El Atlético vivió más el partido, pero no lo supo ganar. El Barça lo jugó mejor, con menos ambición y muchos más contratiempos, pero tampoco lo supo vencer. Como acabó con dos jugadores menos, salió fortalecido. Pero en el fondo también debería lamentarse, porque no se decidió a ir por el partido cuando la cuestión le olía mejor. Le faltaron ganas de ganar, una sensación que ya insinuaba su once de salida. Al Atlético, que tardó media hora en subirse a la contienda, lo que le faltó fue fútbol. Adonde no le llegó el juego, le llegó el corazón. Pero no fue suficiente. Y al final, todo un Atleti-Barça, en otros tiempos una garantía segura de goles, concluyó a cero.
ATLÉTICO 0 - BARCELONA 0
Atlético: Burgos (Juanma, m.46); Aguilera (Javi Moreno, m.83), Santi, Lequi, Sergi; De los Santos; Novo, Ibagaza, Rodrigo, Musampa (Nano, m.77); y Fernando Torres.
Barcelona: Víctor Valdés; Puyol, Reiziger, Márquez, Van Bronckhorst; Gerard, Cocu; Luis Enrique (Andersson, m.64), Ronaldinho (Xavi, m.77), Motta; y Kluivert.
Árbitro: Daudén Ibáñez. Expulsó a Cocu (m.57) y Motta (m.77) por doble tarjeta. Amonestó a De los Santos, Lequi, Rodrigo, Fernando Torres, Santi, Sergi, Gerard, Reiziger, Kluivert y Rijkaard.
Alrededor de 54.000 espectadores en el Calderón.
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No creció el Atlético agarrado a Ibagaza. Tampoco llegó el buen juego con él al mando de las operaciones. Sí dejó sutileza y buenas intenciones en ocasiones, pero poco. El corte más bien defensivo del centro del campo azulgrana, su certeza de que era precisamente la pieza a la que vigilar de veras, dejaron al pequeño tesoro argentino sin espacio para aupar al Atlético. No le ayudaron sus compañeros, el paisaje cada vez más árido de un equipo donde algunos futbolistas se vuelven de miniatura. Y donde las novedades no mejoran lo que había: De los Santos es bravo pero muy corto de fútbol, demasiado corto para el lugar capital que ocupa. Y el Niño, castigado por un estilo de juego que le perjudica, sigue bajo.
No lo hizo mucho mejor el Barça, aunque sí enseñó mejores futbolistas y más recursos para inyectarle veneno a la pelota. Tiene más cosas el cuadro azulgrana de lo que lució de salida en el Manzanares, con una alineación muy rebajada, sin los extremos, sin Xavi y hasta sin Saviola. Pero sin todo eso, supo plantarse con peligro dentro del área de Burgos en la primera mitad. Le bastaba juntarse en la zona de entrelíneas con toques y movimientos rápidos, con ponerse a jugar pachangas de entrenamiento dentro del propio partido. Y así dobló al Atlético hasta tres veces en la primera fase. En todas ellas, el Mono, muy atento a las irrupciones de Ronaldinho y Kluivert, evitó consecuencias.
No había demasiados secretos en el Barça, en todo caso. Jugaba correctamente y sólo se encendía cuando la pelota pasaba por los zapatos de Ronaldinho. Pero el brasileño, pese a su habilidad para asomar por los claros del campo, fue seguido siempre por un puñado de adversarios. Y no sólo eso, sino que con el firme propósito de derribarle si fuera necesario. No apareció mucho Ronaldinho, aunque cuando lo hizo dejó su sello.
Ronaldinho pagó el pecado de todo el Barça, que fue su falta de ambición. Lo intentó poco, jugó más bien a manejar que a ganar. En realidad, nunca se decidió, aun sintiéndose superior, a llevarse el partido. Y por eso, pese a que el duelo se inclinaba de su lado, pese a que mostraba más criterio con la pelota, acabó doliéndole en exceso su falta de pretensiones. Eso y que el Atlético encontró finalmente un motivo para entrar en la reunión.
Necesitaba una excusa el Atlético, real o no, una coartada para encenderse. Y la cazó, rondando la media hora, en un saque de esquina que acabó en gol anulado (el árbitro entendió que algún jugador rojiblanco había empujado a un rival). La grada interpretó la decisión como un ataque y bramó enfurecida. Tanto, que el equipo, aplatanado hasta entonces, se revolucionó. Más bien a empujones, por puro coraje, se dibujó fuerte y obligó a plegar velas al Barcelona.
Durante el último tramo de la primer mitad, el Atlético, lejos aún del fútbol ortodoxo y bien jugado, se empeñó en llegar. Lequi se permitió una jugada de salón en un rincón del área, pero lo que hacía el Atlético era más bien aparecer por las inmediaciones de Valdés por una cuestión racial. El juego se volvió un tanto loco. Muy trabado y subido de temperatura, con la hinchada presionando cada decisión del colegiado. Un clima que no convenía al Barça, que entendió que le tocaba dormir la escena, apagar el ruido del Atlético.
Todos los sucesos en la segunda parte jugaron del lado local. Si el Barça no tenía muchas miras, las expulsiones que le fueron debilitando le obligaron a encogerse cada vez más. Primero fue Cocu el que se fue por doble amonestación. Y luego, ya sólo con diez minutos por delante, fue Motta el que se fue a la ducha. El Atlético se vino arriba, buscó la sorpresa a golpe de corneta y muchos movimientos, y a los azulgrana no les quedó otra que la heroica. El encuentro se convirtió en un asedio del que el Barça supo salir vivo. El Atlético le puso todo el entusiasmo del mundo, pero al final, pese a que Torres amagó en dos lances con resucitar, pese a los uyyys postreros, le faltaron ideas y claridad para agujerear al Barça. En suma, le faltó fútbol, también con Ibagaza, para ganar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de septiembre de 2003