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IV CONGRESO INTERNACIONAL DE LA LENGUA

Víctor García de la Concha pide que la poesía devuelva su esencia al lenguaje

Los autores reunidos en Valladolid alertan sobre la necesidad de indagar más en las palabras

Más verdad en las palabras, más espíritu indagador en el lenguaje. Ésa es la auténtica función de la poesía para muchos de los creadores y expertos que se reúnen en Valladolid desde ayer y durante tres días en la nueva edición del Congreso Internacional de la Lengua, titulada Poesía necesaria. La reivindicación de esa esencia lingüística estuvo en boca de varios de los participantes en las primeras sesiones de ayer, que se abrieron con Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española: "Dar sentido puro a las palabras de la tribu, lo que decía Mallarmé, es la función básica de la poesía", aseguró.

"El lenguaje no debe perder su capacidad de rebelarse", afirma Ernesto Ortiz

Es casi como empezar por el principio. La reivindicación limpia, pura, de un lenguaje que no nos esconda trampas debe ser la función más cabal del poeta, venían a decir los ponentes, con García de la Concha en primer lugar y con poetas como Antonio Carvajal, José Manuel Caballero Bonald, el joven cubano errante Ernesto Ortiz o Antonio Jiménez Millán, que intervinieron por la mañana. Se notó la ausencia del colombiano Álvaro Mutis, que canceló su aparición de ayer por sentirse indispuesto y que hoy tiene previsto disertar.

El mensaje lo recibía una audiencia variopinta de creadores, profesores, jóvenes ávidos de versos, silenciosos ante el poder mágico de las palabras recitadas, universitarios y bachilleres con mochila, jubilados y curiosos, lectores y participantes llegados de España y América Latina, que abarrotaban el Palacio de Congresos Conde Ansúrez, de Valladolid, cercano a la casa natal de Zorrilla y al lugar donde Cervantes escribió sus Novelas ejemplares y parte del Quijote.

García de la Concha puso el dedo en la llaga de los significados. Buceó en los orígenes de la necesidad de expresión poética y reivindicó este arte infinito de inspiración y búsqueda permanente como cura de libertad y dignidad para nuestro tiempo tecnológico. Echó mano de Machado, de Juan Ramón Jiménez, de Hegel, de Ramón Llull, de Azorín... "Machado nos proponía que la poesía debe servir para dos cosas: para soñar despiertos y para buscar dentro de nosotros lo que nos haga trascender a lo universal. Los espejos como modo de ver el mundo, de reflejarlo, y eso es una visión moderna", aseguró.

¿Pero cómo se debe trascender hacia el exterior, comunicar? "Por medio del lenguaje", dice De la Concha. "La poesía usa palabras sociales, pero debe desnudarlas del significado que acumulan mal a lo largo del tiempo". Desnudar los vocablos, purificarlos, el poeta como sacerdote del lenguaje, como confesor e impositor de penitencias a la corrupción que sufren. "Lo que decía Mallarmé: dar un sentido puro a las palabras de la tribu. La palabra contiene casi todas las cosas, pero hay que darle un sentido puro. Y más ahora que la sociedad está bombardeada por los lenguajes publicitarios, que nos dan la vuelta a los significados para incitarnos siempre a lo mismo: compre usted".

De esa reflexión vinieron ejemplos posteriores. Todos coincidían en lo mismo, aunque no participaban en los mismos actos. Curiosa casualidad ésa de reivindicar la pureza de las palabras. Antonio Carvajal, poeta granadino, autor de títulos como Tigres en el jardín o Testimonio de invierno, puso un certero ejemplo: "¿Qué significa para los jóvenes Fiat, esa palabra que movió a muchos a salvarse a lo largo de la historia y quiere decir fe? Pues una marca de coches".

Está la publicidad, pero también la propaganda, la sucia intervención y la basura de los eufemismos que encubren el horror. Ernesto Ortiz, joven cubano residente en Holanda, lo ha sufrido. "En Cuba, muchas de las palabras que se utilizaron para la subversión, hoy significan todo lo contrario. Y el lenguaje no debe perder su capacidad de rebelarse", afirma.

Las nuevas consignas son igual de alarmantes. "Libertad en boca del señor Bush es algo que da risa, por ejemplo; hasta ese punto nos llegan corrompidos ciertos términos", apunta Antonio Jiménez Millán, también granadino, profesor en Málaga, autor de Ventanas sobre el bosque o Casa invadida, su última obra. Por eso, hoy más que nunca se impone una poesía ambiciosa. Como la que reivindica José Manuel Caballero Bonald, que se ganó al público con su porte de jerezano digno y su sorna flamenca: "Esto de ser el último es malo, porque está demostrado que el ser humano no resiste más de media hora de poesía seguida". Con más de medio siglo cumplido de escritura, desde que en 1952 publicara Las adivinaciones, Caballero Bonald exigió más que nadie: "La palabra poética debe significar más que lo que consta en el diccionario".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003