. Despistó en la pretemporada, cuando dispuso de futbolistas muy abiertos a las bandas, montó y desmontó después un tridente que no venía a cuento y, finalmente, ha ido retirando a los especialistas en beneficio de futbolistas más polivalentes: un día se cayó Overmars, al otro Quaresma y para acabar saltó Xavi. El medio centro pierde sentido si no hay extremos para los que tocar. Espantado por la facilidad con la que el equipo se partía por la mitad, el entrenador prefirió ayer llenar el medio campo con jugadores más fuertes, más grandes, más físicos.
Recriminable en la mecánica del juego, el Barça del Calderón fue un equipo especialmente endurecido, como demandaba la situación, al entender del técnico y de la junta, necesitados de que los jugadores tengan cuanto menos presencia. Perdió calidad, toque si se quiere y hasta clase, y ganó intimidación. A Rijkaard no le gustan los jugadores pequeños, y Xavi, Iniesta, Saviola y Sergio García lo son, y a cambio aspira a organizar el equipo al estilo del Milan, fuerte defensivamente, y con volantes, interiores o extremos indistintamente, según las exigencias de la jornada.
Jugar al límite, disputar partidos exigentes como el de anoche, con jugadores especialmente vigorosos, supone también un riesgo. El desgaste barcelonista fue, en este sentido, extraordinario, sobre todo por las expulsiones de Cocu y Motta, dos de los que más participaron en la mutación azulgrana. Rebajada ya la línea de pase a Ronaldinho, perdió solidez el Barça, aunque no interés ni compromiso en el envite, dispuesto a buscar una salida a su debate identitario a partir de un partido épico.
Rijkaard anduvo rápido en las correcciones, procurando que el equipo no perdiera el equilibrio, consciente de que el empate a cero tenía un sabor a triunfo. Valdés estuvo especialmente feliz. El portero se agranda en esta clase de partidos para desespero de los delanteros rivales y alivio de los zagueros propios, que resistieron a pie derecho hasta que el árbitro dijo basta.
El Barça salió del aprieto, y abandonó el campo con los puños apretados por defender bien el final tras no saber resolver al principio. A los azulgrana les faltó el gol de costumbre para rematar un primer tramo de partido muy interesante La ausencia de un aspirante a pichichi rebaja las aspiraciones barcelonistas, circunstancia que no escapa al análisis de sus rivales. De acuerdo a los resultados de la jornada, al Barça se le pedía una victoria para contarle en la disputa del campeonato, y Rijkaard dispuso un equipo más valiente, aunque no más atrevido, que de costumbre. El desarrollo del partido, sin embargo, obliga a bendecir el empate, de la misma manera que el proceder cambiante del técnico invita a no tomar el partido de ayer como guión. Vive el Barça al día, y Rijkaard sigue buscando. Buscando la alineación, el estilo, el perfil del equipo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de septiembre de 2003