Frente a una selección anémica desde hace años como Bélgica y con superioridad numérica durante una hora, España alivió sus penas de los últimos tiempos con una victoria balsámica que no tuvo más valor. Con todo de cara, el grupo de Luis Aragonés masticó lo justo el encuentro hasta que se sintió aliviado por el marcador. Después se olvidó del juego durante casi medio partido, pese a su prometedora puesta en escena en los primeros minutos. Pero, hoy por hoy, España no está para grandes alardes y tras los últimos batacazos cualquier pírrico triunfo le resulta vitamínico.
No son tiempos de oropeles. La selección se complace con cualquier cosa, hasta el punto de que con dos goles en la mochila y frente a nueve belgas en la segunda parte fue incapaz de mejorar su autoestima y hacer un guiño a la desencantada afición española, que hace un siglo que espera gozar de una vez. Ayer era un día idóneo para que el equipo festejara una goleada, pero se consoló con una simple faena de aliño. La doctrina del nuevo seleccionador aún no se deja sentir del todo, aunque se emitan algunas señales evidentes del viejo diccionario del técnico madrileño. España está en proceso de recuperación anímica y la pizarra todavía es secundaria.
ESPAÑA 2 - BÉLGICA 0
España: Casillas; Míchel Salgado, Puyol, Marchena, Del Horno; Joaquín, Albelda (Xabi Alonso, m. 57), Xavi (Baraja, m. 73), Reyes; Raúl y Fernando Torres (Luque, m. 52).
Bélgica: Peersman; Deflandre, Kompany, Van Buyten, Deschacht; Bisconti (Doll, m. 68), Clement, Buffel (Dufel, m. 78), Goor; Sonck y Mpenza (Huysegems, m. 73).
Goles: 1-0. M. 59. Pase de Reyes a Luque, que tras internarse en el área marca con la zurda de tiro ajustado. 2-0. M. 63. Centro al área de Míchel Salgado y Raúl, libre de marca, remata de cabeza.
Árbitro: Milton Nielsen (Dinamarca). Amonestó a Kompany, Deschacht, Goor y X. Alonso. Expulsó en el minuto 28 a Deflandre, tras mostrarle dos amarillas consecutivas por una entrada y protestar, y a Goor de roja directa en el m. 67 por escupir a Xavi.
Unos 22.000 espectadores en El Sardinero.
Con Xavi, el jugador español más en forma, la selección arrancó con más brío que otras veces
La prematura despedida del belga Deflandre y el tanto de Luque bajaron la persiana al encuentro
Con la pelota imantada por Xavi -definitivamente el jugador español más en forma en estos momentos-, España arrancó con más brío que en otras ocasiones. Luis se inclinó por un equipo más cosmético que de costumbre y la selección dio la sensación de que podía hacer picadillo a su rival en el primer cuarto de partido.
Siempre con el cartabón de Xavi a punto, durante un rato el equipo trenzó bien el juego, con el azulgrana asociándose con Reyes y Joaquín por las orillas, y con Raúl y Torres por delante. Fue el delantero del Atlético de Madrid el primero en estar a punto de rejonear la portería belga. Antes de cumplirse un minuto, una chapuza de órdago de Peersman, el flojo portero de Bélgica, dejó a Torres mano a mano con la red enemiga, pero la pifió. Como le ocurriría poco antes del descanso, cuando de nuevo sin el arquero belga bajo palos y a un palmo de la línea de gol soltó un punterazo al aire.
Sin demasiada destreza ante Peersman, España jugó al principio con cierta soltura, con un sello muy definido: la defensa pisando el anillo central y los extremos bien abiertos. Por esta vía, Joaquín se topó con el chollo del siglo, Deschacht, un piernas que se atraganta de tantos amagues que se come y que consintió siempre al bético su perfil preferido para el regate. El derecho, claro. Y por si fuera poco se quedó atento a las musarañas, como una estalactita, en el gol de Luque, mientras todos sus colegas de zaga daban un pasito adelante para provocar el fuera de juego del goleador español. Y para terminar de acreditarse como un mal doble de un lateral le brindó la pelota a Salgado sin "ton ni son" en el centro que embocó de cabeza Raúl. Desternillante.
Con Deschacht de aliado, la selección española, pese a tener el control del juego, se nubló en el último tramo del primer periodo, fruto en buena medida de la confusión de Albelda, que alteró por momentos el guión de Xavi. Torpe en el pase y demasiado estático con la pelota en circulación, el valencianista destempló a España.
El discurrir del encuentro, con la selección española obligada a llevar el timón y su oponente agazapado, rebajaba el papel de Albelda, con un perfil más adecuado para duelos recios y de corte más racial. Xavi tuvo que retrasarse para dar salida al juego y perdió el ancla con la delantera.
Reyes, menos relevante que en su Arsenal pese a la terapia del seleccionador durante la semana, se quedó sin hilo y los laterales se descolgaron del ataque. El equipo se resintió, pero Bélgica es poca cosa y nunca hizo saltar la alarma. Máxime cuando Deflandre fue expulsado a la media hora por un leve desplante a un pitero danés, paisano de un cuarto árbitro que en el túnel camino del vestuario se fue a por el expulsado con un estilo pugilístico.
La prematura despedida de Deflandre y el tanto de Luque bajaron la persiana al encuentro. Bélgica perdió también a Goor, segundo expulsado, y el duelo quedó descuartizado. Ya no hubo partido; más bien una pachanguita en la que los belgas resistieron con orgullo cuanto pudieron y España, aliviada por el marcador, se tumbó a la bartola y cazó moscas durante la última media hora. Una actitud criticable. Una selección como la española, con tantos y tantos débitos con la afición, lejos de aprovechar el "balneario" para cicatrizar heridas y despertar el gusanillo de la gente, no puede dimitir de manera semejante.
El equipo, tan angustiado desde hace meses, necesitaba una victoria anestésica y ya la tenía. La hinchada -que en el primer partido oficial de la historia en Cantabria no llenó El Sardinero, reflejo del despego nacional por el errático rumbo de la selección- hace tiempo que suspira por tener motivos para tirar algunos confetis. España no correspondió, no soltó brida, y se complació con una victoria funcionarial, con cierto brillo inicial y un borrón final. Así es difícil enganchar a nadie. Con sede fija o de forma itinerante.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004