Chalermsan y Suttabut eran dos habilidosos delanteros tailandeses. En el día más espectacular de sus carreras, el 10 de agosto pasado a las diez de la noche en Bangkok, se enfrentaron al Real Madrid en el último amistoso de su gira por Asia. La defensa que se encontraron estuvo compuesta por Celades, Rubén, Pavón y Raúl Bravo. El técnico, Carlos Queiroz, no conocía demasiado a los jóvenes y estaba experimentando. Ese día dejó a Helguera en el banquillo por primera vez y dio una oportunidad a Rubén en su puesto natural, el centro derecho de la defensa. En el minuto diez de partido Chalermsan ya había probado el ímpetu de su marcador: ese rubio poderoso, alto, rápido y elegante, se comía la mitad de sus amagues.
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Tailandia, una de las peores selecciones del planeta, marcó un gol en el minuto 59 (1-1). Obra de Subsomkit, que había sustituido a Suttabut en el descanso. El partido se había puesto feo y el presidente, Florentino Pérez, lo veía desde el palco. Dos minutos más tarde, Queiroz consideró que ya había experimentado suficiente: sentó a Rubén y en su lugar puso a Helguera.
Desde ese día, Rubén, nacido en Santiago de Compostela en 1982, regresó al banquillo -salvo el paréntesis de Villarreal- y Raúl Bravo dejó la banda para ocupar su puesto. Hasta que el Madrid visitó el Sánchez Pizjuán, el domingo pasado, las cosas no cambiaron. Es más: en Sevilla cambiaron tan poco que Rubén se quedó sin jugar desde el minuto 25. Cuando vio que Queiroz le señalaba el banquillo de nuevo supo que su carrera en el Madrid estaba marcada.
Rubén, que no descarta la posibilidad de dejar el Madrid en diciembre, para ir cedido y jugar, ha sido la mayor promesa en materia defensiva que ha ofrecido la Ciudad Deportiva en los últimos años. De algún modo, éste es el mensaje que ha dado cierto sector responsable de las categorías inferiores. Quienes le han promocionado en virtud de sus condiciones: agresividad, potencia, envergadura y altura (1,87 metro). En eso no le ganó nadie. En Segunda B se manejó tranquilamente imponiéndose por velocidad y fuerza. Con estos títulos debutó a los 18 años en el primer equipo, en Liga contra el Depor, en la temporada 2001-2002. Ganó el Depor (3-0).
Rubén iba muy bien promocionado por sus músculos y su planta de marcador intratable. Se sentía seguro antes del debú y no dudaba en lucir gafas de alta tecnología y ropa de vanguardia para acudir a entrenarse. Pero, para su asombro, el que se ganó un sitio de prestigio en la primera plantilla fue Pavón, un central más flaco, más tímido por alto, menos agresivo.
Desde que se marcó un gol en contra frente al Racing, en la temporada pasada -desvió a puerta un tiro- Del Bosque dejó de tener en cuenta a Rubén en beneficio de Pavón, cuya mejores virtudes son la lectura del juego, la anticipación y la colocación. Eso que, según dijo Rubén hace unos días, Queiroz le ha tratado de inculcar: "El míster intenta que comprenda las circunstancias del juego".
A juicio de la decisión de Queiroz en Sevilla, Rubén no debió comprender las circunstancias. En Bangkok, ante Subsomkit y Suttabut le debió pasar lo misma.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003