Desde que los medios de comunicación son la escena principal del poder político, no es fácil distinguir qué hay de aspaviento y qué hay de verdad en la actuación de los gobernantes. Si en medio está la cuestión nacional los rituales son todavía más ruidosos. Un líder catalán -como es el caso de Pasqual Maragall- no sólo tiene que demostrar que defiende los intereses de Cataluña -cosa que debería darse por supuesta en función de su cargo- sino que, sobre todo, tiene que demostrar que éstos entran en conflicto con España, de manera que cualquier conquista supone vencer la resistencia del Gobierno español. Es el morbo necesario para alimentar la condición de distintos. Que una negociación acabe bien siempre es motivo de sospecha: ¿nos habrán engañado?
Éste es el protocolo que el nacionalismo instauró en la política catalana y que el Gobierno de izquierdas no ha hecho sino continuar. Las exigencias del rito son ahora más grandes si cabe, porque los socialistas gobiernan a la vez en Madrid y en Barcelona, con lo cual siempre queda la sospecha de apaño. Quizás estos antecedentes ayuden a entender el ruido organizado por Maragall, su Gobierno y los partidos que lo forman de cara a la negociación del Presupuesto del Estado del año próximo. Gesticulación ha habido mucha: el Gobierno catalán ha reunido a los 31 diputados que el tripartito tiene en Madrid para visualizar su fuerza decisiva para formar mayoría parlamentaria. Y un encadenado de manifestaciones de los dirigentes catalanes ha obligado a respuestas defensivas del Gobierno de Madrid y ha dado oportunidad al PP de entonar su canción favorita: la dependencia de Zapatero de los radicales nacionalistas y comunistas.
¿Qué es lo que quiere, de verdad, el Gobierno catalán? Entiendo que fundamentalmente dos cosas: buscar soluciones al déficit sanitario y recuperar el retraso de Cataluña en materia de infraestructuras. El conseller Castells sabe perfectamente que el déficit sanitario es un problema que tienen todas las autonomías. Y que hay que encontrar una solución para todos. Pero sabe también que si no se resuelve el déficit crónico, el déficit acumulado no dejará de aumentar. Con lo cual su propósito es evitar que el año próximo la sanidad vuelva a generar déficit. El problema es que el déficit estructural de la sanidad catalana es enorme. Con lo cual es impensable que los Presupuestos Generales de 2005 puedan compensarlo. Habrá que encontrar una cantidad que, no siendo suficiente, ayude a encaminar las cosas. Por lo que hace a las infraestructuras, si se resta al AVE, que por su magnitud y excepcionalidad está dando una imagen deformada de las inversiones del Estado en Cataluña, el retraso catalán es grande y el Gobierno quiere recuperar terreno, porque las deficiencias en infraestructuras perjudican seriamente la modernización del país. Éste es el contenido básico de las demandas, lo demás es espectáculo.
Naturalmente, sabiendo que a uno y otro lado hay gente con la sensibilidad nacionalista a flor de piel, la sobreactuación, a veces, produce incendios. Y más de algún malestar entre socialistas. Pero hay un límite -que es el que realmente define el espacio de lo posible- que razonablemente ninguna de las partes puede sobrepasar. Este límite es que el PSOE y el PSC votarán juntos los Presupuestos. Cualquier otra hipótesis significaría una ruptura de proporciones imprevisibles. Lo cual equivale a decir que, por interés mutuo, deberán encontrar -si existe- la única puerta del laberinto que una vez abierta permita al Gobierno español aprobar sus Presupuestos y al Gobierno catalán ofrecer un resultado, que, en el juego de los intereses, los recelos, las sospechas y los agravios sea defendible.
CiU muchas veces consiguió el aval de la sociedad catalana a pesar de obtener resultados muy modestos. Ahora, nadie tiene el monopolio del sello de la catalanidad que ostentaba Pujol. Y Maragall parece sentirse obligado a gesticular mucho. Quizás demasiado, porque su fuerza no es pequeña: el guión de la Generalitat arrastra y, además, la oposición convergente vive momentos difíciles empeñada en un debate suicida sobre Europa. La duda es si el tripartito se está colocando él mismo en una trampa: el desafío verbal parece exigir unos resultados que pueden minimizar los que se van a obtener, por muy buenos que en términos comparativos sean. El PSOE puede estar tranquilo, sobre todo mientras el PP opte por la tantas veces fracasada estrategia Maginot: quedarse aislado en casa, a verlas venir, como reserva espiritual de la patria.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004