Reino Unido rindió ayer homenaje al rehén asesinado en Irak Kenneth Bigley con multitud de pequeños gestos. Sus vecinos de Walton, la aglomeración del norte de Liverpool que le vio nacer, apuraron las cervezas del viernes en silencio, sin la algarabía que suele reinar en los pubs en la primera noche del fin de semana. Los más creyentes se acercaron esa misma noche a la catedral católica, donde se celebró una misa en su memoria, mientras otros encendían velas de recuerdo donde días antes se habían concentrado para exigir su libertad.
Y ello a pesar de que Bigley hacía 10 años que se había ido de Liverpool y su hogar estaba ahora en Bangkok, Tailandia. Allí, su mujer desde hace siete años, Sombat, le rindió homenaje entre lágrimas. "No hay palabras que puedan expresar la agonía que siento por la pérdida de mi esposo Ken. Era un buen hombre y un esposo cariñoso y adorable. Mis lágrimas son mis palabras".
Liverpool decretó ayer un día de duelo y las campanas del Ayuntamiento sonaron 62 veces, los años que tenía Ken, mientras más de 200 vecinos guardaban dos minutos de silencio en su honor frente al Consistorio. En el estadio de Old Trafford, en el vecino Manchester, público y jugadores guardaron también un respetuoso silencio antes del partido entre Inglaterra y Gales.
La muerte de Bigley ha sido más triste aún porque se ha producido cuando los británicos empezaban a tener la esperanza de que pudiera ser liberado. Se especulaba con que había pasado de manos del temible y sanguinario grupo que dirige Abu Musab al Zarqaui a las de algún grupúsculo más interesado en el dinero que en escarmentar a Occidente.
Su final parece haberse visto precipitado por circunstancias poco claras. Ayer, la BBC y la agencia Reuters afirmaban que el ciudadano británico había conseguido escapar de sus captores, pero que fue atrapado al cabo de media hora y ejecutado. Pero ninguna de estas informaciones ha sido confirmada por el Foreign Office. La cadena de televisión cita fuentes del Gobierno iraquí consultadas por uno de sus enviados a Bagdad para asegurar que uno de los miembros del comando que le tenía secuestrado le facilitó la huida. La agencia cita "fuentes insurgentes" que aseguran que hay testigos de que Bigley fue atrapado en una granja junto a la ciudad de Latifiya, al suroeste de Bagdad.
La prensa británica especula con la posibilidad de que la ejecución del rehén justo cuando el grupo parecía haber entrado en contacto con el Gobierno británico podría deberse a que temieran haber sido localizados. Según algunos periódicos, la creciente actividad de tropas de EE UU en las cercanías de Latifiya -una zona fuera del control de las tropas de la coalición- habría contribuido a precipitar los acontecimientos.
La muerte de Bigley añade crispación a un país cuya vida política sigue marcada por Irak. El jueves por la noche, antes de que se conociera la decapitación, la ministra de Comercio, Patricia Hewitt, vivió en carne propia en el tradicional debate político de la BBC Question time la tensión que aún genera el conflicto. Hewitt se vio literalmente acosada por el público contrario a la guerra y tuvo que pedir perdón por los errores cometidos al decidir la invasión, pero siguió defendiendo que la guerra era necesaria.
Sin embargo, aunque la ejecución de Ken Bigley añade razones para la crispación, apenas se han oído voces responsabilizando de su muerte directamente al Gobierno o al primer ministro, Tony Blair. Sólo uno de los hermanos de Bigley ha acusado a Blair mientras el grueso de la familia en Liverpool ha dado las gracias al Gobierno por sus esfuerzos y recibió el viernes por la noche en el domicilio familiar al ministro de Exteriores, Jack Straw.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004