Fue uno de esos momentos en los que el silencio adquiere una densidad especial, como si su peso se notase gravitando sobre el aire. Por la puerta de acceso a los vestuarios de Riazor llegaban los ecos de algunos centenares de hinchas que, media hora después del partido, seguían firmes en la grada aclamando a sus jugadores y gritando con insistencia: "!Que salga el equipo!". A mucha distancia del estadio, en la plaza de Cuatro Caminos, sobre la fuente donde el deportivismo ha celebrado sus mayores éxitos, casi un millar de irreductibles también trataba de combatir la amargura luciendo con orgullo sus colores. Pero en la puerta de acceso al vestuario sólo había silencio y una pasarela vacía. Nadie tenía ganas de salir.
Por esa pasarela instalada para que los futbolistas atendiesen a la prensa se hablaba en murmullos, con ese pudor que emerge en los momentos de duelo. El primero en aparecer fue el presidente, Augusto César Lendoiro, visiblemente desconsolado, aunque sin rehuir los micrófonos. "Podríamos decir que no ha pasado nada, pero sí ha pasado", admitió Lendoiro, quien ya tenía preparadas las cuñas publicitarias para promocionar la próxima ampliación de capital del club con mensajes que aludían al sueño de la Copa de Europa como reclamo principal. Lendoiro, como tantos miles de aficionados, no pudo evitar el recuerdo de la otra noche más amarga de su mandato, cuando un penalti fallado en el último minuto privó al Depor de la Liga en la temporada 1993-94. "Otra vez un penalti se ha interpuesto en nuestro camino en un momento muy especial", suspiró Lendoiro, antes de añadir con resignación: "En esta vida, nunca se sabe. Este era el peldaño que nos faltaba, pero volveremos a intentarlo".
La mayoría de los futbolistas no se sintió con fuerzas para ofrecer explicaciones. De los que aparecieron, el más sereno fue Naybet, uno de los veteranos, quien, sin pestañear, admitió abiertamente: "Es verdad que hemos perdido una oportunidad única. A algunos aún les queda mucho fútbol por delante, pero otros quizá ya no vivamos una situación igual". Los jugadores confesaron sin rodeos que el Oporto les había superado en el conjunto de la eliminatoria. Nadie rehuyó la autocrítica, y el más contundente de todos fue Scaloni: "No le hemos puesto las ganas que necesitaba el partido. Para decirlo claramente, nos han faltado huevos. Ellos han sido mejores, sin lugar a dudas. Nos han pasado por encima. Para muchos de nosotros era el partido de nuestra vida y no supimos responder. Lo peor es que quizá no volveremos a tener una ocasión tan ilusionante como ésta".
Valerón, que vivió una noche nefasta, compareció con su habitual tranquilidad de ánimo. El mediapunta tuvo la ocasión de cambiar el signo del partido en el tramo final de la primera parte, cuando se encontró solo ante Vítor Baía y envió el remate por encima de la portería: "El balón me venía alto y quise disparar por el medio. Le metí el interior del pie, pero me salió mal". Junto a él, su inseparable compañero, el también canario Manuel Pablo, trataba de derramar un optimismo a prueba de toda clase de reveses. "Ha sido nuestra derrota más dolorosa, pero hay que pasar página", insistía el lateral internacional, antes de admitir que la fórmula del Oporto había desesperado al Depor: "Nos conocían muy bien, nos quitaron la pelota, nos presionaron mucho y no supimos hacer nuestro juego en un partido muy trabado".
El entrenador, Javier Irureta, también quiso enviar un mensaje a toda la ciudad, que desde hace días vivía en un estado de excitación colectiva, a la espera de que pasara el partido de anoche para preparar una gran peregrinación a Gelsenkirchen, la ciudad alemana donde se disputará la final. "No hay que perder la ilusión", proclamó Irureta. "El fútbol da y quita. Hoy nos ha quitado, pero otra vez nos dará y quizá podamos estar en otra final europea". Irureta abandonó el estadio cabizbajo, con una bolsa de deportes en la mano y acompañado por su fiel ayudante Francisco Melo, a quien sus lecturas de filosofía estoica ayudaban a sobrellevar el momento con entereza: "Somos deportistas y estamos acostumbrados a esto".
Una marea blanquiazul
Las banderas blanquiazules que engalanaban las cabinas de peaje de la AP9, a pocos kilómetros de la ciudad, tanto recibían a los aficionados del Depor, llegados de toda Galicia, como podían ser interpretadas por los del Oporto como un gesto de cordialidad. Durante todo el día el goteo de coches llegados desde Portugal, a menos de 200 kilómetros de A Coruña, comenzó a caldear el ambiente en una ciudad que ha vivido muchos partidos de rango superior, pero que por su condición periférica no está acostumbrada a ceder tantas butacas al rival.
Llegar a las entrañas del deportivismo fue una experiencia singular para los casi 4.000 dragones que cruzaron el Miño. Todo lo que no fuese fútbol era ayer accesorio en una ciudad como A Coruña, que vivió unas sensaciones que nada tuvieron que ver con citas anteriores. La presencia del Rey en el palco así lo atestiguaba.
Ni dentro ni fuera del campo ocurrió nada que tuviese que ver con la violencia. Más bien al contrario: desde tres horas antes de que el italiano Colina diese la orden de empezar, los bares se llenaban de simpatizantes de los dos equipos, que se intercambiaban impresiones agarrados amigablemente a sus jarras de cerveza. Si los dragones presentes pudieron competir con la hinchada deportivista en las gradas, la culpa habrá que echársela al propio partido, que se deslizó peligrosamente desde el primer minuto hacia el terreno que convenía al Oporto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004