Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Presidenta Aguirre

Esperanza Aguirre (PP) será la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid tras alcanzar la mayoría absoluta (57 sobre 111) en las elecciones de ayer, repetición de las celebradas en mayo. La moderada subida de IU no compensa las pérdidas de los socialistas, que cargan sobre su cuenta la factura de la deserción de Tamayo y Sáez, y también la forma como han abordado la crisis suscitada por la espantada. Pero, visto lo ajustado del resultado, la derrota de Simancas, aunque corrige en detrimento de la izquierda los resultados de mayo, es menos severa de lo que se auguraba.

Especialmente extraña fue la proclamación de los resultados, en la que ofició el alcalde de Madrid y presidente en funciones de la Comunidad, Alberto Ruiz-Gallardón, que rebasó su cometido institucional para erigirse en portavoz de su partido. El ritmo del escrutinio, que durante casi tres horas dio como vencedor a la izquierda, dice muy poco en favor de una metrópoli que se proclama paradigma de la modernidad.

Esperanza Aguirre podrá legítimamente gobernar en solitario, pero deberá hacerlo teniendo en cuenta la excepcionalidad de estos comicios. Con independencia de cualquier otra consideración, es evidente que su partido se ha visto objetivamente beneficiado por la actitud despreciable de Tamayo y Sáez. Simplificadamente, podría decirse que está obligada a reforzar con una fuerte legitimación de ejercicio la legitimidad de origen ganada ayer en las urnas. Pero nada sería ahora más peligroso que un cuestionamiento de los resultados por parte de los perdedores. El socialista Simancas ya adelantó su disposición a acatar en todo caso el veredicto de las urnas, y ello es algo que le honra.

La relativa desmovilización del electorado en esta segunda convocatoria parece haberse repartido de forma proporcional entre derecha e izquierda. La media de participación en las seis elecciones anteriores es del 66%; ayer fue del 64%, inferior en cinco puntos a la registrada en mayo, pero superior en tres a la de las autonómicas de 1999. La repetición ha demostrado que muy pocos electores han cambiado y que todo se jugaba en un pañuelo de votos. Por eso no sería justo leer los resultados en términos de castigo a Simancas por parte del electorado socialista.

La administración de la crisis provocada por los tránsfugas no ha sido un prodigio de habilidad; principalmente, el penoso espectáculo proporcionado por la comisión de investigación de la Asamblea de la Comunidad. Pero sí es posible establecer la hipótesis de que una mejor gestión hubiera podido dar los votos que le han faltado a la izquierda para situar a Simancas en la presidencia.

Los socialistas se la jugaron a una sola carta apostando, como mensaje central, por la necesidad de defender la democracia frente a una trama que comunicaba los bajos fondos del sector inmobiliario con los sótanos del PP de Madrid, con su secretario general, Ricardo Romero de Tejada, como exponente destacado. El público está convencido, según las encuestas, de que hay corrupción en ese sector y sospecha que los dos tránsfugas fueron comprados; pero no sigue al PSOE en su apuesta sin pruebas por una implicación directa del partido de Aguirre; y cuando Simancas ha querido cambiar, orientando la campaña hacia cuestiones programáticas, ya era tarde y lo ha hecho de una manera aparentemente poco convincente.

Ofertas tan llamativas como la de transporte gratuito para jóvenes y ancianos o la de poner en el mercado 50.000 viviendas a precio asequible podían haber sido un gancho poderoso en otras circunstancias; pero sacadas de la chistera en el último momento y sin encaje visible con el conjunto del programa, incluyendo las vías de financiación, más bien han inquietado que ilusionado; sobre todo, han transmitido una imagen de moral de derrota: de recurso improvisado, a la desesperada.

Y lo que ahora necesita el PSOE para recuperar votos es adecuarse a la combinación entre deseo de cambio y de seguridad del electorado de centro izquierda. El resultado de ayer interrumpe una ola de recuperación socialista en Madrid, que de haberse quedado por debajo del 30% en 1995, y en el 36% cuatro años después, había alcanzado el 40% en mayo pasado. Sin embargo, la suma de las dos formaciones de izquierda apenas sufre variaciones desde mediados de los noventa. Tal vez la alternativa necesite madurar desde la oposición antes de aparecer como un recambio solvente y seguro a los ojos de ese sector del electorado que no ha querido darle la confianza que le dio hace cinco meses.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de octubre de 2003