Las banderas blanquiazules que engalanaban las cabinas de peaje de la AP9, a pocos kilómetros de la ciudad, tanto recibían a los aficionados del Deportivo, llegados de toda Galicia, como podían ser interpretadas por las del Oporto como un gesto de cordialidad. Desde primera hora de la tarde el goteo de coches llegados desde Portugal, a menos de 200 kilómetros de A Coruña, comenzó a caldear el ambiente en una ciudad que ha vivido muchos partidos de rango superior, pero que por su condición periférica no está acostumbrada a ceder tantas butacas al rival. En las cabinas de peaje sonaban las bocinas y se confundían las bufandas, en un ensayo del ambiente de cordialidad que se respiró así en las calles como en el estadio.
Lendoiro: "No pudo ser. Habrá que ponerle al mal tiempo buena cara y a la lluvia paraguas"
En A Coruña, el fútbol llega por la AP9. Es la autopista del fútbol, por la que llegan tantos aficionados del Deportivo, y que también acostumbra a conducir hasta el corazón de la ciudad a los hinchas de la ciudad de Vigo. Pero una semifinal de la Liga de Campeones es un acontecimiento especial. Nada tiene que ver un Deportivo-Oporto con un derby gallego, excepto un mismo vial por el que entran coches y autobuses engalanados, como engalanada estaba la ciudad que les recibía.
Llegar a las entrañas del deportivismo fue una experiencia singular para los casi 4.000 dragones que atravesaron el Miño para pisar el acelerador por la autopista de la Champions: bufandas, camisetas, balcones decorados con los colores de su equipo... Todo lo que no fuese fútbol y Liga de Campeones era ayer accesorio en una ciudad como A Coruña, que vivió unas sensaciones que nada tuvieron que ver con las citas con su antagonista de Vigo. La presencia del Rey en el palco así lo atestiguaba.
Junto a él, a Lendoiro le iba mudando el gesto a medida que se sucedían los acontecimientos. Primero, la ocasión fallada por Valerón, luego, el penalti. Y como colofón, la expulsión de Naybet. "No fue nuestro partido", explicó tra abandonar el palco el presidente deportivista. "En estas ocasiones en las que te lo juegas todo a una carta pueden ocurrir cosas así. Sabíamos que el Oporto era un equipo complicado, muy serio tácticamente. Toda España estaba con nosotros y no hemos podido responder. A los jugadores sólo se les pueden achacar exceso de ganas. Era muy difícil llegar hasta aquí y a lo mejor el año que viene damos el paso que nos falta".
Los nubarrones cubrieron durante todo el día la ciudad. El sol de las jornadas anteriores había desaparecido y Lendoiro vio en ello un mal presagio. "Sí, parece que eso no anunciaba nada bueno. Pero en fin, hay que ser realistas y poner al mal tiempo buena cara y a la lluvia paraguas".
A los aficionados del Oporto les salió la entrada por 100 euros, precio que incluía una camiseta morada con la que pudieran diferenciarse de sus rivales en el abarrotado Riazor. Colores-homenaje: en honor a Viena, ciudad en la que la escuadra portuguesa logró una gloriosa Copa de Europa que ahora opta a rivalidar, tan grabada en la memoria del equipo como el taconazo del argelino Madjer, que supuso la victoria. No hubiese sido necesario el distintivo. Agrupados en una esquina del estadio y esparcidos por las gradas, los dragones se hicieron notar desde el primer minuto, en un duelo en las tribunas que por momentos empequeñeció el fútbol.
Si Deco se la llevaba de tacón, gritaba Riazor: "Decooo, Decooo". Si Valerón orientaba la pelota con la mirada en el tendido, le respondía el deportivismo: "Va-le-rón, Va-le-rón". Cuando el Oporto se puso por delante el estadio atronó con un sabor a decibelio amargo.
"Habíamos logrado un buen resultado en la ida", declaró sudoroso Fran, el capitán, rodeado de jugadores del Oporto que se abrazaban, "pero no ha podido ser. Lo sentimos por esta maravillosa afición. Llegar aquí tiene su mérito, pero... Después de eliminar a la Juve y al Milan veíamos que lo teníamos al alcance de la mano. El Oporto parecía más asequible, pero está claro que es un gran equipo que defiende muy bien".
Al menos dentro del estadio, sólo se produjo un pique. Fue cuando los aficionados portugueses comenzaron a saltar, al grito de: "Coruñés el que no bote", rápidamente replicado con los brincos del resto del estadio: "Portugués el que no bote", contestaron, siguiendo un guión que se usa en los derbys con el Celta, que se intercambia con el Deportivo la peyorativa terminología de turcos y portugueses.
Y fuera del campo, nada ocurrió que tuviese que ver con la violencia. Más bien al contrario: desde tres horas antes de que el italaino Colina diese la orden de empezar, los bares se llenaban de simpatizantes de los dos equipos, que se intercambiaban impresiones agarrados amigablemente a sus jarras de cerveza.
Si los dragones pudieron competir con la hinchada deportivista en las gradas, la culpa habrá que echársela al propio partido, que se deslizó peligrosamente hacia el terreno que convenía al Oporto desde el primer minuto. Lo que se dice rugir, tardó casi 40 minutos en rugir Riazor, cuando el Depor comenzó a enseñar los dientes. Antes ya había sonado a toda pastilla el We will rock you, de Queen. Un anticipo del duelo por ver cuál de los dos aspiraría a escuchar el Champions, del mismo grupo, en una ciudad alemana de nombre impronunciable: Gelsenkirchen. Será el Oporto, será en la final.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004