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Crítica:EL PAÍS AVENTURAS

'Un yanqui en la corte del rey Arturo'

EL PAÍS ofrece mañana, lunes, por un euro, la sátira del pasado y del presente de su autor, el popular Mark Twain

En el capítulo 34 de Un yanqui..., el rey Arturo y el yanqui de finales del siglo XIX trasplantado a la Inglaterra del siglo VI salen a recorrer el reino vestidos de gente vulgar. Son hechos prisioneros y vendidos como esclavos. Ambos protestan y entonces el traficante los invita a dar pruebas de que son hombres libres. Pero, ¿cómo demostrar que una raza es superior a otra, o un individuo es diferente en derechos a los demás? "No existe en un rey nada que lo haga más divino que un vagabundo". Una de las finalidades de esta novela fue el demostrar que todos los hombres eran iguales. Y esta propuesta que hoy nos parece vetusta, no lo era tanto cuando Twain la llevó a cabo no sólo en esta obra, sino también en La tragedia de Cabezahueca Wilson. Los EE UU aún no tenían cauterizadas las heridas producidas por la guerra civil y si bien la abolición de la esclavitud fue zanjada por ley, de hecho no había desaparecido del todo en muchos estados del sur. Arturo y sus caballeros simbolizan el feudalismo sureño; mientras que Morgan, el yanqui, representa la democracia del norte. Las relaciones que Twain establece entre el mundo artúrico y el sur de USA son evidentes. Camelot se asemeja a Arkansas, el sistema feudal al esclavista, y a veces la narración recuerda la retórica de las novelas abolicionistas. Un halo místico y caballeresco protegía y disculpaba a la aristocracia esclavista sureña. De este falso romanticismo heroico de los perdedores, Twain culpa a la mala influencia que tuvieron las novelas de Walter Scott. Ivanhoe reintrodujo lo medieval, de la misma manera que las obras pictóricas y literarias de los prerrafaelistas ayudaron a la fantasía. Tennyson, Morris y Ruskin reivindicaron la espiritualidad medieval frente a la vulgaridad científico-técnica-industrial. La muerte de Arturo de Malory también tuvo efectos perniciosos. El Quijote le aportó materia literaria para estructurar su obra; y si la novela de Cervantes iba contra los libros de caballerías, Un yanqui... se propuso acabar con esa nostalgia heroica de los derrotados.

"Es también un diario, un libro de viajes a través de la historia, un libro de aventuras"

Morgan le dice a Arturo: "Tenéis que imitar las señales características de la pobreza, la miseria, la opresión, el insulto y otras muchas humillaciones que socavan la dignidad del hombre". Twain no habla en pasado, sino desde su presente. El contraste entre los valores democráticos y progresistas frente a los de la aristocracia, la monarquía y el feudalismo son evidentes. Morgan opone la ciencia a la magia de Merlín; la igualdad a la aristocracia; la democracia a la monarquía absolutista y el protestantismo al catolicismo. Un yanqui... (1889) es una sátira del pasado y del presente contemporáneo de su autor. Celebra la democracia estadounidense como el único paraíso en la tierra. Defiende el progreso tecnológico e industrial. Manifiesta su antiimperialismo, pero no deja de mostrar su desilusión ante el capitalismo furibundo, y el mal uso que puede hacer el hombre de los nuevos poderes que se le ofrecen. Morgan había transmigrado al pasado, a una tierra donde no había ni jabón, ni teléfono, ni telégrafo, ni fonógrafo, ni electricidad, ni tabaco; donde no había ni se leían libros, ni había plumas para escribir, ni papel... En pocos años ha conseguido todo eso, y además que se editen periódicos. Crea colegios, industrias, instaura los impuestos, hace desaparecer la esclavitud, "cambió las justas por el béisbol", pero la esencia del hombre es lo que no ha logrado modificar. Morgan ansía la muerte del rey para proclamar la República. Cuando ésta se produce inesperadamente debido a los enfrentamientos entre los caballeros por los amores entre Ginebra y Lanzarote, el yanqui utiliza todos sus saberes para destruir el viejo mundo e imponer su propia dictadura. El nuevo gobernante asume su mesianismo con estas palabras: "El poder ilimitado es ideal cuando se halla en manos seguras". Twain acaba por desconfiar de la naturaleza humana. Y así, esta obra es, en definitiva, la representación del fracaso de la utopía moderna.

Aunque la carga moral es insoslayable, Un yanqui... tiene otras muchas y variadas lecturas. Twain, tomando el modelo de las novelas de caballerías, compone una "novela del oeste" para, como hiciera Cervantes, acabar con este género de obras y autores menores. Por eso se habla de indios, vaqueros y pistolas, y además se hacen comentarios tan impertinentes como, por ejemplo, que Ginebra miraba a Lanzarote con unas miradas furtivas, por las que "lo hubieran matado de un tiro en Arkansas". Un yanqui... es también un diario, un libro de viajes a través de la historia, un libro de aventuras. Pero, igualmente, se inscribe en aquellos relatos que tienen como asunto el tema del viaje en el tiempo, y de los que H. G. Wells fue un maestro. El éxito acompañó siempre a Twain y en especial con esta novela. La misma fortuna tuvo al ser adaptada al cine. He contabilizado hasta seis versiones. La primera, del año 1931, y la última, del 2001. La más famosa sigue siendo el musical dirigido por Tay Garnett en 1949, interpretado por Bing Crosby y Rhonda Fleming.

El yanqui comenta que, en la corte de Arturo, a los malos escritores los mandaban a la horca. Twain ha resistido al tiempo e, incluso hoy, en su país, se hubiera librado de la silla eléctrica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004